SOUVENIRS DEL VIRUS

CONSIDERACIONES SOBRE LA PANDEMIA

OLIVER MUCIÑO

¿Debe asustarnos el futuro?
Tal vez más que la muerte
Sería absurdo pensar que el futuro hasta antes de la pandemia era una ilusión, pues todo futuro lo es, pero hay un elemento que ha aparecido concretamente en el horizonte como souvenir de la cuarentena y que
pretende ser indispensable para la construcción de una “nueva normalidad”: aprender del virus. Parece fácil aceptarlo, ¡claro que necesitamos aprender de esto!; sin embargo, hay una inclinación del aprendizaje como lo conocemos hacia cierta geopolítica del mundo. Tenemos a Emmanuel Macron juntando a 26 economistas para organizar una nueva forma de vida; a Boaventura de Sousa previniendo un giro
epistemológico, cultural e ideológico que permita la vida digna en el planeta; a Slavoj Sizek planteando la nueva normalidad sobre las ruinas de la normalidad antigua, irremediablemente cercana al comunismo
que si no será barbarie; o tenemos acciones como “el gran relato oral de la pandemia” que Wajdi Mouawad ha registrado en podcasts. Así varios ejemplos más. Ya que es necesario aprender desde varios lados, o mejor dicho, desde el lado geopolítico de occidente. ¿De dónde nace este empeño entusiasta –por no decir alterado– de tener una enseñanza de la COVID-19? Pienso que del deseo de tener el control. Ante esto y desde nuestra posición latinoamericana nada nos es gratuito.

El horizonte es poco prometedor
Es justificado sentir temor, pues “hemos perdido algo muy preciado, que es la idea del futuro bajo control”, mencionó el escritor nicaragüense Sergio Ramírez durante el último Festival Alfonsino de la UANL. Es un temor fundamentado en la pérdida de control sobre nuestras vidas. Y es que al final, los muertos que ha dejado el virus quedarán en la memoria histórica de las cifras, pero los que no muramos seremos dramáticos sobrevivientes que habremos de vivir probablemente para enfrentar nuevas crisis, una
tras otra hasta comprender que nuestra existencia en el mundo es insignificante en comparación con la vida en el planeta. Esto debería hacernos entender la importancia del cuidado ambiental y de las políticas
ecológicas. Sin embargo, ese no es el único problema. Lo es también el hecho de que nuestras sociedades contemporáneas se han encargado de esconder la muerte, vivimos una época en la cual la figura de la muerte no forma parte de la vida, hemos tratado de erradicarla del sentido complejo de “vivir”. Tenemos terror a la muerte, en esta cuarentena ha sido evidente; los adultos mayores deben de entender y aceptar su muerte en favor de las vidas más jóvenes; los muertos mueren solos, a veces sin nombre y sin la ceremonia habitual de un velorio y su posterior entierro. Hemos preferido las cremaciones colectivas, es mucho más rápido. Ojalá fuera tan rápido erradicar el mal mayor que trae de todo esto: la desigualdad.
Se puede conocer a una civilización por cómo trata a sus muertos. Igualmente por cómo enfrenta las enfermedades y sobre todo por cómo atiende a sus enfermos. Durante la presencia de la lepra en la edad media, a los enfermos se les hacía firmar un documento que no era sino una “muerte civil”, símbolo de que habían perdido la vida terrenal, después eran enviados a los “leprosarios” y condenados a mendigar hasta su muerte. La cuarentena se encarga de exiliar –clausurar– a las personas enfermas. El encierro es la respuesta final ante el desconocimiento de la enfermedad. En esta cuarentena nos han encerrado estando sanos, ¿cuál es el trasfondo de esta medida de prevención? Quizá que el riesgo es el otro, dejando de lado todas sus aristas, todo lo que me es ajeno me pone en peligro. En este escenario, estamos frente a la peor enfermedad de todas: la que no te ha dado. Más de una persona vivirá en adelante con un vértigo de contagio, probablemente sin contagiarse nunca, lo que supone mayores daños psicológicos que físicos.

