La conquista de la indignación indígena

Por Alejandro Espinosa

A la justicia retributiva los griegos le llamaban Némesis y también Ramnusia. Esta deidad castiga la desmesura en los actos humanos. La venganza puede venir en forma de bacinada, directo de una vejiga resentida por un ignominioso agravio perpetrado un par de siglos atrás. En 1998, durante el mundial de fútbol en Francia un par de teporochos
mexicanos orinaron sobre la llama perpetua, extinguiéndola. El símbolo del galo patriotismo ígneo llevaba 75 años encendido, para que llegara un par de mexicas a mearse en la cabeza de los muertos franceses. Viva el mole de guajolote y muera el foiegras. Némesis se desquita de quienes ocupan un país en nombre de la repostería. Vivan las migas y muera el ratatouille. Esos gachupines teteos al fin y al cabo. Pienso en la vindicta cabeza de Benito Juárez ante el cadáver de Maximiliano, tlatoani sin
penacho. Pienso en las palabras de Víctor Hugo leídas por el presidente indígena y en los balazos decimonónicos en el pecho rubio del austriaco y en las mañanas de Querétaro. Te pelaste Max, chupaste faros. Y es que a Juárez jamás se le infantiliza. A pesar de ser indígena no se le pueriliza como los conquistadores hicieron con los nativos de este territorio. No puedes precipitar el final del ciclo cósmico y salir limpio.
El 22 de marzo de 1660 los indígenas zapotecos mataron a un cacique español en el Itsmo de Tehuantepec. Lo mataron porque la ignominia de la indignación no tenía analgésicos. Lo mataron porque es absurdo imponer tributos desmesurados en una tierra que no es la tuya. Esta rebelión debería celebrarse más allá del Cerro de los jaguares.
Ahora se ha inventado el apoyo emocional y la anestesia porque lo importante es que sepas cómo te sientes y no que sepas que piensas.
En México el mundo indígena fue brutalmente arrancado de raíz y enterrado, dejando un espejo roto que sirve como souvenir para los turistas. Se impuso un sistema de castas que existe hasta nuestros días. Indios y mestizos, nos dicen. La Ciudad de México está dividida en el sur de los güeros y el norte y lo demás de los prietitos. Cuando tenía 18 años en las calles de Coyoacán unos adolescentes rubios y de dinero, más o menos de mi edad y en carro me arrojaron a la cara una lata de Coca cola y me gritaron indio. Supongo que para algún despistado esto puede parecer humorístico. Porque aguantamos a quienes suponen que algo es gracioso cuando se ridiculiza a otro. Ya me imagino la risa que ocasionaba a los coloniales gachupines de entonces las pinturas de castas.

A veces, como un Hamlet latino, imagino escenarios para la revancha. Hace exactamente 500 años Hernán Cortés, ese padre ausente y conquistado de todos los mexicanos, asediaba la Ciudad de Tenochtitlan. Los mexicas solían enterrar los ombligos de los guerreros recién nacidos en el campo de batalla. Después de perpetrar la conquista se ha confinado a los indígenas a una resistencia perpetua. El saqueo, el menosprecio y el
asesinato han sido las monedas de cambio que Occidente blandió contra civilizaciones enteras que catalogó de inferiores. Como se antoja la vendetta. La crónica del gran reformador es un cuento de Héctor Chavarría que juega con la posibilidad de cambiar los hechos e imaginar a los mexicas como los vencedores de la batalla de Otumba. Yo mismo
en mis ficciones más porfiadas he escrito un cuento en el que unos antropólogos mexicanos van a una España postapocalíptica y destruyen las iglesias para construir cerros pétreos y beber en los cráneos ibéricos sangre con mezcal. Nos queda dejar a los indígenas en paz con sus asuntos, tratarlos con dignidad, sin la intención salvadora de soliviarlos. Nos queda la ficción porque ni el fútbol se nos ha dado a nosotros. Pienso en el chance que tuvo la selección mexicana en el mundial de 2002. Los octavos de final de ese torneo hicieron que mexicanos y americanos se encontraran en lo que se parecía mucho al Argentina contra Inglaterra en el mundial del 86. Los americanos nos la deben de siempre, eso de ondear su bandera en el Palacio de gobierno de la Ciudad de México ha sido una afrenta que no se borró con la historia de unos pueriles héroes que murieron en Chapultepec. Ese día soleado en Jeonju, Corea del Sur, Cuauhtémoc Blanco debió deificarse haciendo un gol con la mano y otro
gambeteando a todos los jugadores gabachos. El mariachi sigue el ritmo de la ficción en el que las cosas son diferentes.

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