El cuarto oscuro

Por Isaac Levy Leyva Sánchez

Todos los días en los que Héctor viajaba en el trasporte público, sin importar a dónde fuera o de dónde viniese, siempre se encontraba con la misma figura femenina, a veces parada, a veces sentada, otras pocas veces abordando la unidad, la mayoría de estos encuentros se caracterizaban por ser manifiestos de solo segundos: una mirada por el rabillo del ojo o un vistazo escueto, sin embargo, existían otras pocas veces, veces en las que los días se le hacían más largos, en las que la usanza de las actividades diarias y el elemento cotidiano de la vida en general lo agobiaba, esas veces, Héctor sentía que la presencia femenina lo asechaba, no podia evitar verla durante largos periodos, la llegaba a sentir cerca, más cerca de lo normal, se materializaba no solo como un cuerpo más que se perdía entre la muchedumbre, se sentía como alguien familiar, su figura resaltaba de las demás, más alta y sobresaliente, la mente de Héctor, en más de una ocasión sugirió que la figura lo seguía y que sus intenciones rozaban los limites en los que un encuentro cercano resultaría peligroso, de cualquier manera, él no dejaba que sus divagaciones entraran en conflicto con su sentido común, a pesar de la gran cantidad de veces que había coincidido con esta figura, Héctor le atribuía a estas confluencias humanas un carácter más lógico y racional “Debe de tener un horario laboral muy parecido al mio, o puede que sus actividades diarias concuerden en espacio y tiempo con las mías” se decía mientras, sentado en su escritorio, trazaba bocetos de lo que sería un complejo de departamentos que se situaría a un costado de una de las plazas más grandes y lujosas de la ciudad, su edificio se sumaría a los ya existentes que contaban con una salida directa al centro comercial. Mientras trabajaba, su pequeño estudio se veía inundado por
pequeñas bolas de papel arrugadas que se dispersaban a lo largo del piso, Héctor, no dejaba de pensar en aquella presencia en su vida, hasta que, en un arrebato de estrés laboral, decidió darse un pequeño descanso, se levantó de su asiento, en el cual se comenzaban ya a notar algunas arrugas marcadas por el tiempo excesivo que su cuerpo llevaba alojado en él, se estiro un poco después de soltar un pequeño bostezo y se dirigió a la cocina, se preparó el cuarto café de su jornada nocturna y regreso con pasos lánguidos hacia su escritorio, decidió continuar con su labor, no obstante, el primer sorbo de café convino a extenuar la falta de inspiración con la que contaba, el ánimo y la creatividad se sumaron a la huida, el exceso de trabajo lo había agotado, al tomar su pluma y comenzar un trazo que difícilmente concluyo en algo más que una línea occisa, se percató que por más que se esforzara en seguir trabajando su mano no encontraría la manera de dar lugar al proceso inicial de creación artística, esto le dio unos segundos de
quietud, dentro de los cuales echó un vistazo a su alrededor, su departamento a esas horas parecía un lugar inhóspito y difunto, en el que el único aire de vida se le concedía de manera casi obligatoria a una pequeña lámpara que brillaba al centro de su escritorio, otros elementos como el característico ruido de la electricidad pasando corriente por algunos dispositivos electrónicos y el tenue sonido de la ciudad, también formaban parte de los únicos atisbos de presencia en aquel lugar, Héctor decidido esperar sentado, busco relajar su temple, tomo una posición estática y espero, pasaron diez minutos, una hora, dos horas; las colillas de cigarro iban construyendo una pequeña estructura dentro de un cenicero, para la tercera hora, una botella de Macallan 18 yacía a la esquina de su escritorio, la mitad de su contenido había sido ya vaciada, mientras, justo al lado del whiskey, dos hielos sucumbían ante la temperatura ambiente, cambiando de estado al fondo de un vaso old fashion. Para engañar un poco a la soledad,
Héctor había convocado a través del estéreo a sus artistas favoritos, el alcohol se deslizaba por su garganta al ritmo de los bajos y altos de John Coltrane, Miles Davis, Chet Baker, Duke Ellington y Scott Hamillton. Cuando los niveles de alcohol en la sangre de Héctor se comenzaban a traducir en sus torpes movimientos, su carente actividad focal y su alta temperatura corporal, decidió comenzar a trabajar de nuevo, al final del dia, él creía que, más que inhibir su sentido común, las drogas le permitían expresar sus verdaderas habilidades artísticas, no obstante, rehuía a la idea de convertirse en una suerte de Bukowski, asi que guardada este recurso que le permitía sensibilizar su proceso creativo solo para cuando la situación y el momento lo merecieran, en cada sorbo de whiskey, recordando a Baudelaire y citando lo poco que recordaba de una oración que se le antojaba fascinante, llevándose la mano a el pecho decía en voz alta y en un tono erudito: “comparando mi estado actual con las pesadas tinieblas de la existencia común y cotidiana, podria sin lugar a duda calificar de paradisiaco el estado excepcional del espíritu en el que me encuentro” hizo un ademan de sonrisa del cual se pudo alcanzar a resolver una pequeña risa, Héctor bajo la mano de su pecho y procedió a seguir con su labor. Siendo las 3 de la mañana, Héctor había ya dibujado 3 bocetos, que, a pesar de no convencerlo del todo, sabía que eran bueno trabajos y que, una vez descansando, con la mente fresca, encontraría en ellos los cimientos para su producto final, dio por terminada su jornada y se recargo en su sillón, dejo su mente divagar hacia cuestiones de toda su vida, recorría rincones de su mente, dialogando con espectros de su pasado, se detenía y contrastaba la felicidad de su infancia y pubertad con la naturaleza agridulce de su temprana adultez, caminaba en pasillos oscuros que le relataban en voz alta la vida que se le había escapado a través de sus dedos mientras el tiempo seguía arrebatándole poco a poco la vida que le quedaba. Abrió los ojos, despertó a la realidad, tomo un sorbo de café con whiskey, la sensación amarga del café combinado con el alcohol, hacía que se formaran muecas en su rostro, el sabor no era de sus favoritos pero esta combinación lo hacía sentirse más avisado que consumiendo la cafeína por sí sola, bajo la taza y comenzó a dibujar, no era que no tuviera sueño, sino que esa noche sentía que debia hacer algo importante, esta vez, sin embargo, dejo la labor de lado y dejo la tinta correr de manera libre sobre el papel, dibujo figuras, rostros,
