LA INVENCIÓN DE LOS VENCIDOS

Por Oliver Muciño

La lengua en el imaginario

¿Por qué muere una lengua?, acaso por desuso, porque deja de ser necesaria, porque deja de ser usada para el comercio, la educación, para ir al doctor o tomar el camión o porque la cuestión de la migración diluye a las comunidades. Tal vez su desaparición sea un proceso natural, aunque es complicado relacionar lo humano con la naturaleza. La naturaleza de la conciencia humana pareciera un oxímoron literario, una relación basada en el absurdo. Pienso que lo que ocurre al desaparecer una lengua es la extinción del otro, del que entiende diferente. Se pierde una mirada del mundo y una oportunidad de comprenderlo. Lo cierto es que con esto no se extingue el hablante, este aprenderá otra lengua que le permitirá sobrevivir y sus hijos la aprenderán, y sus nietos también lo harán. Y con la lengua adquirida se adopta una nueva perspectiva del mundo, nuevas tradiciones, se genera un nuevo pensamiento mientras la otra desaparece. Resulta, en términos sociales, que los hablantes de una lengua dominante son uno de tantos artificios del poder para conservarse vivo; ante esto no es extraño que las lenguas indígenas sean las que vayan muriendo conforme avanzan los años.

Desde hace algún tiempo la Unesco reconoce la importancia de salvaguardar las lenguas indígenas para preservar la biodiversidad en el planeta. Su conocimiento tradicional y su cosmovisión son el principal motivo de esto. Los pueblos indígenas han conservado la convivencia pacífica con su entorno, protegiendo el medio ambiente ejerciendo una relación tanto espiritual como de respeto y beneficio mutuo, y es en la conformación de sus lenguas donde toda la experiencia se traduce en conocimiento. Por ello, la preocupación del organismo internacional es necesaria; sin embargo, en el panorama de la globalización mordaz resulta poco posible imaginar la inclusión de una perspectiva indígena en las sociedades contemporáneas, esencialmente citadinas. Cuando la Unesco habla de la preservación de las lenguas indígenas pareciera hablar de salvar únicamente su imaginario, las cualidades conceptuales de su pensamiento, y no así al hablante, que es la otra parte de la lengua, la que convierte el concepto en acción,  por lo que termina siendo una cuestión de apropiación y conquista cultural. No está de más problematizar la situación, la organización internacional responde al mismo sistema que se ha ocasionado la desaparición de múltiples lenguas indígenas.

Los pueblos y comunidades originarias se encuentran en una lucha constante por sobrevivir, preservar sus costumbres y su origen. Siempre en resistencia. Por ello que busquen tenazmente su autonomía, pues no encuentran reconocimiento ni cabida en el sistema político-social que tiene como uno de sus fines homogenizar las civilizaciones y la cultura. En un país como México, por ejemplo, con casi quinientos años de mestizaje, existen más de sesenta familias lingüísticas y más de trescientas variaciones vigentes. No obstante, el idioma español es la lengua patrimonial desde hace más de doscientos años; uno de cada cuatro hablantes de español en el mundo es mexicano. Cabe decir que se trata de un español mexicano, enriquecido con cientos de acepciones provenientes de las lenguas originarias, la mayoría de ellas relacionadas con la vida popular y la cultura tradicional que permanece en nuestra vida cotidiana, como son la gastronomía, la indumentaria, métodos agrícolas, la nomenclatura de diversos territorios, entre otros. Las hallamos en el habla coloquial y no así en el habla estándar oficial, pues como decía antes, gran parte de esta mezcla en el lenguaje termina siendo una apropiación de la lengua dominante sobre los imaginarios de las demás. Pero, ¿qué hace distinto al caso del español en México de las otras mezclas lingüísticas del mundo?, quizá la respuesta sea la imposición, el ejercicio del poder. La lingüista mexicana –de origen español– Concepción Company menciona que en México se comenzó a pensar en español desde el año 1519 con la llegada de Cortés, por consiguiente es nuestra lengua patrimonial y habrá que aceptarla como tal. El problema es lo que dejamos afuera si aceptamos sin dudar: más de siete millones de hablantes de alguna lengua indígena, de los cuales una parte importante no habla español.

