Pánico

Por Ernesto Tancovich

El cuerpo decide. No te suelta. Te sacude, temblás con él, enmudecés en él,
sos y no sos en él.

Vos y tu cuerpo, ese maldito impostor. Vos en tu cuerpo. Querés deshacerte de
él, hacerte de él, reahacerte en él.

¿Me carga o lo cargo? ¿O es algún otro quien lo lleva de acá para allá,
obligándome a seguirlo, sin dar explicaciones?

Él, él, él. Ese intruso.

Mariscal, sirviente, parásito. Comediante, en suma. Y vos de utilería, o
espectador de su acto.

El corazón, una bomba de tiempo, n cuenta regresiva. No sabés a partir de qué
número.

Montada en la garganta, una guillotina va racionando el aire en tajadas, cada
vez más finas. Te ahogás.

Es la muerte, de visita, en una de sus prácticas. Prueba los útiles, observa el
efecto, mide tu terror, anota, se aleja unos pasos, pensativa.

Disimulás, como ante un perro bravo, esperando que deje de prestarte
atención, que no tire la dentellada.

Vas hasta el umbral. No sabés si acompañándola o si es ella quien te arrastra.
Por un momento nada sabés. Quedás de este lado, provisoriamente a salvo,
ante los portales de la noche, viéndola perderse.

Ha hecho su demostración, a la manera de un vendedor domiciliario de
electrodomésticos. Y vos tu aprendizaje.

Y la vida continúa, desde el punto en que se había suspendido o desde donde
la visitadora te ha dejado.

Estuviste en la linde, vislumbraste el vacío.

Al fin no fue tan terrible como pudieras haberlo pensado. El ánimo resignado
ayuda. Ahora sabés.

Estás preparado para lo verdaderamente grande. No has perdido tu día.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s