Por otro lado, el aislamiento social resulta una herramienta de segregación y abandono. En él, los más afectados son los de siempre, aquellos que no avanzan en la línea de los privilegios sociales. La presencia del coronavirus ha puesto en evidencia la idea del bienestar, dejando ver su estructura más bien simulada. Considero que el virus –y no la enfermedad– ha significado la continuación de una crisis en la que hemos vivido desde el ocaso del siglo pasado. Ha descubierto las múltiples fallas del régimen que da orden a nuestro mundo. Es curioso y casualmente preciso que la primera medida de prevención haya sido el resguardo en cuarentena, puesto que, más que mitigar la expansión del virus, ha resultado funcional
para la protección de un poder hegemónico que se ha apropiado del mundo y que trastabillea hoy como nunca en una cuarentena de años. El catedrático Boaventura de Sousa, en su más reciente trabajo La cruel pedagogía de la pandemia ha dicho sobre los días pasados a la aparición del virus que ya vivíamos en cuarentena, “ en la cuarentena política, cultural e ideológica de un capitalismo encerrado”. Es cierto, la crisis ya estaba presente.

¿Por qué esta pandemia ha logrado lastimar tanto el orden mundial?
La razón es más pasional de lo que se creería: la discriminación. Esta pandemia se ha destacado sobre otras adversidades porque ha llegado hasta las estructuras sociales más privilegiadas, lo que la posicionó
como un problema de atención inmediata. Con esto, me refiero a los países con mayor desarrollo social y económico que no se ven afectados por enfermedades permanentes vinculadas con la pobreza –que matan
a millones de personas anualmente–, como son el dengue, el sida, el ébola o el mismo coronavirus en sus cepas anteriores. Una frase del libro La razón del mal (1993), del escritor español Rafael Argullol, ilustra esta idea, la novela trata sobre una enfermedad que aparece en una ciudad occidental, en donde la condición de vida posee altos grados de bienestar, condición que resulta afectada de raíz en sólo un parpadeo, la enfermedad “golpeaba a otros, elegidos para ser golpeados por un azar adverso. Pero cuando se sintió que esos otros podían ser cada uno […] la lejana sombra tomo el aspecto de un cielo negro”. Así ha ocurrido esta vez, cuando a aquellos a los que la realidad más lastimosa nunca alcanzaba también se
vieron afectados, renacieron de sus cenizas los derechos a la vida como una primera necesidad.

No obstante, esto no es cierto del todo. Esta pandemia ha dejado al descubierto la desigualdad en todos sus grados, ha cuestionado la legitimidad de las clases sociales, del sistema económico, a visibilizado a los grupos vulnerables en el abandono y, más a profundidad, ha puesto sobre la mesa la idea de libertad. Como parte de esto, hemos podido ver cómo el efecto directo e indirecto del virus no trabaja indiscriminadamente. Al contrario, ataca con mayor agresividad a los que habitan la planta baja y los sótanos del mundo, siempre invisibilizados y con la carga interseccional de un cúmulo de malestares que lejos están de ser una situación pasajera –como las políticas públicas nos han querido hacer creer que son–, que en términos generales son violaciones permanentes a los derechos humanos. Poblaciones vulnerables: violencia de género, violencia infantil, trabajadores precarios, negros, indígenas, inmigrantes, refugiados, personas sin hogar, trabajadores del campo, adultos mayores, son los más afectados.

La situación es emergente
Me hace recordar a mi madre en casa diciendo tras un largo día: “Qué rápido se hace tarde”, como si el tiempo no diera tregua y tuviéramos que hacer algo muy importante que hemos olvidado. Pero ¿qué olvidamos? Después de tres meses de encierro y con la expectativa de no caer en manos del virus, pienso que hemos olvidado el futuro, el real, el del día a día, el que se trata de sobrevivir. Sería bueno tener el futuro en nuestras manos, que nuestras decisiones tuvieran un alcance significativo para nuestra sociedad. Parece romántico pensar que en el futuro se incluyera nuestra voz y nuestro voto. Quisiera hablar por todas las personas que quedamos fuera. Ojalá nuestro horizonte fuera un horizonte plano y no un cielo en vertical como lo es hoy, del que recibimos lo que nos cae de arriba. Necesitamos nuevas formas de aprender, nuevos referentes, escuchar nuevas voces, demandar un nuevo conocimiento; dejar de
sustantivar tanto y verbalizar más. Tal vez eso sea la mejor enseñanza de todas. En el mejor de los casos se avecina un nuevo significado de humanidad, más digno y plural. Hacia el otro lado, está el riesgo de un
nuevo control, aunque en las mismas manos, de eso no hay duda, y sabemos que el control viene acompañado de represión, reprobación y censura. Creo que, si no se sigue una voz comunitaria, veremos en los próximos tiempos una decadencia humana exacerbada.

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