“Un cruce por el modernismo[1]”

Por Germán Álvarez

Entre los años 1880 y 1920, se desarrolla en casi todos los países de Hispanoamérica e indirectamente en España un movimiento bastante polémico: su nombre es el modernismo. Fuera de cualquier controversia, éste sólo representa un simple rótulo que se utiliza para contener una situación extensa; un conjunto de fenómenos textuales, contextuales y de recepción afiliados a una forma específica de creación literaria de la cual hay varias interpretaciones.

La crítica respecto al tema es heterogénea. Su carácter divergente no está relacionado con la falta de investigaciones sino con lo poco delineado de sus marcos, pues la mayoría de los estudios tratan el punto sin reserva no importando sus diferentes intenciones, sus objetos, objetivos, enfoques y criterios específicos. Aquí, el enfoque histórico-literario da la pauta en torno a los análisis y hace posible la compresión del asunto al disponer bajo una secuencia sus implicaciones.

Si se atiende a su conceptualización, el modernismo inicia frente a la idea de cultivar una nueva expresión como un nombre derivado de la constante calificación y atribución obra moderna/escritor moderno, hecha por los mismos autores hispanoamericanos desde 1880 para escindirse o escindir algunas obras de la tradición literaria continental. [2]

Antes del último cuarto del siglo XIX, las letras hispanoamericanas mantienen un curso lineal en su estilística, aunque no se descarta los cruces entre diferentes tendencias literarias. En la poesía persiste la escritura retoricista junto con las citas grecolatinas del neoclasicismo y los primeros ejemplos de un romanticismo colindante con la próxima vanguardia francesa. Mientras, en la prosa se divulga el relato popular de costumbres a la par de un cuento romántico seguido por un tipo escaso de narración naturalista donde se niega la trascendencia del individuo frente a la realidad (naturaleza e instituciones) y una creciente noción de modernidad industrial.

En esa ruta el modernismo confirma una tendencia literaria progresiva que se dirige al contexto más amplio de la literatura antipositivista mundial del fin de siglo XIX. Las nuevas influencias para la lírica modernista van a ser: el parnasianismo -de Théophile Gautier y Leconte de Lisle- centrado la permanencia de la obra, el flujo del arte por el arte y la perfección técnica del poema, su canon busca igualar la plasticidad e imágenes de la escultura griega, además destaca el simbolismo -de Charles Baudelaire y Stéphane Mallarmé- que exalta el valor poético de la palabra, la musicalidad e imprecisión del lenguaje, atiende al uso productivo de correspondencias entre palabras (analogías, símbolos, sinestesias, etc.), declara una estética antiburguesa, la pérdida de valores, una estética antiburguesa, la pérdida de valores, una ambigüedad del lenguaje, la decadencia del poeta y la sociedad. [3]

Por otro lado, la narrativa modernista adyacente a la lírica, adopta las corrientes del posnaturalismo francés. Contra el proyecto inmediato de la novela objetivista experimental de Émile Zola se reconsideran ciertos motivos naturalistas, románticos y realistas, para ir entre parnasianismo y simbolismo hacia la línea en extremo antiburguesa del decadentismo -de Jules Barbey D ́Aurevilly y Joris Karl Huysmans- cuyo género predilecto es la novela corta o después, el cuento breve. [4]

 

Lógicamente la corriente modernista presenta una caracterización propia en oposición a las primeras vanguardias europeas más definidas o de acuerdo a una delimitación por país. Ello no puede comprenderse sin una revisión histórica de la crítica literaria.

El modernismo se consolida como una formación o asociación literaria, es decir, una circunstancia dada en torno a un grupo de autores de una o más generaciones, una noción artística, un ideal o programa estético, un conjunto de obras con características afines, ciertos hechos históricos y un escenario espacio-temporal común que permite hablar de un periodo cronológico de desarrollo, además de un proceso de una o más etapas.

El movimiento parte del debate gradual de la modernidad. Ese foco de encuentro y desencuentro exige introducir una literatura novedosa. De entrada, se reitera un rechazo a la civilización moderna frente a una renovación del lenguaje a través de la poesía, se toma el ideal de lo francés por encima de las manifestaciones locales o españolas, lo cual produce a largo plazo una gran polémica con críticos como Victoriano Salado Álvarez en México, Miguel de Unamuno en España o Remy de Gourmount en Francia. Para la última década del siglo XIX, sin embargo, el desgaste de formas líricas da paso a la prosa narrativa posnaturalista, cada vez más uniforme, que establece una comunicación con el costumbrismo mas no logra consolidarse.

La poesía concluye hacia 1910 el curso del modernismo, acepta los excesos del proyecto, las diferencias del contexto hispanoamericano y europeo, mientras afirma la modernidad propia en una literatura e identidad americanas.

