Delirios cuerdos

Por Rodrigo Martinot Miock

Era de noche, y Gerald temblaba bajo las sábanas de su cama. La única parte descubierta eran sus ojos, que estaban fijos en las puertas del armario ubicado frente a su cama. La lamparilla sobre el velador lo confortaba pero no tanto como para conciliar el sueño. Debía estar atento. Fue hace un par de noches que sus padres lo echaron de su habitación,obligándolo a que durmiera por su cuenta. No les preocupaba el miedo de Gerald, era común que los niños sufrieran esa especie de acobardamiento ante la oscuridad, sobre todo si se topaban con alguna de aquellas desagradables películas de horror que transmiten por televisión a medianoche. Sus padres desestimaban la cuestión, tomándola por un asunto corriente. Gerald no podía dormir. No lograba apartar de su mente recuerdos del canto de su madre y cuentos de su padre, que solían musitarle cada noche antes de acostarse. Le hacían falta. Al principio, cuando dejaron de arrullarlo para que se acostara, logró convencerlos de que lo dejaran dormir con ellos, diciendo que había un monstruo bajo la cama y que lo molestaba cuando se hacía de noche. Así ganó algunos días. Luego, cuando lo echaron por primera vez, los convenció —o al menos eso creía— de que había algo extraño dentro de su armario, que abría y cerraba la puerta a su antojo cuando se encontraba solo en la habitación y que lo asustaba. Obtuvo unos días más.

Igual llegó el día en que sus padres le compraron una lamparilla y lo echaron definitivamente. Le dijeron que los monstruos no existían, pero en caso creyera que hubiera alguno con intenciones de molestarlo, prendiera la lamparilla y problema resuelto… Pero no fue así. Había algo que él necesitaba, pero no estaba seguro de qué, y conforme pasaban las noches un malestar se asentaba en su interior, justo en el corazón de sus entrañas. Pasadas unas semanas, ocurrió que los temores y el sufrimiento del joven Gerald se disiparon. Había descubierto un truco que poco a poco, y sin darse cuenta, se le fue haciendo costumbre, y que inclusive había empezado a disfrutar. Ya no podrían decirle que no, ni sus padres ni nadie. Una de aquellas noches, en las que lo acompañaba el brillo de su lámpara, por fin deliberó en hacer aquello. Se dirigió al cuarto de sus padres, alteró las facciones de su rostro y tocó la puerta. Su padre la abrió con ademán pesado, como enojado, pero el semblante le cambió rápidamente cuando Gerald le dijo, con las manos puestas en el vientre, que sentía un gran dolor en el estómago. Qué tan acertada debió ser la mímica de Gerald, que ni bien dijo esas palabras, su padre fue a alistarse de inmediato y seguidamente se fueron al hospital. Una vez allí, lo atendió una enfermera, y luego un doctor le hizo una serie de preguntas, a las cuales respondió con engaños para que le creyera. Según el diagnóstico del doctor no se trataba de nada grave, pero el chico debía pasar una noche en el hospital con fines de observación y en caso que mejorara le darían de alta. El plan había funcionado.

Pero aquel día y el siguiente pasaron muy rápidamente para el gusto de Gerald, y fue como si en un abrir y cerrar de ojos se encontrara de nuevo en casa. Entonces, insatisfecho como estaba, empezó a cavilar sobre maneras para que lo atendieran sin ser descubierto. El chico actuaba por necesidad, atendiendo un llamado interno que lo incitaba a sentir y creer que debía ser tomado en consideración. Temprano en la mañana, en lugar de alistarse para ir al colegio se quedaba metido en cama. Cuando su madre iba a despabilarlo él le expresaba su malestar, muchas veces tosiendo y estornudando a propósito, otras diciéndole que tenía fiebre o vomitando. Todo aquello había funcionado la mayoría de veces, resultando en los cuidados de su madre y en visitas al doctor. Era de esperarse que sus padres reaccionaran ante el súbito cambio de salud en su hijo. Tan extrañas circunstancias los preocuparon. No hallaban el motivo del cambio, menos aún imaginaban las ideas que corrían por la cabeza del chico. Gerald estaba libre de toda angustia, sus tripas lo habían dejado tranquilo. Aunque era consciente de sus padres sumamente preocupados y de los doctores consternados, no figuraba en sus planes la idea de alterar su proceder, no mientras le siguieran prestando la misma cantidad de atención. Así fue pasando el tiempo; las estaciones cambiaban, los meses pasaban y Gerald crecía. Su vida, y en consecuencia la de sus padres, se había convertido en un constante peregrinaje entre hospitales. Llegó un momento en que ellos, hartos y desconfiados, dejaron de prestarle atención para ver si así se curaba. Entonces todo cambió de mal en peor. Gerald volvió a entrar en el estado de miedo y desesperación que solía acosarlo un tiempo atrás al darse cuenta que sus padres no le harían caso. Y ya no se trataba del mismo niñito de hace unos años, ahora era un adolescente lleno de vigor que sabía lo que quería. Si el plan requería que fuera vehemente, pues lo sería. Dejó de lado las calenturas, vómitos y estornudos para hacerse con objetos filudos y punzantes… Los padres de Gerald tuvieron que abandonar el desconcierto y cambiarlo por miedo. También se vieron forzados a intercambiar a su hijo por ausencia. Gerald estaba internado. Su conducta flagelante llevó a múltiples investigaciones y consultas sobre el caso. Diferentes hospitales, diferentes doctores, otras
indagaciones y nada concluyente, todos los resultados negativos. ¿Qué podía esperarse de un paciente que asomaba síntomas nuevos cada tantos días, indicios no- correspondientes y, aparentemente, delirios cuerdos? Se podría decir que todo acabó el día en que el destino de Gerald fuesentenciado por el doctor Friedrich Dunten en una conversación con sus padres: — Señor y señora Münchhausen, me temo que los resultados son inconcluyentes. Soy consciente del hecho que van meses de observación e
intentos de diagnóstico, pero las respuestas y manifestaciones de su hijo son incongruentes y contradictorias. Seguiremos intentando… tenemos que acertar con el diagnóstico, es nuestro deber. Por el momento Gerald se encuentra en buenas manos, aquí será cuidado y tratado como se debe.
Déjennoslo, y contactaré con ustedes apenas tengamos noticias de algún avance… Los señores Münchhausen se retiraron, afligidos y desconsolados, a los confines de su hogar, solo les quedaba resignarse y esperar lo mejor, esperar a que su hijo volviera. Mientras tanto en el hospital, el joven Gerald, con mirada perdida pero sensata a la vez, pensaba en las horas y minutos que había ganado, y en su subconsciente empezaba a maquinar una nueva estrategia para que le asignaran otro doctor o, mejor aún, que lo trasladasen a un nuevo hospital…

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