Antes mencioné que los hablantes de una lengua dominante son uno de tantos artificios del poder por conservarse vivo, y me pongo como ejemplo: soy un hombre, mexicano, resultado del mestizaje entre indígenas y españoles, hablante del español y con más conocimiento del inglés como segunda lengua que cualquiera de las lenguas indígenas presentes en mi país. Tales características las comparto con la mayor parte de mis compatriotas. Cada día de mi vida me expreso en español, es la lengua con la que pienso y con la que reconozco mis emociones; este es el resultado de una colonización lingüística, y cada que avanzo en mis experiencias de vida lo reafirmo, contribuyendo –sin quererlo– al detrimento de la diversidad lingüística de mi país. Por eso la gravedad de las palabras de Company, sobre todo al ser miembro de la Academia Mexicana de la Lengua; sólo hace más complejo comprender la historia de nuestras lenguas y el origen de ser mexicano; pues donde ella nos sitúa, en 1519, inicia el conflicto de nuestro origen: el establecimiento del español como única lengua y los demás mitos de conquista; la invención de los vencedores.      

Fallas hermenéuticas

El pasado mes de julio se conmemoraron 695 años de la fundación de la ciudad de Tenochtitlan, después de que Huitzilopochtli ordenara a los mexicas partir del mítico Aztlán en busca de un territorio propio. Tras esa gran migración llegaron a la cuenca del valle de México, siglos atrás habitada por otros pueblos como los tepanecas y los xochimilcas, estos últimos los primeros chinamperos de los cuales los mexicas aprendieron a ganar territorio a los grandes lagos. Y casi dos siglos después llegaron los españoles a iniciar la conquista de Tenochtitlan, con lo que tomarían poder de todo el territorio mexicano.

Acerca de lo sucedido en aquellos años realmente se sabe muy poco, y actualmente, a quinientos años de distancia, toca discutir la veracidad de lo que se ha sostenido como verdad histórica. El mito de la conquista ha sido contado por los vencedores. Las Cartas de relación que Cortés escribía al rey Carlos V contando sus hazañas son el ejemplo claro. La historiadora mexicana Marialba Pastor se ha encargado de mostrar las inconsistencias del mito y las fallas hermenéuticas de las interpretaciones y deducciones de los textos de la época,  los cuestiona desde su fundamento: “este mito, como cualquier otro, contiene fantasías, estereotipos y proyecciones psicológicas y culturales de lo propio español en lo ajeno americano”. De nuevo se trata de la apropiación y muerte del otro. Cuando Cortés concoció el Templo Mayor y subió a lo más alto del recinto, se dice que presenció el momento justo de un sacrificio humano ofrendado a los dioses, seguramente con gran espanto observó la ceremonia acompañada de abundante sangre, pues poco tiempo después se encargaría de destruirlo; con ello vino la censura y la imposición de la religión católica, y desde luego la evangelización en lengua española. Los dioses principales como Huitzilopochtli, Tezcatlipoca y Quetzalcoatl fueron demonizados y con ello todo lo relevante a los pueblos prehispánicos.

Es congruente pensar que falta la mitad de la historia y que sin ella no hay verdad histórica que valga, y más bien un silencio grande se antepone a todo. Actualmente el tiempo ha ganado terreno y México se conforma de una gran mezcla cultural que se puede apreciar en múltiples niveles, la grandeza cultural del país no permitió el exterminio indígena, nuestra cultura está plagada de tradición prehispánica y sincretismo. Basta con ser mexicano para sentir la magia del territorio y escuchar el llamado ancestral en el alma; cientos de culturas originarias nos susurran en la entelequia, dándonos visiones de aquello que somos más allá del nombre o la lengua. En más de quinientos años –y mucho más– ser mexicano es ser de esta tierra como lo es el maguey, el nopal o el maíz, es ser de mesoamérica, de oasisamérica, de aridoamérica, es ser de Aztlán y ser Olmeca, Maya, Tolteca, Zapoteca, Mexica, y también es ser mestizo, todo cabe en nosotros. Cuando llegaron los españoles no sabían que aquí la vida no culmina en la muerte corporal, sino que se renueva, no sabían que nuestros muertos viven con nosotros en alma y que eso nunca cambia; no sabían que aunque se impusiera su lengua sobre las originarias o se taparan los lagos de la cuenca, su esencia como el agua permanecerían bajo nosotros.

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