Un espectáculo absurdo

Por Adrián García Cholbi

Lucy tenía tanto miedo que, mientras esperaba sentada en el interior de la cafetería, apenas era consciente de cuanto la rodeaba. Cuando el camarero se había acercado tuvo que esforzarse para captar su atención, perdida más allá del ventanal. Al final había pedido un té de jazmín, con la esperanza de encontrar en esta bebida el calor que echaba
de menos en su interior. Sin embargo, después del primer trago se sintió decepcionada, ya que el miedo y los leves temblores persistieron. Aun así siguió dando tímidos tragos de vez en cuando, por si las moscas. Había quedado con su novio a las cuatro; ella había llegado quince minutos antes. A las cuatro y dos ya estaba desesperada, así que le envío un mensaje instantáneo preguntándole dónde estaba. Observó con desesperación cómo el mensaje aparecía como “visto” sin recibir una respuesta a cambio. Solo fue capaz de controlar en parte su nerviosismo cuando le vio entrar en el establecimiento. Él la localizó y le dedicó una tierna sonrisa; lo peor era que el amor se le caía por los ojos. Cuando se sentó enfrente de Lucy la besó con dulzura en una mano, estirándose para besarla también en los labios. Lucy intentó responder al beso como si fuese uno de tantos, pero se le escapó prolongarlo.
-Perdona, no he respondido a tu mensaje porque casi había llegado-dijo Robert.
Enseguida captó que algo ocurría-. ¿Estás bien?
-Perfectamente-Lucy acompañó esta mentira con una sonrisa fugaz. Estuvieron hablando de trivialidades durante más de media hora. Robert saboreaba su capuchino con breves sorbos; Lucy no llegó a terminar su té, que acabó enfriándose entre sus manos. Cuando decidió que debía abordar el tema que tanto le aterraba, se llevó la taza a los labios y ni siquiera le importó que ya no estuviera caliente.
-Rob, tenemos que hablar. El rostro de Robert, que hasta ese momento había reflejado una alegría casi imposible de contener, se volvió blanco. Aquella temida frase. No hacía ni tres meses que salían y ya la escuchaba.
-¿Qué ocurre?-susurró.
Lucy suspiró.
-Verás, hace tiempo que quiero decirte esto, pero no encontraba la mejor manera
y…
-Por favor, ve al grano.
Otro suspiro. Lucy casi podía sentir los impulsos eléctricos de su propio cuerpo.
-Te dije que estaba buscando trabajo, ¿lo recuerdas?
-Ajá.
-Es mentira. En realidad tengo trabajo, pero no es un trabajo -hizo una breve pausa
para buscar la palabra adecuada- convencional.
Robert rió entre dientes.
-Bueno, ya sabes lo que opino de esa palabra. Convencional, normal… A cada persona le parece convencional una cosa.
-Pues digamos que mi trabajo no es algo que la mayoría de la gente llamaría “normal”. De repente a Lucy le pareció que si Robert abría más los ojos se le saldrían de las órbitas. Lo había comprendido. ¿O no? Miró a su alrededor y empezó a hablar en tono confidencial.
-¿Trabajas para la CIA?
A Lucy aquello le hizo tanta gracia que estuvo a punto de estallar de la risa.
-¡No seas idiota! Pero no estaría mal.
-Entonces, ¿qué?
-Si te digo que mi trabajo suele ser por las noches, ¿te serviría de pista?
La cara de Robert se puso más blanca que antes, pero no quiso admitir lo que pensaba.
-Un momento. Nunca he visto un portero de discoteca tan guapo como tú. Suelen ser tipos fuertes que dan miedo y… y…
-No soy prostituta. Hago shows a través de una cámara web-ahora que había empezado decidió soltarlo todo de una sola vez-. Suelo desnudarme a petición de desconocidos a cambio de dinero. A veces no solo me desnudo, también hago otras cosas. Robert se recostó sobre el respaldo de la silla. Ahora su cara reflejaba curiosidad.
-¿Por qué no me contaste esto cuando nos conocimos?
-¿Te parece que es una bonita tarjeta de presentación? Hola, me llamo Lucy, tengo veintitrés años y los tíos me pagan para que me desnude. No hubieses querido salir conmigo.
-Entonces, ¿por qué me lo cuentas ahora? ¿Es que ya no te gusto y te da igual
perderme?
-No quería que siguiese habiendo secretos entre nosotros-apuró de un trago el jazmín helado-. Aun a riesgo de que me dejes, no quiero seguir engañándote. Además, tenía la esperanza de que lo entendieses. Una esperanza absurda, lo sé, pero estos meses han sido preciosos, Rob.
-¿Puedo hacerte una pregunta?-Robert volvió a inclinarse sobre la mesa, sin dejar
de mirarla a los ojos.
-Claro.
-¿Por qué decidiste empezar a hacer esto?
-Ya sabes que terminé bellas artes el año pasado-Robert asintió-. Llegó un momento en que estuve muy agobiada. La rutina, mi dificultad para hacer amigos, una horrible situación familiar… Al poco de empezar el tercer año me planteé el sentido de la vida-dejó que sus ojos se perdieran por un instante en la taza vacía; luego rió y devolvió su mirada a Robert-. Llegué a estar muy perdida, Rob. Llegué incluso a querer quitarme la vida. Me enteré de que haciendo esto se puede llegar a ganar bastante dinero, así que quise experimentar. De algún modo, me ayudó a seguir adelante. La rutina desapareció. Trabajo las noches que me apetece, ¿sabes? Dejé de pensar en la vida como algo a lo que hay que buscar un sentido y la viví. Pero lo que de verdad me hizo feliz fue conocerte. Robert notó una mano de Lucy sobre la suya. No se apartó. Al contrario, posó su otra mano sobre la que Lucy tenía libre. Sonrió, y así tranquilizó a Lucy.
-Eres preciosa. Debes de tener muchos seguidores-le guiñó un ojo.
Lucy estalló en una carcajada. No podía creer que se lo tomara tan bien.
-Unos cuantos. Pero me gustaría que tú fueses mi seguidor principal.
-No tengas miedo por eso. Te comprendo, y quiero estar contigo. Creía que me ibas a contar algo horrible, como que tienes un extraterrestre en la taza del váter. Ambos rieron.
-No seas idiota. He visto tu cara cuando te he dicho que “tenemos que hablar”.
Creías que te iba a dejar.
Robert levantó las manos como quien admite una acusación.
-Culpable. Me parece que esa frase debería estar prohibida por la ley. ¿Cuántos infartos ha provocado a lo largo de la historia? ¿Nunca te lo has preguntado?
Rieron más fuerte que antes. Algunos clientes de las mesas cercanas los miraron, molestos.
-De verdad, gracias. No sabes el miedo que he pesado los últimos días-dijo Lucy. Lo que siguió de la tarde fue alegre. El peso se había pulverizado, el horizonte parecía más brillante que nunca. A eso de las siete, ya de noche, estaban llegando al portal de Lucy. Era una calle bien iluminada; no obstante estaba desierta.
-¿Por qué no vivimos juntos?

