Clock

Por Tomás Emilio Sánchez Valdés

Un inmortal de los tantos que existen en los limitados universos, observó absorto la bestial máquina de engranajes y péndulos que lo rodeaba. Era el cielo, era el todo, era una selva sofocante donde en vez de la naturaleza como la conocemos, había solamente metal.

«Sólo permite mi existencia y la de estos caminos» pensó equivocadamente.

Caminó. Torpe e inocente. Veía aquella máquina como algo ingenioso, progresivo, sobrehumano; sólo en lo último estaba acertado.

El aroma del hierro, del cobre y el tóxico plomo culminaban su nariz. Vio la arena, blanca, fina, seca, en su totalidad sin vida, al igual que toda la maquinaria y lo que en ella se encontraba.

«¿Quién me ha dejado aquí?» se dijo. «Sé que alguien me destinó a este sitio, pero no puedo recordar quién, y mucho menos por qué». Nunca sus oídos oyeron la razón, y encajaba (al igual que todo en esa máquina) que no recordara quién había sido, después de todo, los inmortales comunes, rutinarios y vacíos sólo pueden recordar seres por sus rostros.

Continuó avanzando. «CLICK» «CLACK» «CLOCK». Los péndulos al caer movían el monstruoso y complicado mecanismo, cuya utilidad era más que indescifrable. «Demoledor» era la palabra para ese paisaje. Ruidos agudos, y otros inaudibles que erizarían la piel de cualquier ser vivo. Pero él no temía, era sólo una máquina, «A pesar de que esos engranajes tienen la fuerza para exprimir un cuerpo y moler los huesos, mientras me mantenga sobre la arena no me pasará nada. Seguro hay un operario y si él no tiene el miedo de hacerla funcionar, mucho menos yo, —que nada tengo que tocar ni manipular—, tendría que tenerlo de caminar por este sitio».

La arena también era de reloj. Quizás la gravedad no le afectaba, o quizás era la arena del fondo, o mejor aún, ya había caído toda la arena y mientras Él no diera vuelta el reloj, no había qué temer. De todos modos, nada de eso importó o importaba o importaría o importará, porque él no podría negarse al único objetivo y destino de esa máquina divina, que era el suyo propio. Un destino sólo para él.

«¡CLICK!», «¡CLACK!»,«¡CLOCK!». Al escuchar esa atroz sinfonía, el inmortal se planteó que esa máquina debía de tratarse de un reloj, pero no veía las manecillas. «Deben ser inmensas» dijo. «Seguro las 12 están en el cielo y las 6 en el infierno». «¡Colosales!»

Continuó por túneles oscuros, que se iluminaban solo por los reflejos que se daban de una superficie de metal a la otra hasta llegar a ese lugar recóndito y cavernario donde él se hallaba.

«¿Habrá alguna galería?» se preguntó.

Podría decirse que emprendió dicha búsqueda, pero en realidad sólo siguió el único camino que había, ese camino de arena, sólo que ahora sí creía aguardar algo; una sala, una galería.

«Por algún lado podría encontrar un reloj pequeño que diga qué hora es. En el Big Ben hay relojes dentro para que los operarios y visitantes aguarden las campanadas. Además si hay que hacer ajustes, necesitan tener una referencia del grande, del original». De pronto, como si fuese una respuesta al insulto de asegurar que esa máquina podría de requerir en algún momento cualquier tipo de «ajustes», un chorro de vapor salió de entre los engranajes, quemándole la cara, dejando parte de la carne al rojo vivo. Era absurdo suponer que una máquina y más aún una tan inmensa y trágicamente sin errores, podría ofenderse con las palabras de un simple inmortal, que todavía tenía poco más que el conocimiento de los que todavía viven en la Tierra.

«¡Máquina de mierda!» gritó. Luego calló y se arrepintió de haber blasfemado. «Es poco probable, pero puede ser que un operario me esté oyendo» pensó. Pero ese sistema de metal organizado, continuo y eterno, había dejado de tener operarios en cuanto se puso en marcha, en cuanto él llegó; y en consecuencia sólo él se había escuchado gritar; el punto era, en qué oídos y en qué momento se oyó gritar.

«¡Un reloj!» exclamó. Se acercó. «Click-CLICK», «Clack-CLACK», «Clock-CLOCK», su ruido se sincronizaba con el de toda la estructura, sin embargo, al estar frente a él, vio que carecía de agujas. Lo estudió con detenimiento: «Está roto», y en efecto no servía para medir el tiempo. Hacía ruido, pero las piezas del reloj que movían las carentes agujas, se desplazaban hacia adelante y atrás a cada segundo, sin cambiar de sitio, sólo provocando ese ruido aparente que como su propósito bien lo indica «aparentaba» el paso del tiempo.

