Sobre el sentimiento de estar de la matrix.

Por Elías Fco. Barrón

Pensar poéticamente es un acto natural que todos desarrollamos desde que comenzamos a tener la necesidad de pensar al mundo a través de la retórica infantil, es decir, la prosopopeya. Dar vida a una muñeca de trapo, a una muñeca de Hasbro o a un oso de peluche, transfigurar los semas adultos para hacer de una vara de madera un arma de fuego o una espada samurái. Siempre hemos de atribuir a las cosas, características que van más allá de lo que en stricto sensu tienen. Y de esta poetización de la realidad nacen las mitificaciones tanto buenas como malas: a nuestros padres, a la sociedad, al arte, la ciencia, pero principalmente a nosotros mismos. Y de estos mitos nace toda nuestra cosmovisión impresa, fotografiada o reproducida en todo medio de comunicación.

            En ello siempre pienso cada vez que leo a una obra literaria: ¿Qué tanto Elizondo se ha friccionado en su yo cotidiano? ¿Hasta que punto podemos aplicar el ejemplar cronopio cortaziano a la vida cotidiana?

            Reflexionar la ficción misma lleva inevitablemente a reflexionar sobre la realidad pues ¿no es la realidad uno más de nuestros mitos? Científicamente podría estar comprobado ― siendo la ciencia la ficción de autoridad por excelencia. ―

            Por ejemplo, hoy, como todos los días, me levanté de mi cama para ir a trabajar, no sin antes encender mi computador o mi móvil y ver un vídeo de YouTube mientras desayuno, hoy particularmente vi uno sobre el tema de la realidad, publicado en el canal de Vsauce ― porque adoro los canales de ciencia. ―  y me sorprendí de que, hoy por hoy, las ciencias naturales dejan de lado la soberbia positivista y admiten los desaciertos en su metodologíaue sólo da aproximaciones comprobables de lo que hemos pactado es lo real, pero nunca podremos llegar a una objetivación de los hechos por medio de un método que dependa de nuestros juicios a priori.

            Si consideramos que la realidad está constituida por lenguaje entonces la ciencia estaría, como la poesía lo está para platón, tres veces alejada de la realidad, pues no es más que una ficción que imita a lo que nosotros damos existencia por medio del lenguaje y nuestros sentidos, sentidos que al mismo tiempo nos dan una simple representación de los objetos, sentidos que naturalmente son limitados y todo cuanto sea artificialmente creado por nuestra naturaleza será limitado. A pesar de los avances tecnológicos, siempre existirán elementos del universo que jamás podremos presenciar. Estamos atrapados en la burbuja de nuestra propia humanidad.

            Para quienes ven en la literatura una forma diferente de recrear el conocimiento, el mundo contemporáneo les pueda parecer fácil de reconocer en una simple novela. Recordemos aquella fecha cuando Trumpegó a ocupar el cargo máximo del gobierno estadounidense, la histeria colectiva que este hecho provocó en Hispanoamérica fue de tal magnitud que muchas calamidades se profetizaron para los años venideros y una de las múltiples consecuencias de ello fue el agotamiento en las librerías de la obra 1984, novela en la muchos buscaron refugio al igual que un fanático religioso leyendo pasajes del Armagedón cada vez que siente venir el fin de los tiempos. O la siempre presente mirada de la hipermodernidad sostenida sobre la cara feliz del capitalismo, la publicidad, la cuál siempre nos remite a un Mundo Feliz.

            Nuestro miedo al mundo inmediato nos hace refugiarnos en el arte. El miedo a la ciudad, el miedo a la gente, el miedo a mi mismo y el miedo a lo que esté por venir. No por nada, actualmente nos sentimos identificados con los poemas de Baudelaire, la prosa de Dostoievski o con la vida del estimado señor K quien encarna nuestro terror moderno. Y es por nuestro terror constante que existen obras de ciencia ficción que nos advierten y sermonean sobre las consecuencias de nuestros actos presentes, al mismo tiempo que dejan en claro la lucha moral de nuestra sociedad occidental.

La ciencia ficción, lejos de ser un escape hacia el futuro, en realidad es una ensimismación del presente. La forma de pensar, la moda, el léxico y los prejuicios de un determinado tiempo histórico están en bandeja de neutrones servida por una androide esclava sexual de alguna película de Hollywood. Esto prueba nuestro encadenamiento ideológico y que, por más que lo intentemos, jamás podremos crear mundos nuevos. La obra más grande de ficción ya se ha escrito en el momento en que comenzaste a empezar, creaste los personajes de tu mundo y al mundo mismo, y a su vez eres un personaje en una obra aún más grande construida por quienes estuvieron antes de ti. Entidades que siempre confiaron en su existencia sin nunca saber realmente de la veracidad de la misma.

 A las alturas de tu vida no has hecho en realidad nada relevante, ni has descubierto nada, ni adquirido ningún tipo de conocimiento. Aún mismo niño jugando a ser Superman, maximizando y minimizando las cosas según el placer de tu cerebro.

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