Historia de la marsopa que bailaba Charlestón

Por Leonel P Mosqueda 

(Final interrumpido por hambre)

Un tema claro en su estructura evitará meses de trabajo disperso. Escribir es un arte, más amigo de la ciencia que del arte mismo. En la ciencia, como en la literatura, la búsqueda no es error sino esencia del método. La literatura es amiga del boxeo, no del arte.
«¿Y dónde dejas la inspiración?» Preguntan algunos escritores. Yo los envidio involuntariamente (no se necesita voluntad para envidiar) porque dicen conocer la inspiración. Aseguran que es una cosa más bien divina, como Dios.
Yo nací averiado del músculo de la inspiración. Quiero decir que no la conozco. Tampoco he conocido a Dios. Aun así, tengo fe en la posibilidad de que escribir suceda. A diferencia de aquellos que escriben en estado de trance, cautivados por la musa y el estro, yo debo encontrar el arte en la observación, y no hay mejor alimento para la observación que un buen paseo.
Suelo caminar durante horas. Entre calles cuento el tiempo y los pasos del tiempo. Descubro en la pared una grieta, la acaricio con el dedo y digo Grieta, hola Grieta. Recojo una flor, una piedra; puede ser cualquier piedra. Qué mejor si es redonda. Entonces toco la piedra, le cambio el nombre, le llamo Dios o Inspiración o Moneda; luego tomo por asalto un teléfono público y lo convierto en altar. Ahí coloco esa piedra que ya no es piedra sino Dios, Inspiración, Moneda; y rezo como habría de rezar a un dios olvidado y personal. Rezo pues, de pie, aunque llueva, hasta que alguien detrás de mí dice oye, muévete, que voy a hacer una llamada.

Abandono el altar telefónico. Tomo mi piedra que ya no es Piedra ni Dios y le llamo Moneda. Me echo la moneda al pantalón y voy a comprar cigarrillos. La chica del autoservicio me da los cigarrillos. Coloco la moneda en su mano, miro a la chica y espero el cambio, el vuelto, la diferencia… ¡Esto es una piedra! dice la chica, yo digo que es una moneda, ella insiste que es una piedra, yo insisto que es una moneda, el gerente dice que es una piedra, yo insisto que es una moneda, el policía insiste que es una piedra, yo insisto que es una moneda. La fila de gente furiosa grita que es una piedra, yo les grito que es una moneda, el policía me ordena que agache la cabeza para entrar en la patrulla, que agache la cabeza para salir de la patrulla, que levante la cabeza para tomarme la foto, que agache la cabeza para escribir mi nombre en el acta, pero escríbelo bien, me exige, ¡el verdadero nombre! Me exige, o no tendrás derecho a tu llamada, ¡ah! tengo derecho a una llamada; devuélvame entonces mi moneda ¿Cuál moneda? La que usted me quitó. El policía se consterna, ¡Ah! Querrás decir tu piedra, yo insisto que es una moneda, él insiste que es una piedra, yo insisto que es una moneda, él insiste que es una
piedra, yo insisto que es una moneda, él ya no insiste en nada: me entrega de mala gana la moneda y se coloca detrás de mí cruzado de brazos. Estoy a punto de insertar la moneda en la ranura hasta que… Disculpe, le digo, ¿Me podría dejar solo para hacer mi llamada? Sólo solo, no necesito más; y el policía dice que no, que quiere ver cómo introduzco mi piedra en el teléfono. Discutimos de nuevo, a los gritos. Los gritos despiertan a un tal Comandante No Sé Qué. El Comandante No Sé Qué le dice al policía que me deje hacer la llamada a solas. Sólo a solas, le digo, no necesito más. El policía le explica al Comandante No Sé Qué de la moneda-piedra, el Comandante se limpia las legañas, se suena los mocos, gruñe, me arrebata la moneda, achica los ojos; examina mi moneda y dice ¡Esto es una piedra!
Entonces me toma del brazo bien fuerte y dice: Quiero que metas esta chingadera de piedra en el teléfono, y si no lo haces te voy a dar una putiza, por burlarte de la autoridá. Querrá decir de-lau-to-ri-dád, mi Comandante, le corrijo, pero no me hace caso, me entrega la moneda y me empuja hacia el teléfono y yo pienso que el mundo se ha vuelto loco loco loco. No importa, tomo la moneda, introduzco la moneda en el teléfono, marco tu número y te digo hola, oye qué crees, fíjate que estoy detenido porque… tú suspiras muy fastidiada diciendo déjame adivinar: otra vez tu pinche piedra ¿verdad? Es verdad, te digo, y los policías se miran sorprendidos y abren enormísimamente los ojos diciendo ¿Cómo lo hizo, cómo lo hizo? Y los dejo que se revuelquen en su sorprendidez, porque estoy muy concentrado tratando de convencerte de pagar la fianza, pero sueltas una carcajada y dices ¿pagar la fianza? Jajajá, estás pero si bien loquito, sabes que no puedo hacer eso ¿Por qué no puedes? Pues porque soy tu conciencia, y las conciencias no usamos dinero. Ah… te digo. Pues ah… me dices.

Entonces una marsopa marina salta por la ventana, devora al policía, luego al Comandante No Sé Qué, que por estar muy gordo, se le atora en la garganta. Pobre marsopita, pienso, y me apresuro a patear al Comandante en el culo hasta que la marsopa logra engullirlo. Entonces guardo mi piedra —un poco ensangrentada— en el bolsillo de la camisa, junto al corazón. Saco mi armónica en Si bemol y tomados del brazo la marsopa marina y yo salimos del ministerio público, bailando charlestón, muy
contentos.
Tengo hambre.

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