Profeta de nuestra era

Por Mario López Araiza Valencia

Las luces se encienden, las cámaras listas para la transmisión del día. Todo acomodado, la mesa de estar en un extremo con un jarrón de flores de colores neutros, los dos sillones elegantes colocados frente a la concurrencia en el escenario. El piso brillante e impecable, terminando con el fondo que simula el ventanal de una casa y su jardín de mosaico de fotografías. El presentador ya se encuentra en su sitio en uno de los sillones, con el micrófono en una mano y la tarjeta de preguntas en la otra. Prepara la mejor sonrisa, pues la emisión del programa es de las más sintonizadas de la semana, dedicada a un personaje interesante. En el otro asiento, un hombre con aspecto desorientado mira hacia varios lados, incapaz de sonreír con la misma intensidad que su homólogo.

 Se escucha una canción introductoria para animar a los espectadores, que ninguno puede distinguir con claridad debido a los deslumbrantes reflectores. Los aplausos son atronadores sobrepasando las notas musicales, uniéndose después en un coro de exclamaciones alegres al inicio de la cápsula. Al hacerse el silencio, el presentador sabe que es momento de su discurso de recepción. Además de las personas en el estudio, muchos televidentes se encontrarán al pendiente del canal para saber el contenido del día. El sonriente locutor se levanta de su sofá, anunciando con palabras enérgicas:

-Bienvenidos sean a su programa “Horizonte del Siglo XXI”. Esta noche les tenemos preparado algo muy especial. Nos acompaña el señor Ricardo Mena González – el aludido levantó una mano en una tímida señal de saludo-. Supongo que se estarán preguntando: ¿qué hace un hombre aparentemente común y corriente en la edición de personas interesantes?  Estamos a punto de descubrirlo.

Mientras el presentador regresa a su lugar, un miembro del staff se acerca para darle a Ricardo un micrófono para proceder a la entrevista.

-¿Cómo estas, Ricardo? – Comienza el presentador, dándole una palmada amigable en la rodilla para disminuir su nerviosismo – ¿Cómo te sientes al estar en la transmisión de hoy?

El personaje levanta el micrófono, intentando controlar su ansiedad.

-Me siento contento de estar aquí… Con ustedes – pronuncia entrecortadamente, mirando a su interlocutor.

-Gracias por venir, Ricardo. Quisiera comenzar comentándole a nuestra audiencia – se dirige a las cámaras – que nuestro invitado viajó desde el sur del país para poder acompañarnos, ¿qué tal la travesía?

-Agradable, señor – contesta Ricardo, con mayor seguridad –. Bastante confortable.

-Me da gusto saberlo. Son, haciendo memoria, dos horas en avión.

-Así es.

-Valieron la pena, te lo aseguro – el presentador ríe.

Ricardo le corresponde la risa, disminuyendo la tensión.

-Ricardo, nos enteramos de que en tu ciudad natal te llaman “El Profeta de Nuestra Era” – dice el locutor al leer la tarjeta de preguntas – Cuéntanos un poco sobre eso.

-Bueno, cuando era niño, empecé a tener visiones sobre el futuro.

Una ligera exclamación de asombro recorre a los asistentes, las miradas fijas en los dos hombres.

-¡Interesante! ¿Cuál fue tu primera visión?

-Estaba en el patio de la casa de mi tía, jugando – relata el interpelado, cerrando los ojos –. Ella tenía su lavadora en un rincón y varias tinas al lado en las que acumulaba el agua jabonosa que salía después de utilizarla. Con esa agua, regaba las plantas y limpiaba la casa. Ese día, las tinas estaban llenas, habían ido unos primos a comer y durante la tarde jugábamos a las escondidas tapándonos los ojos con un trapo, algo que según nosotros, aumentaba la diversión y dificultad de la captura. Era mi turno de buscar. Estaban en diferentes cuartos, esperando por ser atrapados. Al terminar de contar, me dispuse a buscarlos. Di unos cuantos pasos pero calculé mal hacia donde debía ir, por lo que caí en una de las tinas más profundas. Tengo vagos recuerdos de qué pasó, lo que te puedo confirmar es que me resultaba imposible salir de la tina, me estaba ahogando. Quise gritar, pero nadie me escuchaba. Fue en ese instante que perdí la noción de la realidad. Mi mente se puso en blanco por un lapso de tiempo hasta que vislumbré una fuente en un parque al que nos gustaba ir a pasar los domingos. Alguien estaba acabando con el parque, decían que la fuente ya no tenía agua, que el pozo cercano se había secado. Las acciones parecían transcurrir como en cámara rápida. Quise correr hacia el parque, pero una sacudida me lo impidió. Desperté en casa, asustado. Mi madre corrió a sacarme de la tina justo a tiempo y estuve inconsciente varias horas.