animales, insectos, cada uno con menos detalle que el anterior, en cierto momento recordó aquella figura del transporte público, y ya que estaba en materia, decidió intentar trasladar sus recuerdos a la realidad y hacer un bosquejo representativo de aquella silueta, comenzó, uso algunas técnicas básicas, recordó los pequeños detalles, las formas, hizo un recuento en su mente: aquellos brazos pálidos y esbeltos, su cabello opaco y desteñido, sus manos en las que resaltaban las venas como si fueran pequeños gusanos que se movían en las capas interiores de su piel, pensaba en su figura en general mas no había reparado antes en el aura lúgubre y triste que representaba aquella presencia, no se detuvo mucho a pensar en esto, tenía los elementos necesarios para comenzar y asi hizo. La pluma se deslizaba elegantemente sobre el papel, trazo sobre trazo, comenzaba a vislumbrarse una figura humana la cual tomaba forma con cada desliz de la pluma por encima del papel, en momentos, Héctor se detenía a pensar, como si escarbara dentro de su cabeza, buscaba reminiscencias que pudiera moldear con tinta, hacia la mitad de su pequeño dibujo, Héctor se detuvo, como si un engrane en su cráneo se hubiera averiado, generando un efecto domino que concluiría en el estropeo del mecanismo general que hacia funcionar sus actividades motoras, después de unos segundos de quedarse estático, desvió su atención y volteo al frente, como si alguien le llamase, salto de su asiento, sus manos se movían repetidamente de su quijada hacia su nuca, desesperado, trataba de encontrar algo dentro de sus recuerdos, caminó en círculos una y otra vez, se detuvo y se quedó inmóvil una vez más, entendió que por más que buscará no encontraría nada, el recuerdo por el cual hurgaba no estaba ahí, no existía, los elementos faciales que construirían el rostro de su candidata al arte bajo la pluma eran inexistentes, desconcertado, trato de tranquilizarse, tomo asiento de nuevo e hizo un recuento de todas las veces que recordaba haber visto aquella figura, después de darle dos vueltas a su cabeza, como quien busca una falla en el código fuente de un programa de computadora, se resignó, daba otro sorbo de whiskey mientras pensaba como cabía en la coherencia la posibilidad de que, viendo tantas veces la apariencia de su ahora modelo, nunca había percibido su semblante, se limitó a observar el boceto unos cuantos minutos más, mientras pensaba, en su organismo el efecto diurético del café combinado con el alcohol lo obligaron a dirigirse al baño, al terminar de orinar, vio su reloj, marcaba las 5:45, pensó que ya era tiempo de dormir, se acercó al fregadero, lavo su cara y se dio un vistazo al espejo, se detuvo un momento, miro su rostro, avisto algunas ojeras, observo su pelo desmarañado, probablemente por el habito que tenia de masajearse la cabeza en momentos de estrés, conto algunas pocas cicatrices que serían
vestigios de una pubertad demasiado hormonal y advirtió una que otra comisura suelta en sus labios, después de reparar en todos estos aspectos, quedose 10 segundos más parado en frente del espejo, veía su rostro con atención, las gotas de agua resbalaban por su cara, contemplaba, analizaba y examinaba cada pequeña parte de ella… una idea cruzo su mente como un relámpago que, al hacer contacto con el suelo, evocaba un sonido estruendoso, “No puede ser” murmuro, cerró los ojos con fuerza, se los tallo al punto en el que le dolieron, los abrió lentamente, como esperando a que el resultado cambiase, “¡No puede ser!” Grito, corrió hacia su escritorio, busco desesperadamente el boceto de la figura, lo coloco sobre la mesa, arrojo todo al suelo y comenzó ávidamente a dibujar el rostro de la figura, gotas de sudor resbalaban por su mano, cuido que el producto final constara del más delicado detalle que pudiera lograr, curiosamente el miedo y la adrenalina que sentía agudizaban los movimientos de su mano y por consiguiente de la pluma, después de pasadas 2 horas, terminó, atónito, veía el dibujo terminado, se preguntaba cómo era posible que su cara embonara de manera casi perfecta en aquel cuerpo femenino, reviso cada trazo, cada partícula de tinta, permaneció así alrededor de 10 minutos, a las afueras de su apartamento se revelaban los primeros espectros de luz en el horizonte, el sol anunciaba ya su salida, sin embargo, el cuarto en el que permanecía sentado Héctor parecía oscurecerse cada vez más y más, las luces se hacían tenues, los sonidos de la ciudad parecieron apagarse en un instante, todo comenzaba a carecer de color, la música iba perdiendo poco a poco el volumen, sonaban ya los últimos acordes de una melodía de la cual ya no importaba el nombre, Héctor, mientras observaba su dibujo, desapareció, haciéndose uno con la oscuridad.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s