Aterradora sinfonía

Por Rosario Martínez

La policía está ante su puerta. Los vecinos llevan cerca de dos meses de angustia, temor e intriga. La causa son unos gritos espantosos que se escuchan todas las noches en el vecindario, algunos son verdaderamente desgarradores y espantan a los más valerosos y ecuánimes.

Después de una semana, cuando el impacto de la impresión cedió ligeramente, se decidieron a investigar, iniciaron entonces las llamadas telefónicas, los mensajes en los teléfonos celulares y en las computadoras, preguntándose unos a otros, si también ellos los habían escuchado. Después fueron las visitas a las casas de hombres y mujeres que empezaron a verse poco a poco con desconfianza, ya no era el mismo trato anterior al aterrador suceso que se presentaba cada noche.

Iniciaron las conjeturas, las explicaciones se multiplicaron, desde las más racionales hasta aquellas matizadas por la superstición y el miedo. Los gritos no cesaban y aunque se escuchaban próximos, nunca venían del mismo lugar. Confundidos y agobiados empezaron a dejar de salir de noche, muy temprano se encerraban en sus casas a esperar la terrorífica sinfonía nocturna, las diez era la cita para el concierto espeluznante. Algunos notaron con recóndita aprensión que esperaban morbosamente el ululante sonido nocturno. Reunidas en torno a la mesa del comedor las familias se miraban con ojos atónitos y un gesto de angustia cuando llegaba la hora. Suspendían toda actividad en cada una de las viviendas, el vecindario entraba en un marasmo inquietante, y al mismo tiempo lleno de expectación. Se sumían en un estado de tristeza y melancolía a la que no escapaba ninguno de los habitantes.

Los niños habían desaparecido, por un común acuerdo con el afán de protegerlos, habían sido enviados lejos de ahí, a hospedarse con parientes y amigos que les acogían por las noches. Así que conforme se acercaba el momento, se entregaban a un sentimiento colectivo de ansiedad, desesperación y pánico, incapaces de hacer nada, pero a la vez esperando… esperando con ansia la llegada de la hora marcada. Si se le hubiera preguntado a alguno de los habitantes de esa colonia no hubiera sabido qué responder ante la cuestión de si deseaba dejar de oír los gritos. La emoción que sentían en los momentos álgidos cuando la intensidad del sonido se elevaba para ir decreciendo y finalmente apagar su voz, era tan intensa que la ocultaban con ferocidad, sintiéndose en el fondo culpables por el gozar de un evento tan macabro, inexplicable y pavoroso, así que disimulaban toda esta emoción bajo una mueca de espanto. Evitaban mirarse cuando todo concluía y se retiraban a dormir, a rumiar a solas las más extravagantes explicaciones, a recrear en su mente torturada las más horribles imágenes que pudieran causarles, pero siempre se quedaban lejos de la verdad, era tan inconcebible que había sido descubierta casualmente hacía ya algunos años por alguien que ahora se confundía y formaba parte del vecindario.

Los más decididos recorrieron las primeras noches, de iniciado el suceso, las calles para saber de dónde salían los horribles gritos, pero éstos parecían tener vida propia, porque tan pronto se aproximaban las personas cambiaban bruscamente de dirección. Los vecinos se cruzaban en la calle y de una ventanilla a otra de los automóviles, intercambiaban opiniones e información sobre el rumbo que tomaban los gritos.  No se atrevían a recorrer a pie las calles desiertas y nocturnas sólo pobladas por las sombras que parecían acecharlos, las sombras y los gritos.

Hasta que un rumor insidioso empezó a extenderse, nadie supo decir quién lo había iniciado, tal vez alguno de los que salían de noche buscó una excusa válida para dejar de hacerlo sin parecer que era un cobarde, quizá alguien con una imaginación desbordada por el estado de tensión y de alarma permanente que se vivía en el vecindario desde que los gritos empezaran, tal vez era verdad, la versión murmurada al principio en voz baja y luego como objeto de discusión entre la gente decía que aquel que viera a quien emitía los gritos, sería el próximo en gritar, con todo lo que eso implicaba. Fue ese temor a lo desconocido, que acecha entre penumbras, en los lugares antes seguros y ahora poblado por inimaginables peligros, lo que acabó con las escasas reservas de ánimo y valor de aquellos que iniciaron la investigación. No había sido él, quien lo inició, pero le llegó en el momento preciso.

