Apología de los años venideros

Por Ricardo Jesus García Gómez

Hay un atisbo de esperanza en la enfermedad mortal: la desesperación como un elemento más dentro de una gama amplia donde la angustia, el chiste, lo absurdo, el sin sentido llevan la batuta, es primordial para entender algo más allá del suicidio. Sobra decir que Kierkegaard entiende un yo desde un punto de vista ajeno al mío, perdón, pero por mi parte sitúo al ‘yo’ como un elemento dentro de una línea que se bifurca ante el espejo, como un elemento nunca acabado. Sí, va más por el sentido que Derrida puede darle o Heidegger, Lacan u Ortega. Debo decir que, para los conocedores del tema, esto mismo carece de sentido: el yo o bien es una categoría del psicoanálisis o bien una categoría de la existencia humana. No importa, porque la categoría sobre la cual nos moveremos será la siguiente: amor. 

En absoluto me podría retractar de situar al ‘yo’ y la palabra ‘amor’ en un mismo párrafo, puesto que me parecen ser categorías complementarias. Si bien el yo puedo situarlo dentro de una base humana, el amor por otra parte me parece un impulso que parte de dicha categoría. Pienso que el amor es idea que flota sobre los sentidos construidos por la cultura, la institución, la tradición y los cambios de paradigma. Ya Ortega habla de la idea del amor como un impulso que se dispara y toma lo constituido en lo social, pues bien, el amor no sólo toma los elementos que encuentra y que uno puede explotar, sino que el amor logra construir una bifurcación sobre la bifurcación del otro. Lo pondré de la siguiente manera: cuando me sitúo en la realidad del otro y la conozco, termino por agregar un fragmento de dicha realidad a la mía, cuando esto sucede el amor puede profundizar en dicha relación. 

Veamos: “El yo es una relación que se relaciona consigo misma, o, dicho de otra manera: es lo que en la relación hace que ésta se relacione consigo misma” (Kierkegaard, 1984, p.35). ¿Entienden a lo que me refiero? Kierkegaard sitúa al yo como elemento primordial para entender al hombre, como parte positiva de la esperanza y que logrará hacer de la enfermedad mortal una experiencia de la que se puede aprender. El yo está en estrecha relación con el amor. Invita al amor a que se habrá un camino no constituido, es que el amor, la categoría amor permite crear una nueva abertura para caminar donde el reconocimiento, el respeto, pero sobre todo la dicha son elementos esenciales para su constitución. El amor también es devastación, incongruencia y experiencia que hiere, pero esta experiencia que hiere no es en sí el amor, sino la vivencia de la cicatrización. 

A ver, me explico: el amor y el yo no son relación, no al menos para mí, no comparto el análisis que sitúa al yo como categoría lejana a la existencia humana, la vitalidad, pero sobre todo que debe tener rastros de experiencia y vivencia que acompañan categorías como perversión, angustia, dicha, imaginario, entre otras que circulan por el psicoanálisis. Hay historia que permite entender la categoría tan compleja a la que nos enfrentamos. El yo está en estrecha relación con la construcción, por ende, el amor al construirse se posiciona en el yo, en lo más íntimo de la persona, en aquello que irá conociendo poco a poco de sí misma gracias a la categoría amor. Es un mirarse al espejo sin pretender un análisis minucioso que termine por satisfacer algún complejo encontrado. El amor permite vivir la experiencia cercana al yo sin la necesidad de transitar por el abismo de las categorías o cantos hacia el infierno, hacia lo humano violento, hacia lo perverso en cualquiera de sus niveles. Veamos: “Por una parte, desciendo a la inmensidad de lo infinito: yo estoy en la nada, ante la que soy lo que puedo ser sólo mediante mí mismo” (Jaspers, 1937, p.41-42)

Dice Ortega: 

Si un médico habla sobre la digestión, las gentes escuchan con modestia y curiosidad. Pero si un psicólogo habla del amor, todos le oyen con desdén, mejor dicho, no le oyen, no llegan a enterarse de lo que enuncia, porque todos se creen doctores en la materia. En pocas cosas aparece tan de manifiesto la estupidez habitual de las gentes. ¡Como si el amor no fuera, a la postre, un tema teórico del mismo linaje que los demás, y, por lo tanto, hermético para quien no se acerque a él con agudos instrumentos intelectuales! (2003, p.37). 

Es que la categoría amor se ha manifestado en enamoramiento, pasión, cercanía, amistad que trasciende la hermandad, amor en un mirarse a sí mismo y aceptarse con defectos. Pero la categoría amor no puede situarse en sus desdoblamientos culturales, sádicos, perversos, fantásticos y más; la categoría amor se sitúa en el yo para reconocimiento de un nuevo camino, es un sendero que se abre con la ayuda del otro, con la vivencia del otro, con la renuncia del otro a cierta parte de su vida sin que se de cuenta. Amor es quizá todo lo anterior, pero la categoría amor es un impulso que parte del yo, por ende, necesita de otro yo, de otro para poder acercarse al yo. Sigamos con Ortega: 

Si usted se pregunta a sí mismo, con rigor y perentoriedad: ¿Quién soy yo? -no ¿qué soy yo?, sino ¿quién es ese yo de que hablo a todas horas en mi existencia cotidiana? -, caerá usted en la cuenta del increíble descarrío en que ha caminado siempre la filosofía al llamar <<yo>> las cosas más extravagantes, pero nunca a eso que usted llama <<yo>> en su existencia cotidiana. Ese yo que es usted, amigo mío, no consiste en su cuerpo, pero tampoco en su alma, conciencia o carácter. (2012, p.13). 

Este yo de la existencia humana o para ser respetuosos con Ortega, de esta vitalidad humana es inaccesible a nuestro entendimiento. Es una construcción continúa que se ve afectada por toda la circunstancia que nos rodea, incluso la interna. Este yo inaccesible en primera instancia puede vislumbrarse ante el espejo, ante la categoría amor una vez vivida y experimentada a través de la bifurcación del otro. Este otro puede ser lo más sencillo imaginable o lo más complejo, lo que importa en el reconocimiento de ese otro, la introducción en la bifurcación de ese otro, el mirarse en ese otro. Una vez entendido esto podremos experimentar la categoría amor en cualquiera de sus desdoblamientos, siempre con la intención del reconocimiento propio, del mirarse a uno mismo para entender aquello que somos y que podemos llegar a ser en todos sus sinsentidos. 

Referencias

Jaspers, K. (1937). Filosofía de la existencia. España: Origen Planeta

Kierkegaard, S. (1984). La enfermedad mortal o de la desesperación y el pecado. Madrid: SARPE

Ortega, J. (2003). Estudios sobre el amor. Colombia: Editorial Oveja Negra

Ortega, J. (2012). Pidiendo un Goethe desde dentro. En Ortega y Gasset II. Madrid: Editorial Gredos. 

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