El que habita en la oscuridad

Por Braulio Alejandro Torres Ruiz

Es curioso cómo creemos conocer todo lo que nos rodea. Pensar que todo lo referente al viejo mundo, a aquellos salvajes días de antaño, no es algo que esté velado a nuestros ojos. Y cómo esto que llamamos realidad, no es más que una vil pieza de un todo sumamente complejo que jamás llegaremos a comprender plenamente. Ahora que me encuentro en esta celda, con los días contados, no hago más que reparar en todo lo que trajo a este maldito lugar. Y lo peor es que no puedo soñar con el día en que me quiten la vida y dejar todo esto atrás. Porque he sido testigo de horrores inenarrables que nos acechan y persiguen aún después de la muerte. Hace algunos días, llegó una carta a mi casa. Dicha letra fue enviada por un conocido antropólogo al cual deje de ver desde los días en la facultad, es decir, hace más de 13 años. El remitente denotaba que la carta fue enviada desde un lugar de México, Miquiztetl, decía. Nathan Darkthorn, antiguo colega en la universidad de Miskatonic. Era el que me enviaba esa fatídica carta. A pesar de haber tomado junto con él una asignatura de civilizaciones prehispánicas, nunca fuimos muy unidos. Y el hecho de que 13 años después de no saber nada de él, me enviara una carta y desde esa región, hacía que todo ese asunto fuera sumamente extraño. El contenido de esa carta me impactó de inmediato. Era un boceto hecho a lápiz, de un códice, pero no pertenecía a ningún códice del que se tenga conocimiento alguno. Por el modo en que estaban hechos los trazos el dibujo fue realizado de forma apresurada. Aún para ser un mero bosquejo, lo que señalaba me hizo retroceder y buscar asiento. La imagen mostraba a un grupo de nativos zapotecas sacándose los ojos y ofreciéndolos a una deidad, que al parecer se trataba de Xipe Tótec, pero lo que me impactaba más era que se representaba de una forma inusual a los demás códices en los que aparece esta deidad, además del hecho de la presencia de algunos símbolos desconocidos y que no tienen cabida en el mundo prehispánico. Adjunto a ese boceto, había un breve escrito: Jack, encontré un códice que se había mantenido oculto al mundo hasta hoy en día. No puedo hacer más que pedir tu ayuda, por favor necesito que vengas a México y te reúnas conmigo lo antes posible.

Estamos tal vez frente al mayor hallazgo de nuestras vidas. No le comentes a nadie tu destino ni el motivo. Acude a la posada “La Casona” Me hospedo ahí. Debo advertirte que nos enfrentaremos a ciertas personas reacias a nuestra labor y probablemente nos enfren…
Hasta ahí llegaba el mensaje. El boceto, lo inusual de la carta y el que la tinta de la lapicera con la que se escribió estuviera corrida a media palabra, me resultaban extraños, pero aún más la petición de Nathan y el supuesto hallazgo que encontró.
Si hubiese recibido esa carta en otra época de mi vida, no habría accedido a realizar tal viaje. Pero como me encontraba en una racha de sucesos no muy agradables, pensé que un cambio así me sacaría de esa triste rutina que llamaba vida. Lo cual solo fue lo que sellaría mi cruel destino y solo empeoraría esa serie de eventos trágicos. Después de meditar un poco la petición de Nathan, acepté y me di a la tarea de empacar mis cosas y preparar mi viaje para reunirme con él. Tal como él lo indicó, me fui de Arkham sin comentarle a nadie mi destino o motivo. Solo dejé una nota en mi departamento indicando a dónde iba y por qué. Ahora que lo pienso, tal vez alguien note mi ausencia y descubra dicha nota, pero me temo que para cuando eso suceda, será demasiado tarde para mí. El viaje a México fue tranquilo y sin problema alguno, hasta llegar a Oaxaca se complicó un poco puesto que para llegar a Miquiztetl, había que cruzar parte de la Sierra Madre del Sur, lo cual dificultaba el acceso a vehículos, por lo que tuve que buscar a un guía que iba a dicho poblado a caballo. La búsqueda del guía fue poco provechosa, nadie quería llevarme al ya mencionado lugar e incluso era notable su incomodidad al oír el nombre Miquiztetl. Después de buscar por varios días, un señor llamado Rosendo Macías
aceptó a llevarme, pero con la condición de llevarme a cierto punto en la sierra, de donde yo debí seguir el camino al pueblo por mi cuenta, solo fiándome de las indicaciones de Rosendo, ya que él no quería poner un pie en ese lugar. Luego de tres arduos días de recorrido por la sierra, tal como acordamos, Rosendo me indicó que a partir del punto en donde nos detuvimos a descansar, a dos horas a caballo, estaría llegando a, en palabras de él, ese lugar olvidado por Dios. Una vez descansado el animal, le pagué a Rosendo la cantidad acordada y monté nuevamente, no sin dejar de pensar en el hecho de que Rosendo se mostrara reacio a Miquiztetl.

