Síndrome

Por Iván Medina Castro

La jungla urbana del norte de Filadelfia donde
viven los puertorriqueños, un barrio en ruinas
invadido por las drogas, por la basura, por los grafiti.
Kristin Koptiuch
¿Adónde se han ido las histéricas de los viejos tiempos…?
Lacan

Crisis Response Center: Einstein at Germantown Community Center – Mental Health and Recovery. 1745 N, 4th Street, Philadelphia, PA 19122, EE.UU. ¡Vaya doctor!, usted mismo me dice que mi padecimiento está probablemente relacionado con las circunstancias y sucesos de mi existencia. Usted no puede cambiar para nada estas cosas. ¿Cómo pretende ayudarme? ¡Narrando sobre mi vida!
Trabajé en un laundry de autoservicio en el Bloque de Oro del barrio hispano antes de enrolarme en la mili, harto del fastidiante traqueteo de las máquinas de lavar y secar ropa. A finales de junio del año 50 fui a patear culos a la Guerra de Corea en nombre de la libertad y la democracia a pesar de la ambigüedad que eso significaba. Maldita contradicción, defender a una nación que no se considera a sí misma colonial, pero justamente va a entrometerse en asuntos ajenos y posee a mi país como una muestra innegable de ello. ¡Estado Libre Asociado! –Vaya mierda-. Pero no había otra alternativa, las calles en el barrio estaban podridas, a pesar de que en su bloque principal de andenes pintados en diagonales bandas color pajizo, remedaban el camino pavimentado de oro que, según el típico sueño americano, conduce a la felicidad y al éxito. Pura mierda; aquí se sufre un tercer mundo en el corazón de los Estados Unidos; en la ciudad más antigua de la Unión Americana.
Tras tres años de guerra, salí del infierno para regresar a las cloacas de la ciudad, después de combatir en una batalla infructuosa, las cosas siguieron exactamente
igual allá y aquí. Cuántas ilusiones se desvanecieron por el sonido de la metralla, por los estallidos incesantes de una sonoridad que zumbaba un largo rato en la inmensa nave del búnker y, sobre cualquier otro terror, la muerte de tanto compañero.
El barrio, Somerset, se miraba más dañado o quizá el efecto maléfico era obra de mi larga estancia fuera de esta atmosfera mugrienta pues en realidad este mierdero, que con su intensidad nos toma, siempre había estado así de jodido: gente hurgando dentro de los contenedores de basura para poderse alimentar, jovencitas dejándose reventar el pussy a cambio de una dosis de meth y homeless con manchas de orina y cagada en sus pantalones, tumbados al abrigo de los oxidados estores de las tiendas. Todos hipnotizados por un sopor narcotizante.

¿Es esto América? ¿Por esto peleé?

Deseé sobreponerme a la realidad imperante, así que busqué donde poder trabajar, pero los contratantes al saber que era veterano de guerra me azotaban la puerta en la mera jeta, como si fuese un infecto. ¡Carajo! ¿Acaso ha desaparecido de la memoria general la activa participación de los soldados boricuas bajo bandera estadounidense? Transcurría el tiempo y no encontraba nada hasta que un día me quedé ahí, en el sofá, incapaz de levantarme y hacer algo bueno. Permanecí monótonamente sentado frente a la televisión, anestesiando la sensibilidad, dopando la mente, perjudicando mi alma. Así pasé algunos meses… y una maldita noche, la mierda de televisor se fundió.

Mi aspecto había cambiado, tenía grandes ojeras y el rostro pringoso, el cabello largo y la barba hirsuta, la uñas largas y mugrosas. Mi apariencia física, deteriorada por completo, me importó poco. Así vagaba un día y otro también, deambulando entre el trayecto de la línea Market-Frankford del tren elevado y el desolado Juniata Park en busca de, de… no sé, restos de colillas en la acera o de algún cristiano que me ofreciera, aunque fuera, one dime. Pero nada, nuestra sociedad, tan enfermiza y deshumanizada, nomás al verme se abrían al paso así como lo miré en el televisor cuando la gente hipócrita lo hace al acercarse un senator. En esos momentos, era invadido repentinamente por una rigidez muscular, acompañada de una gran excitación, lo que generaba un estallido de hostilidad verbal que terminaba por agotarme de tal manera que donde fuese, previo a un clamor, caía paralizado y por la boca echando espuma. Cundo el ataque cesaba, sin acordarme de que había acontecido, despertaba invariablemente acostado dentro de una clínica.

No hablaba con nadie, no podía oír a los demás; no me percataba de su presencia, ni siquiera en los shelters. Todo el tiempo parecía ver a lo lejos, cuando en realidad miraba hacia dentro, entorno a lo más profundo de mi memoria: la presión, el desprecio, los miembros desechos de mis compañeros del Glorioso Regimiento 65 de Infantería. ¡Vaya mierda! Este país desintegrado por nuestra sociedad consumista y plástica nos ha engañado. Insisto, nos rompemos la cara por defender su ideología, sus valores y aún así nos tratan como ciudadanos de segunda clase, nos abandonan. Estoy en un desconcierto, ya no sé en quién o en qué creer. ¡A joder todos a su puta madre! Mi primera navidad, posterior a la guerra, fue la vez que obtuve el rifle de la armería. No tuve preguntas, no hubo documentos que mostrar.

Sí, es correcto. Entré a un McDonald´s en la quinta y Maine Street a eso de las seis de la tarde. Allí estaban ellos; los otros, dominando el terreno, articulando frases amenazantes pero incomprensibles. ¡Malditos coreanos, rojos de mierda! –grité. Pronto, saqué de la gabardina el rifle de asalto y disparé la carga hasta deshacerme de todos ellos. Parecían cucarachas corriendo en desorden dentro de una alcantarilla. ¡Cuánto gemido hay detrás de las máscaras! ¿Cómo quiere que me sienta doctor? Me dieron un tiro en la cabeza y unos fragmentos de bala quedaron incrustados en mi cráneo. Estoy hecho un desastre, como consecuencia de las heridas, perdí parte de la vista y del oído. Tengo pesadillas recurrentes; las reminiscencias de la batalla. Fantasmas que se desvanecen aquí y regresan allá. Me cuesta mucho dormir y a veces paso noches enteras en vela. No hay nada por hacer, quizá la pena de muerte como demostración de la crueldad de la existencia. ¿O no, doctor?

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