Continuó camino. Vio que era uno sólo el sendero que había y trató de recordar si acaso había más de un destino que elegir. Pero el destino (y más aún el de uno mismo) es algo que sólo está en manos de los vivos.

«¿Quién me trajo aquí?». No podía recordarlo por más que quisiera, no todavía.

Distraído, maravillado, se acercó a un claro sin salida, observando las paredes metálicas y móviles. Una vez allí despegó su vista de ellas para ver a la distancia a un hombre desnudo, castaño y delgado, de pie cerca de unas aspas girando, largas como brazos, que se oponían unas a otras formando una mortífera salida.

El inmortal se avanzó casi con sigilo. El otro estaba duro, quieto, absorto. No era de sorprender, vio y sintió en su cuerpo el sufrimiento de infinitas muertes, que no dejaban de suceder frente a él una y otra vez.

«CLICK» «CLACK» «CLOCK». Cuando ya estaba a sus espaldas, el otro se dio vuelta sin necesidad de que él llamara y se vieron. El rostro del otro era el suyo. Los dos eran la misma persona. Él era él. Pero «Él» no era exactamente el mismo «él»

Se miró a sí mismo, pálido, con los ojos entrecerrados y húmedos, con la boca abierta y seca. No parecía entender. Fue entonces cuando se dio la media vuelta y corrió desamparado de su cuerpo contra la pared para saltar y despedazarse entre los engranajes hechos aspas.  Las cuchillas sin afilar se hundieron en su cuerpo y todas al unísono dieron una vuelta, convirtiendo sus músculos y huesos  en una misma sustancia blanda y maleable, que se escurrió hasta desaparecer y no dejar ni huella ni sangre, en esa perfecta máquina.

Quedó duro, absorto, como una estatua, trataba de entenderlo, pero no podía. No tuvo oportunidad de hacer algo, de salvarlo. Todo había sido no más que un instante para él, pero en realidad había visto la eternidad en ese instante. La eternidad entera ante sus ojos, y no podía ni imaginar lo terrible que fue y lo terrible que sería.

Rastreaba entre el metal algún signo de la todavía existencia de ese cuerpo, pero no lo había. Ni siquiera una gota de ese líquido que Dios creó en para sustituir a lo que en los mortales es la sangre.

Primero escuchó la profecía; su voz blasfemando a la distancia entre el «clin» y «clan» de los metales. Luego unos pasos ligeros, casi hurtadillas. Y al fin oyó en mudo, sin metal, sin maquinaria andando, el terrible sonido de lo que ojalá pudiera ser la muerte: «CLICK» «CLACK» «CLOCK». Se dio la media vuelta y vio su cara, torpe, inocente y con dudas, luego de estar buscando un reloj, haberlo hallado y ver que no servía como reloj.

Se notó de pronto pálido, con los ojos entrecerrados y húmedos, con la boca abierta y seca. Fue entonces cuando su igual se dio la media vuelta y corrió desamparado de su cuerpo contra la pared para saltar, pero esta vez, más allá de saberlo, lo que él creía su cuerpo, no se movió. Sino que vio desde ambos e infinitos ojos, todas sus destripadoras «muertes» y las sintió como una sola, porque así lo eran. El hierro y el cobre hundiéndose, cada hueso al quebrarse, cada articulación al reventarse, cada infinita vez que su cráneo y esos órganos sin utilidad se exprimían sólo para despedazarlo de mil maneras.

Fue entonces y fue siempre, cuando vio con todos sus ojos, el reloj sin agujas, los caminos de arena, su castigo, y las aspas limpias y las aspas se hundiéndose en el sustito de carnes que rodeaban su cuerpo. Fue entonces y fue siempre que su cráneo y huesos se partieron una y otra vez. Fue entonces y fue siempre que él entendió que tanto en el cielo como en el infierno no hay tiempo ni carne, que sólo queda dolor. Fue entonces y fue siempre que imaginó que si estaba en un reloj, las 12 y el 6 iban de un límite de su infierno al otro.  Fue entonces que entendió que él era sólo una parte más de aquella divina y propia máquina de tortura, que se movía hacia delante y hacia atrás y que había sido Dios quien allí lo había dejado, y que jamás podría responder la pregunta, que entre las lágrimas lloraría si pudiera: «¡¿POR QUÉ?!».

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