Por lo normal, el movimiento se considera de acuerdo a dos etapas [5], una preciosista más lindante al parnasianismo (1880-1890) y otra de un sentido más individual dominado por el decadentismo y el simbolismo (1890-1910). En ese periodo de tres décadas, van a distribuirse tres generaciones en casi cuatro grupos de autores: 0. los precursores, Manuel Gutiérrez Nájera, Salvador Díaz Mirón, José Asunción Silva y Julián del Casal; 1. los grandes autores continentales de primera generación, Ricardo Jaimes Freyre, Rubén Darío, Guillermo Valencia, Amado Nervo, Leopoldo Lugones; 2. una generación de jóvenes poetas de menor prestigio distribuidos por países en revistas locales como la generación de Revista Moderna en México y por último, ciertos autores de esta segunda generación inclinados luego hacia las vanguardias del siglo XX, tales como José Juan Tablada, Julio Herrera y Reissig u Horacio Quiroga.Dentro de los textos decisivos para un programa estético aparecen dos modelos: el libro de poesías Azul… de Rubén Darío (1888) cuya segunda edición (1890) incluye la prosa con el cuento que es casi un manifiesto de El Rey Burgués y su gran precedente antiburgués en las letras francesas, los poemas de Charles Baudelaire Las flores del mal (1857). Aparte, no debe omitirse un tercer soporte, los periódicos, diarios y revistas copartícipes del modernismo.

Concerniente a las características de las obras, a menudo éstas van a depender de un ideal antipositivista, el principio poético-retórico de la reunión de aspectos contrarios a cualquier nivel de discurso como una solución pesimista contra la ruptura de fin de siglo de la ciencia y la religión ó un sistema social nuevo adverso frente a uno viejo, el uso de extranjerismos, de las formas ambiguas o ambivalentes, la combinación de poesía y prosa, la mezcla de géneros y en el plano del contenido, se atienden los temas del poeta bohemio, la ciudad parisiense, la decadencia, el hastío y el tedio, junto con la realidad cruel afianzada en la economía.

 

Al final, son muchas las conjeturas que se puede hacer del modernismo, lo importante es reconocer un proceso de transformación estilística. Van a ser muy distintos los versos amanerados del poema La Duquesa Job de Gutiérrez Nájera, […] No tiene alhajas mi duquesita, /pero es tan guapa y tan bonita, / y tiene un cuerpo tan v’lan, tan pschutt;/ de tal manera trasciende a Francia,/ que no le igualan en elegancia/ ni las clientes de Hélène Kossut/… [6] , respecto de las líneas antipositivistas del relato El rey burgués de Darío, “Daréis vueltas a un manubrio. Cerraréis la boca. Haréis sonar una caja de música que toca valses […], como no prefiráis moriros de hambre. Pieza de música por pedazo de pan. Nada de jerigonzas, ni de ideales… [7]” , o de la narración breve la Fragatita de Alberto Leduc:

[…] La noche de un sábado de agosto se apuñalearon por ella en el Recreo, el patrón de la “Julia” y un cabo de artilleros de uno de los cañoneros fondeados entonces en la bahía. El cabo del cañonero murió el 15 del mismo mes en el hospital militar, y el patrón de la “Julia” expiró el 27 en una cama del hospital San Sebastián. Fragatita lloró por ambos, a los dos llevó habanero y tabacos al hospital, y por ambos encendía candelas de cera: por el cabo-cañón el 15 de cada mes, y el 27 porque descansara en paz el alma del patrón de la “Julia” [8].

Y los tres ejemplos frente la poesía conclusiva de Darío Cantos de vida y esperanza (1905), donde se asume la reconvención del modernismo: Yo soy aquel que ayer no más decía/ el verso azul y la canción profana, / en cuya noche un ruiseñor había/ que era alondra de luz por la mañana [9].”

Notas.

  1. Para una definición global del término, consultar: Ana María Platas Tasende, Op. cit., pp. 496-501.
  2. Max Henríquez Ureña, Breve historia del Modernismo, Apartado IX. Historia de un Nombre, Segunda Edición, Fondo de Cultura económica, México, 1962, pp. 158-172.
  3. Ver: Robert G. Escarpit, Historia de la literatura francesa, Tercera ed., Fondo de Cultura Económica, México 19564.
  4. Klaus Meyer Minnemann, Op. cit.
  5. Max Henríquez Ureña, Op. cit., p.31
  6. Pacheco, Secretaría de Educación Pública/Universidad Nacional Autónoma de México, 1982, p. 52.
  7. Rubén Darío, “El rey burgués, cuento alegre” en Revista Azul (1894-1896), Manuel Gutiérrez Nájera y Carlos Díaz Dufóo, Eds. 5 Vols., Tipografía de El Partido Liberal, Edición Facsimilar, Universidad Nacional Autónoma de México, 1988, Vol. I, Año I/Núm. 1, p.1.
  8. Alberto Leduc, “Fragatita”, en Revista Moderna, Arte y Ciencia (1898-1903), Ed. Facsimilar, 6 Vols.: Dirección de Literatura, Coordinación de Difusión Cultural, Universidad Nacional Autónoma de México, 1987, Vol. III, Tom. II, Año III/1900, Núm. 11, p.159.
  9. Rubén Darío, “Cantos de Vida y Esperanza”, en José Emilio Pacheco, Op. cit., p. 94.

     

 

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