DOS DESTELLOS

José N. Méndez

I

 

Querida:

 

Así con la tranquilidad

de la oruga que sabe segura

su flor

y el arribo de nuevas albas;

sábete firme,

impetuosa,

imponente,

incontenible,

indescifrable,

poderosa

tan tiernamente

magia blanca

y triunfante espiga de trigo

que no pudo ser arrancada por el paso del remolino

y terminó riéndose de sus intentos.

 

Pero ahora, te diré un secreto

que fuiste descubriendo a cuentagotas

y por fin ha sido completamente desnudado

y está temblando

y entre este mar de inmisericordia;

vino a buscar el alivio y anidar en la calidez de tu pecho:

 

En cada una de tus formas,

en cada tiempo se espera,

en todo aquello que fue, es y será,

en cada célula y fragmento del código genético

y en cada paso que deba darse

y en el que pueda ser incierto,

sábete amada; querida.

 

Sería ingenuo garantizar la utopía

y que no haya paso de alma en pena

ni cristales que hieran el andar,

pero en el principio del tiempo no hubo luz

y esta se hizo.

 

Ahora los silencios no deberán guardarse

y se atorarse en la garganta

hasta que el risco de la palabra

finalmente se quiebre

y sobrevenga el llanto.

 

Quien escribe

no es otro que el resultado

de una ruleta rusa

de varios soles y lunas,

y una ofrenda

de todo lo que ha llevado

hasta esta eternidad

que se ha sembrado, querida

y ahora ha jurado hacerla florecer.

 

Ni el más sabio,

ni el más noble,

ni el más rico,

ni el más firme,

ni el más erguido,

ni el más galante

y probablemente tampoco el más cuerdo.

 

Pero no dudes, querida; que este al que tu presencia ilumina

y alimenta su espíritu con tu risa;

viene a ofrecerte la escucha que libera el alma,

el beso en el momento menos esperado

y también cuando lo pidas,

la respuesta no tan exacta pero sí la más honesta,

su espada en la batalla

y la calma en los tiempos de paz.

 

II

 

Estuve escuchando con atención

a los ancestros,

si se guarda silencio

un instante

entonces puede oírse la breve y contundente

caída de las cadenas.

 

Como la calidez llama al sol,

la hoja al encino,

la piedra al concreto,

la gota de agua al mar,

ahora el hilo rojo

ha llegado

ni más ni menos

a su punto exacto.

 

Ámese

cada paso en falso,

cada deseo de sesgar todo,

cada vez que una palabra

fue capaz de desmoronar la psique.

 

Ámese la espina

porque fue necesario sentirla

para hablarle de frente a la rosa.

 

Ámese todo lo que ha dolido

no por seguir deseando sufrimiento

y caer en la flagelación eterna

y colocarse una corona de espinas…

 

Querida;

 

Ámese toda aquella lágrima

que se hubo desperdigado en el camino;

porque fue cristalizando

y dejando un rastro

que hoy me lleva

a contemplar los universos

guardados en tu mirada.

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