Perdido

Por Mario López Araiza Valencia

Cada día, después de la correspondiente jornada de trabajo, Jerónimo volvía a tocar puerto. Atravesaba el gigante azul en su bote gris, mecido por las olas, a veces calmas, otras en agitado vaivén, con rumbo a casa. Con las ganancias de una buena pesca o tal vez con contadas presas entre sus redes se anteponía al horizonte. Así es como se dirigía a entregar la mercancía y posteriormente dedicarse a descansar, para reponer fuerzas y retomar la actividad al día siguiente.
Cerca del ocaso, cuando el cielo se torna en un caleidoscopio de particulares matices, dejó su bote en la arena de la playa, lo aseguró con una cuerda y anduvo algunos pasos. Era el primero en regresar aquel día. El bote gris con letras blancas cuyo nombre rezaba “Gilberto” en la parte delantera, destacaba entre la fina arena. Faltaba la compañía de al menos quince lanchas, que seguramente ya se disponían a regresar. Una vez que quedó la lancha fija en su lugar, Jerónimo se echó a la espalda el botín de su travesía, un costal con algunos peces que formarían parte de los platillos que se ofrecerían a los turistas que durante el transcurso del fin de semana arribarían a los restaurantes de la zona. Le dirigió una última mirada a Gilberto, para cerciorarse de que permanecía en su sitio. Le extrañó que ninguno de sus compañeros hubiera regresado o que al menos se percibiera en el horizonte, rara vez se separaban, pero ese día una densa niebla al despuntar el alba hizo que se perdieran de vista y para aprovechar el tiempo, Jerónimo pescó lo que pudo y regresó solo a tierra firme, confiando en que sus compañeros estuvieran cerca. Haciendo caso omiso de las interrogantes que rondaban por su mente y un poco encorvado por el peso del fardo, se dispuso a alcanzar los restaurantes del malecón, en los que distribuiría los productos. Todos le conocían por ser de los que daban el pescado a precios bastante accesibles, en comparación con los otros pescadores. Era de personalidad alegre, le gustaba platicar con los clientes. Este grado de empatía contribuía a que fuera muy apreciado en todo Progreso. Esa vez se percibía algo distinto en la atmósfera comúnmente tranquila y agradable. Un silencio pesado se colaba por las calles hacia el litoral. Ni una sola nota musical salía de las casas que conducían al océano, ni viajaba a través de las ventanas que comunicaban a los vecindarios. Nadie caminaba riendo junto a la orilla, ni se bañaba en la espuma marina. La playa lucía imperturbable, apenas una brisa sin chiste recorría la calle junto a ella. En la lejanía del puerto internado en el mar, al que llegaban los grandes trasatlánticos y los barcos de carga, se divisaban unas sombras que eran apenas distinguibles. Los vehículos que transitaban hacia ese lugar o que volvían para incorporarse a la carretera tampoco se encontraban, todo parecía haberse congelado. Jerónimo descargó el costal, con extrañeza contemplaba cómo el ritmo de aquel lugar no correspondía con el de la vida diaria que tanto conocía. Se aproximó a uno de los establecimientos, en el que llamó con fuerza a la puerta. Nadie abrió.

Era imposible, el dueño vivía ahí, siempre se mostraba disponible para recibir el producto que Jerónimo traía. Recorrió la calle, tocó en otro restaurante. La misma suerte.
¿Dónde estaban todos?
Apareció la emoción que recorrió su espalda como un cubo de hielo. Era el miedo, una sensación que le era familiar cuando de niño, su padre le enseñó el oficio llevándolo al mar y haciendo que se enfrentara a situaciones de las que para su corta edad, le convenía salir airoso o tendría problemas. Como pudo, siguió con el peso añadido de su miedo. Pasó junto al edificio en ruinas de la tercera calle. Ese sitio tenía años sin funcionar, un incendio había terminado con tres empleados en las cocinas y fue clausurado definitivamente. La punzada recurrente del miedo volvió a intentar dominarlo cuando se dejó caer en los escalones de la entrada del recinto. Respiró hondo. Ahora su visión se veía obstaculizada por la niebla que comenzaba a surgir a su alrededor. Dicho fenómeno natural ocurría con muy poca frecuencia, pues el calor se encargaba de llevarse cualquier atisbo de allí. Podría ser que eso fuera la causa de la aparente inactividad, pero no respondía al hecho de que las personas se negaran a abrir.
Detrás de él, escuchó unos pasos. Provenían de aquel edificio fantasmal.
–Ya no estás perdido.

La voz parecía distorsionada de una señal de radio lejana. Jerónimo se dio la vuelta. Una figura en blanco y negro, como proveniente de un proyector, que apenas se notaba, le dirigía la palabra. Era complicado discernir si se trataba de un hombre o una mujer. Muy distinta a un ser humano de carne y hueso, parecía un personaje sobre una pantalla de cine. Solamente su rostro era expresivo, le tendió una mano.
–El miedo es una de las emociones más antiguas de los seres humanos y por lo tanto, con gran poder e influencia sobre nosotros.
El pescador prefirió quedarse callado, intentando explicarse lo que sucedía.
–Miedo a lo desconocido – continuó la figura –, a lo quisieras poder explicar.
Sígueme ahora, hacia el Faro. Intentó resistirse, pero sentía algo que lo obligó a obedecer. Cruzaron la calle y entraron al mercado, en el que los ecos de los sonidos que se generaron allí desde su fundación resonaban entre sus paredes. Le recordó a un libro de su infancia: Pedro Páramo, en el que todo parecía ser un eco del pasado lejano. Los pasillos del mercado estaban vacíos, pero el escándalo ocupaba el espacio, ensordeciendo los pasos del hombre y su acompañante.
–El Faro esta encendido – dijo el acompañante.
Sin comprender, Jerónimo salió rápidamente de aquel lugar. Verdaderamente fluía el terror a través de él, pues ignoraba lo que sucedía. ¿Quién era la presencia que le hablaba? ¿Por qué su aspecto tan diferente?

En el lado opuesto de la avenida se erigía el faro, una estructura de treinta metros de alto. La luz emitida por su misteriosa lámpara en la parte superior, pasaba entre la niebla y se perdía en lontananza.
–El Faro sirve para que los barcos encuentren el camino y puedan tocar puerto – mencionó el individuo – pero también, para llamar a las almas perdidas en el mar.
Al fin empezaba a entender. Se hallaba perdido. Simplemente salió a pescar desde esa mañana y extravió el rumbo. Entre la niebla fue capaz de encontrar un camino a casa, llamado por el Faro, que ahora le daba la bienvenida a donde pertenecía y en el que habitaría esperando a aquellos que buscaran su camino en medio mar, pues el miedo causaría conmoción entre los recién llegados y era necesario que alguien los llevara hasta allí para volverse eternos.

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