El rey caído

Por Sara Amayeli Toscano Magos

Existe un castillo, uno de tantos que bostezan desesperanzados en un campo. Acostumbrados a la soledad, lleno de cicatrices, sosteniéndose orgulloso a pesar de los muros caídos, puertas hechas trizas o cristales despedazados. Alguna vez lloró, cambio tanto al ver su gloria caer ante sus ojos y no poder defenderse. Las lágrimas crearon un río cerca de su ladero. Pronto la madre tierra le dio cobijo en un abrazo. Ahora entre los ladrillos la belleza del verde podría adornarlo. Emanaba una energía que había enamorado a una joven. Algo en ese lugar la atraía, y tras meditar durante meses se aventuró, adentrándose en lo más profundo de aquella agotada estructura. Ella era como una lechuza, su mente embelesada por la oscuridad y el silencio, libre, aunque estancada, ululando a la esfera plateada como si esta la escuchara. Cansada del beso de la soledad y al mismo tiempo reconociéndola como su única amante. Acostumbrada a sus caricias, al sabor de su saliva, los abrazos largos, donde su mente vagaba perdida en el espacio. Tal vez por su capacidad de percibir más allá de las ondas o su estupidez, ha reconocido un inusual impacto en su estómago. Entre aquellos enormes bloques de piedra nacía aquel líquido insípido, incoloro, inodoro. El dolor alimentaba las plantas con agua fresca. Ella acaricio suavemente la superficie imperfecta, deslizando las yemas de sus dedos. Sus sueños estaban regresando a su cabeza, aquellos que tuvo que dejar atrás para que crecieran sus alas, aunque no le sirvieran para volar. No, ella era una pieza del rompecabezas, una perdida en ese mundo. Ansiaba formar parte de ese cuadro, ese lugar, entender que era estar muerto y vivo al mismo tiempo, ser pasado y ser presente. Algo místico de ese sitio la hacían sentir embonar. Tal vez esa noche la luna, las estrellas, el cosmo o algo que debió seguir cerrado; olieron sus sueños. Aburridos de sus quejas silenciosas, curiosos de su presencia recurrente, atraídos por sus miedos, molestos por su atrevimiento ¡Qué sé yo! El hecho era que aquella soledad estaba acompañada. Unos ojos azules la observaban en la oscuridad, fue cuando ella detecto su amenazante sonrisa. Risas de niños rozaban, el sonido lamía sus brazos, estremeciendo su cuerpo. Podría ser un sueño, de esos que eran muy reales. Al voltear encontró un enjambre de seres de piel terrosa, pequeños, con los miembros delgados. No sabía si era peligroso y tampoco iba a averiguarlo. “Corre al río” algo le decía “No, corre por lo alto del cerro” otro le aconsejo ¿Quién? Para pensar no era el momento. Los ojos oscuros decidieron perderse en la oscuridad, en la atmosfera más fría. Su andar no se detuvo por más que sus piernas suplicaron. Fue cuando la rama de un árbol la auxilio cual caballero andante, ella se aferró a este para subir hasta lo más alto, alejándose del peligro.

Cerró los ojos. Todo giró.

Su cabeza estaba a punto de explotar, no podía creer lo que había sucedido. Al abrir los parpados otra vez se encontraba en aquel castillo, acariciando las cicatrices de esa estructura. De nuevo sintió la desgarradora mirada. Volteo para mirarse rodeada de seres pequeños que gruñían de forma extraña. Desorientada permaneció unos minutos observando aquellas singulares bestias que no se movían de su lugar, ellos tenían el mismo interés en ella. Detrás de estos, algo grande estaba apareciendo, su semblante apenas era iluminado por los rayos de la luna que entraba por las heridas del castillo. Algo deslizándose por su estómago la obligo a no respirar. Corrió. Era como si se llamasen sin palabras, la joven lo buscaba y él corría tras de ella. Las emociones que se desbordaban de su cabeza, de su pecho sabían a sangre. Su corazón podía escucharse gritar mientras ella huía de seres pequeños y de algo más…
Escapaba con más ganas que antes, otra vez esas opciones en su cabeza. Río o cerro. La primera opción al mirarla la noto más espeluznante, volvió a refugiarse en la altura. Permaneció con sus ojos abiertos mientras esos pequeños seres iban de largo. Excepto aquel que se paró justo frente al árbol. Ambos se miraron fijamente, pudo notar aquella sonrisa macabra, sus brazos fuertes, su pecho vestido de negro. Era un hombre… un humano con un aire lleno de misterio. Con su mano hizo una seña negativa, como cuando un padre te da a entender sin palabras, que no debiste de hacer eso.

Todo giró. Cerró los ojos.

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