Lucy se quedó con la boca abierta. Robert había disparado aquel proyectil tan de repente que al principio no supo qué decir.
-La verdad es que no se me había ocurrido hasta ahora, Rob.
-Bueno, ya hace tiempo que vives sola.
-Sí, el negocio va viento en popa, ¿verdad?-dijo Lucy, con cierto sarcasmo. Sin embargo, rieron.
-Oye, ¿crees que a tus seguidores les gustaría verte aparecer con tu novio?
-¡Estás loco!-le besó-. Me parece una idea estupenda.
De repente, la idea de tener sexo para miles de espectadores había transformado el paseo en barca bajo la luz de las farolas en la carrera frenética de una locomotora a toda máquina. Se besaron otra vez, casi con violencia.
-Subamos a tu casa-sugirió Robert. Ambos jadeaban.
Lucy asintió en silencio.
-Vosotros, dejad de jugar y dadme vuestro dinero.
Se detuvieron en seco. Al mirar a la derecha vieron a un tipo, de no más de treinta años, apuntándoles con una navaja.
Intercambiaron miradas de horror.
-¿Es que estáis sordos? ¡Daos prisa!-su voz no era la de alguien que coquetea con las drogas, sino la del que se ha casado con ellas.
-Está bien-dijo Robert. Se introdujo la mano bajo la chaqueta y sacó la cartera. Lucy extrajo la suya del bolso.
El yonqui extendió el brazo y se las arrebató de un tirón. Sin dejar de apuntarles echó un vistazo en el interior de ambas.
-Están casi vacías.
-Lo siento, acabamos de ir a tomar algo y nos hemos gastado…
-¡Embustero!-gritó el individuo, sin dejarle terminar la frase. De pronto su mirada se tornó lujuriosa-. Os perdonaré la vida, pero quiero a la chica.
-¿Estás mal de la cabeza?-dijo Lucy.
-Te daremos nuestros móviles. Lucy, saca tu móvil.
-Me los daréis-dijo el yonqui, tratando de retener el moco que se le escapaba de la nariz-, pero no me iré sin tu Lucy. Bonito nombre, por cierto.
Agarró a Lucy por el brazo. Robert se abalanzó sobre él. El atracador le apuñaló en el pecho. Aquella debía ser la línea roja que le hizo echarse para atrás, porque al ver la sangre entró en pánico y huyó. Entre gritos de desesperación, Lucy abrazó a Robert, cuyo peso consiguió que los dos cayeran al suelo. Tuvo la suficiente sangre fría como para llamar a emergencias, pero para cuando la ambulancia llegó el charco era demasiado grande.

Dos meses después Lucy encendió el ordenador. Desde la muerte de Rob no había vuelto a transmitir en directo, pero durante ese tiempo no había dejado de preguntarse qué sentido tenía su vida. Había albergado la esperanza de que el hombre que amaba la entendiese. Al principio esa esperanza había parecido absurda, pero solo lo fue cuando un asesino se la arrebató. ¿O lo había sido desde el principio? Ahora estaba convencida de que sí. Al contrario que otras veces el espectáculo no empezó en el dormitorio, sino en el cuarto de baño. Se desnudó despacio frente a la cámara web, como tantas otras veces. Luego llenó la bañera con agua caliente. Cada vez iba llegando más dinero. Se introdujo en el agua. A continuación empuñó la navaja de afeitar que descansaba sobre el borde de la bañera. Ahora solo llegaban peticiones de que dejase la navaja, pero ella no hizo caso porque en su vida ya no había una piedra que arrastrar.

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