Las dos horas me parecieron una eternidad y durante el trayecto, en varias ocasiones me di por perdido, incluso llegué a pensar que Rosendo me mandó en una dirección errónea a propósito, para quedarse con el dinero y que un gringo incauto más muriera. Pero justo cuando mi voluntad se venía abajo, divisé una pequeña casa entre los árboles que rodeaban el camino. Decidí acercarme a la casa para pedir informes y saber si seguía la ruta correcta a Miquiztetl. Así que bajé del caballo y lo até a un tronco seco cercano a la casa. Me dirigí a la puerta y a unos pasos de ella, la puerta hecha de pedazos de tabla se abrió de golpe y una vieja harapienta se asomó. Era de baja estatura y de piel morena. Sus cabellos eran grises y caían hasta lo que debía ser su cintura. Pero lo que más llamaba la atención era su rostro. Parecía no tener ojos. Solo una venda sucia y gastada cubría ese lugar donde se suponía debían estar sus ojos y además despedía un olor a podredumbre que me hizo retroceder apenas lo percibí. Después de cubrir mi nariz y boca con la mano, me animé a preguntar por el poblado, la anciana solo levantó el brazo izquierdo y apuntó a donde iba el camino que estaba siguiendo. Asentí con la cabeza y esbocé un ligero gracias. Regresé a montar mi caballo y a reanudar la marcha, al pasar cerca de la anciana, esta levantó sus brazos al cielo en forma de plegaria, abrió su boca y versó “danos ojos…” No escuché lo demás porque tenía prisa por llegar al pueblo, ya que la noche estaba cayendo y no quería deambular por la sierra a oscuras. Pero de vez en cuando voltee hacia atrás y la anciana seguía en la misma posición, parecía que le rezaba a Dios. Como esperando que su dios le pusiera algo en los brazos. Seguí cabalgando y sin darme cuenta, la noche ya cubría todo. No sentí en qué momento se había oscurecido todo pero ya era imposible ver. Ni siquiera mis manos podía ver, aun acercándolas a mi rostro, era imposible verlas. El pánico me invadió y al caballo también, pronto no pude sostener la rienda y el animal me tiró para luego huir. Me levanté e intenté buscar algo para generar luz en mi mochila cuando empecé a escuchar lo que creí eran voces. Al principio me negué a creerlo, en gran parte a que era una lengua que desconocía. Comencé a ritar por el miedo a no ver qué o quienes me acechaban y cuando menos lo esperaba, algo me golpeó desde atrás. Está demás el decir que caí inconsciente. No supe cuánto tiempo pasó, pero desperté en un lugar apenas visible y húmedo. Cuando recobré las fuerzas me levanté y recorrí el lugar. Pronto me topé con un cuerpo, aún estaba tibio así que le hablé

