La señora

Por Denisse Beltrán Ramírez

La señora vivía sola desde hacía muchos años. No salía de casa a menos que fuese necesario y siempre volvía en un menos de una hora. Le gustaba la oscuridad tibia de sus paredes. Tan acostumbrada estaba a ella que la única luz permitida era el destello azulado de la televisión, que encendía para ver el noticiero lo más bajito posible, porque los sonidos en las noches solitarias adquirían un volumen inquietante. Y una vez que Javier Alatorre daba las buenas noches al público, regresaba el silencio íntimo y seguro, casi palpable. La señora navegaba entonces de una habitación a otra, creyéndose un ser etéreo.
No le importaba pasar semanas sin usar la voz, o no saber el nombre de sus vecinos. No le molestaba haber olvidado el rostro de su último amante o los rostros de sus padres. Solo había un temor constante que perturbaba su sueño de vez en cuando. Y es que sabía que la muerte la sorprendería así, sola, sin nadie siquiera para cerrarle los ojos.
Por lo menos, se dijo una tarde, hubiera tenido un hijo. Ya era tarde para pensar en todo lo que no hizo. Sin embargo conforme crecía su temor crecía el arrepentimiento. A veces cerraba los ojos y trataba de imaginar a un niño corriendo en el patio, a un adolescente azotando la puerta del baño, a un joven estacionándose frente a la casa. Bueno, se volvió a decir otra tarde, si esa mujer Dorotea se imaginaba a su hijo, no tiene nada de malo que yo lo haga.
Con tanto tiempo libre, la señora solo debía sentarse y construir a detalle, de pies a cabeza, al hijo que no necesitaba nombre porque era el único. Cuando llegue el momento, se decía, él sabrá qué hacer.
Por eso no se inquietó en lo absoluto la noche que el hijo regresó a casa, cerca de las doce. La señora lo escuchó entrar por la puerta de atrás y lo encontró de pie en la sala, sumido en la oscuridad que lo acogía amorosamente. No se precipitó a abrazarlo, primero lo llamó con suavidad. Hijo, susurró, hijo…
La invadió una ola de remordimiento en cuanto su hijo se dejó conducir a la cocina y respondía dócilmente a todo: sí, mamá. No es posible, pensaba, que haya olvidado así que de verdad sea madre. Pero lo era. El muchacho se parecía bastante a su padre, quien quiera que haya sido, y era amable y amoroso, aunque torpe.
La señora lo perdonó, por supuesto. Su ausencia fue larga y había mucho que recuperar. Hablaron hasta el amanecer y el hijo le pidió acostarse un rato. Tú también debes descansar, mamá, sugirió el muchacho en medio bostezo.
Buenas noches, hijo, se despidió.
—Hay algo que no entiendo, señora, más bien no entiendo nada.
—Qué quiere que le diga, licenciado, es mi hijo y no puedo denunciarlo.
—Señora, el joven dice que nunca la ha visto, lo denunciaron tratando de vender la mercancía. Se llevó casi todo lo que usted tenía.
Ella apenas se encogió de hombros.
— ¿Y no es eso lo que hacen los hijos, licenciado?

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