 Nadie osaba salir de sus casas, ni asomar sus enfebrecidos ojos a las calles oscuras, pobladas por mil y una imágenes de lo más monstruoso y horripilante que su mente creaba, el lugar sólo era recorrido por el viento, las hojas de los árboles que empezaban a caer, el otoño se acercaba. Las puertas y ventanas eran cerradas totalmente después de las nueve y aunque nada les impedía hacerlo, dejaron de asomarse a la noche, se enclaustraron en un mundo lleno de misterio, agotamiento, tristeza y melancolía.

El escenario, libre de ojos curiosos y mentes equilibradas, está dispuesto para que se lleve a cabo noche a noche la enigmática función donde los sonidos se apoderan de las personas.

Cuando el terror aumentó, decidieron que era hora de llamar a la policía, y aquí estaba.

Tras dos semanas no tenían la menor pista de qué o quién los producía y de dónde venían los gritos. Ahora sin saberlo, se encuentran ante el lugar correcto, para ellos es una casa más de las que llevan recorridas en los últimos quince días.

El uniforme oscuro cubre dos siluetas voluminosas, los destellos de las luces rojas y azules dan un toque de color a la calle nocturna. ¿Qué pasará si logran contemplar lo prohibido? A quien emite los gritos, ¿serán ellos las próximas víctimas? ¿Serán sus gritos los que se oigan la próxima vez? Estas preguntas rebotan de una persona a otra mientras tratan de seguir de cerca la investigación sin ponerse en peligro.

Ahora es la casa indicada, pero nadie lo sabe, nadie es capaz de adivinarlo, ni siquiera ella, la madre abre y conversa en susurros con los agentes como si temiera despertar a quien emite los gritos, el padre permanece sentado ante el televisor, aún es temprano, no son ni las ocho de la noche. Falta más de una hora para que hipnotizados todos dejen lo que están haciendo, se sienten alrededor de la mesa, y como en un ritual para ahuyentar el terror que les infunde lo demencial del sonido, se tomen de las manos y con los ojos cerrados se concentren en orar, aunque en realidad la mayoría trata de adivinar ¿quién o qué puede producir semejantes lamentos espantosamente humanos? El joven escucha mudo en la parte alta de la escalera, no se atreve a bajar. Entrecierra los ojos y sonríe malicioso.

Escucha que su madre lo llama. Se mesa los cabellos en un afán por arreglarlos, baja las mangas de su camiseta para ocultar los tatuajes que lucen enmarañados, enterrados como zarpas verdosas en su piel y recompone el gesto.

El agente de policía más veterano inicia el interrogatorio:

– ¿Ha escuchado los gritos? – dice observándolo con fijeza como si quisiera penetrar en su mente.

– Sí, los he oído, pero no siempre vienen del mismo lugar. – Contesta con serenidad el joven.

– ¿Cuándo fue la primera vez que los escuchó? –Los ojos del agente enfocan de nuevo al muchacho flaco y desaliñado que tienen delante.

– Hará como dos semanas –contesta lacónicamente.

– ¿Dónde estaba usted?

– Aquí, quiero decir en mi habitación   –sus palabras reflejan una dosis de ironía. – A veces también estando afuera, cuando empezamos a investigar y recorrimos el vecindario en los vehículos –añade con el rostro imperturbable.

– ¿Qué piensas al respecto? –pregunta con genuino interés, este chico parece tranquilo, su mirada no luce opaca de angustia como las de los otros que ha investigado, sus ojos brillan con una luz de ¿qué? Piensa el policía.

«Vaya, no se tardó el hombre en tutearme» el joven se molesta ante el tuteo del policía, pero lo disimula, «mientras más pronto se vayan mejor» se dice en silencio.

 –No sé, no tengo idea, suenan distintos cada vez y parecen provenir de diferentes puntos, pero siempre se escuchan cerca –se encoge de hombros como si no supiera que más agregar.