—Oye, despierta. ¿Estás bien?
—¿Jack?
—¡Sí! ¿Eres tú, Nathan?
—Oh, gracias al cielo eres tú viejo amigo. No sabes cuánto me alegra que estés aquí. Escucha, no hagas ruido. Esta gente tiene un oído increíble.
— ¿Qué gente? ¿Qué rayos sucede aquí?
— Te lo explicaré todo a su debido tiempo, pero prime… oh no, aquí vienen, hagas lo que hagas, no los mires a los ojos, ¡no los mir…! Una parte de la cámara en la que estábamos se abrió y tres hombres vestidos con harapos entraron, como también un poco de luz en el lugar. En seguida busqué a Nathan y me invadió el terror al verlo. Tenía retazos de tela cubriendo sus ojos. Por la sangre que empapaba sus vendas y corría por sus mejillas, deduje que había sido herido recientemente. En seguida le pregunté
— ¿Qué rayos te pasó Nathan, estás bien?
—Lo estoy viejo amigo, lo estoy. No te preocupes por mí… Uno de los hombres golpeó a Nathan con una especie de hueso. Y comenzó a hablarme en una extraña lengua que no comprendí pero me resultaba familiar, mientras señalaba con el hueso en su mano la pared detrás de mí. Sin entender lo que quería, voltee a ver el muro de piedra. Me fui de espaldas al ver lo que había en el muro, era el dibujo que me había mandado Nathan en la carta.
— ¡Qué demonios sucede Nathan!
—Jack, amigo, lo que estas personas quieren es que les digas lo que significan esos símbolos a lo largo de la deidad representada. Responderé todas tus preguntas, pero antes necesito que hagas esto por mí.
—Estás loco si piensas que voy a…
El sujeto del hueso me golpeó en el estómago, el dolor me hizo doblarme pero antes de poder tocar el piso con mi frente, el sujeto levanto mi cabeza sujetándome del cabello, una vez que levanté la mirada noté que él no tenía ojos. A diferencia de los otros, él no cubría sus vacías cuencas oculares con una venda ni los otros dos individuos en la cámara. Me invadió el miedo al sospechar que se trataba de una especie de práctica común en ese lugar.

—Sé que resulta difícil Jack, para mí también lo fue. Tal vez lo único que necesitas es un poco de motivación… Una vez dicho eso, Darkthorn se inclinó frente a mí y quitó las telas de su rostro. Tomo mi cabeza con ambas manos y me obligó a verlo. En donde antes hubo ojos, solo había oscuridad, pero no era la oscuridad provocada por la ausencia de luz. Se trataba de una oscuridad profunda, que no poseía final. Forcejé pero fue inútil, golpeé a Darkthorn y este me dijo
—Una vez que entregues tus ojos al gran dios ciego, al poderoso Xipe Totéc, comprenderás lo indispensable de nuestra empresa. A cambio de tus ojos, él te recompensará y te otorgará visión verdadera. Entonces entenderás lo endebles que son los humanos y lo miserable que es su papel en este mundo. Pero si estás dispuesto a servir a esta causa no será así para ti.

Si los ojos de una persona revelan cierta esencia de ella, lo que vi en Darkthorn fue más de lo que la mente humana puede soportar. Abismos infinitos se presentaron frente a mí. Una noche eterna se apoderó de mí y por breves instantes me encontré vagando por un vacío informe que me aturdía sin profesar sonido alguno y en el centro de un sol obscuro que se abría ante mí, un ser aún más oscuro, que se arrancaba la piel a sí mismo, dejando caer un líquido negro y espeso que inundaba el lugar embriagándome y librándome de toda voluntad. Después de llamarme por mi nombre, este me ofreció un cuchillo de obsidiana y a la vez me dijo “hay un lugar en la oscuridad para ti”. Cuando menos me di cuenta, tenía mis dedos clavados en mi ojo izquierdo, jalando hacia afuera y tomándolo con mi mano, para después levantarlo hacia el frente mientras Darkthorn y los otros decían “danos ojos, danos ojos para poder comprender la plenitud del cosmos Nyarlatothep”.

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