-¿Cuántos años tenías?

-Cinco años.

-Demasiado pequeño – observa el presentador – ¿Qué pasó con la fuente?

-A raíz de la visión, iba constantemente al parque para comprobar que la fuente seguía en buen estado. Hasta que mis temores lo confirmaron, llegó el momento en que el pozo se secó y la fuente dejó de funcionar. Eso ameritó que el terreno se convirtiera en la extensión de una calle pavimentada para conectar dos fraccionamientos. Extinguieron un pequeño pulmón de la ciudad.

-¿Cuáles otras visiones has tenido?

-Algunas positivas, solamente. Hubo otras negativas – Ricardo se muestra apesadumbrado –. La muerte de mi tía en un accidente de auto, por ejemplo. Le dije que ese día evitara salir de la casa. Me ignoró. A la noche siguiente estábamos velándola.

-Lo lamento, Ricardo – dice el locutor compartiendo su tono de voz apagado – Dentro de los eventos positivos, podemos resaltar en el que ayudaste a descubrir un método para la reducción de gases contaminantes de los autos.

-En efecto – contesta el hombre –. Era un día normal en la universidad, iba rumbo a clase, pero me desmayé en la puerta del aula. Pude reconocer un dispositivo que captaba las emisiones de los automóviles, reduciendo su impacto en el ambiente. La voz de una compañera me trajo de vuelta y les informé lo que atestigüé. Me creyeron hasta que se los expliqué varias veces, así que salimos del salón y terminamos formando parte de un equipo multidisciplinario que elaboraría el proyecto piloto.

-Un descubrimiento de gran valor para nuestros días – celebra el presentador, rescatando el carácter positivo.

Las personas en el recinto aplauden al concluir el comentario. El presentador percibe que un acontecimiento clave está por llegar para asombrar aún más a la concurrencia.

-Gracias por compartir tus experiencias con nosotros, Ricardo – menciona –. Ahora quisiera saber si en este instante podías comunicar una visión relacionada conmigo.

Al parecer esta proposición se efectúa de manera inesperada para Ricardo, quien vuelve a ser un manojo de nervios.

-¿Ahora mismo?

-Confiamos en que sea posible, eres el Profeta de Nuestra Era – dice el presentador con un dejo de sarcasmo.

Pasados uno segundos, Ricardo se serena.

-Está bien, lo haré.

-¡Aceptó, señores! Estamos listos.

El hombre cierra los ojos, haciendo gestos de concentración. El mutismo se apodera de la locación.

-¿Puedes ver algo?

-Creo… que sí.

-Queremos saber…

-Veo un paisaje de relieve irregular. Por un lado, una planicie extensa y por el otro, unas pendientes elevadas. En la planicie se localizan una serie de paneles solares captando los rayos de un sol abrasador.  En la punta de las elevaciones, varios aerogeneradores giran con el paso del viento. Aportan energía para esta ciudad, que ya ha dicho adiós a los combustibles derivados de hidrocarburos, en la que hasta los autos son eléctricos y se recargan con la energía que proveen estos recursos.

Ricardo abre los ojos, pudiendo notar la expresión contrariada del presentador.

-Eso… No tiene relevancia para mí.

-Y tampoco es una visión, es una necesidad apremiante, señor – responde el Profeta de Nuestra Era – Así como logramos reducir los gases contaminantes de la combustión de los vehículos, podemos hacer cambios con mayor profundidad en nuestro entorno. Gracias a todos.

Ricardo se levanta de su diván, dejando en completa perplejidad a los presentes mientras sale por un extremo del escenario. Ni un solo vitoreo, ausencia de comentarios, solo permanecen el desconcierto del presentador y la obviedad de las últimas palabras del invitado estelar.

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