La madre tercia en la conversación, –cierto oficial –dice convencida –no siempre parece gritar la misma persona, pero casi siempre suenan a la misma hora, alrededor de las diez de la noche.

Los agentes están en la comandancia, el asunto los tiene fastidiados, llevan asistiendo a la colonia de forma consecutiva dos semanas, han interrogado a casi todos los vecinos, y nadie ha sido capaz de ofrecerles una pista, pero los gritos no dejan de oírse. Esa situación es lo que no les permite cerrar el caso. Incrédulos, planean una visita anónima para cerciorarse de que los vecinos no mienten y los gritos efectivamente se escuchan. Su turno termina a las ocho de la noche y hasta ellos prefieren evitar las calles desoladas del vecindario que parece un pueblo fantasma, abandonado, pero al parecer no tienen más opción.

El joven sonríe dentro de la camioneta. Lleva años coleccionándolos, la explicación es tan sencilla y a nadie se le ha ocurrido, o son todos unos estúpidos o él es muy listo. Lo compró en una tienda de empeño y ahora tiene un magnífico equipo de sonido instalado en su camioneta. Está oculto en la parte donde va la llanta extra, suelta una carcajada burlona, es hora de que empiece el espectáculo, desconoce que los agentes rondan el vecindario vestidos de civil.

«Lo interesante de la colección es como fue formada» se dice el joven.

La inició siendo un puberto, rastreaba en la web los casos más siniestros de muertes y asesinatos. Comenzó con los ocurridos en los lugares más cercanos de donde vive, mientras decía a sus padres que iba con a pasear con sus amigos, se dirigía a los cementerios, llegaba hasta las tumbas recién ocupadas. Al principio creyó que era producto de su imaginación febril, los ruiditos casi imperceptibles, que aumentaban de intensidad hasta convertirse en verdaderos aullidos, gritos insoportablemente reales, patéticos y dolorosamente bellos.

Pronto se dio cuenta de que, si tardaba más de tres días en llegar, no lograba rescatarlos. Con paciencia de santo se sentaba a esperar a que empezara el concierto, primero empezaba el parloteo, las dudas expresadas en voz alta y luego comenzaban a gritar cuando se daban cuenta de donde estaban y recordaban por qué. No les ofrecía consuelo, sólo los grababa, tenía en su colección gritos de todas clases, de dolor, de rabia, de frustración, de angustia, de desesperación, sus emisores eran tan variados como los gritos mismos, ancianos, jóvenes, hombres, mujeres. Tenía su muy particular código de ética y se lo tomaba muy en serio: nunca, jamás grababa cuando eran niños, en cuanto escuchaba vocecitas infantiles paraba la grabación y corría cubriéndose los oídos, exponiéndose a ser descubierto por los veladores del cementerio, afortunadamente pocas veces cometía ese error, por algo se cercioraba bien con la información que obtenía en la web.

Cuando su colección fue vasta empezó a pensar que haría con ella, primero los escuchaba a solas, con los audífonos bien colocados y si algún grito impertinente salía y alarmaba a su madre (de la última vez que eso había sucedido pasaban seis años) la tranquilizaba diciendo que veía una película.

Después de mucho pensarlo se decidió a compartir con los demás su colección, pero nadie pareció valorarla, a pesar de que introducía un elemento perturbador que rompía la monotonía de las vidas y noches del vecindario. Así que no pudo salir a escena a agradecer como hacían los actores al finalizar un espectáculo, se encogió de hombros con indiferencia, tal vez así disfrutaban más al imaginar escenas tortuosas y terribles en su mente, de seguro así podían elegir aquella que más placer prohibido les causara.

Esta noche, aunque él no lo sabe, es probable que lleve a cabo su última puesta en escena.

                  Sale por la ventana y baja con sigilo la escalera que da al patio donde tiene estacionada su camioneta. Todo luce desierto y siniestro, la luna se oculta tras unas nubes. De pronto se queda paralizado, se pone lívido y una mueca de incredulidad y espanto se traza en su rostro, no ha alcanzado aún el suelo cuando escucha con pavor lo inimaginable: los gritos todavía lejanos y casi imperceptibles.

                  Le toca asistir atónito a una función que ha iniciado sin él. La aterradora sinfonía retumba por cuenta propia.

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