LA NOCHE TOTAL

Por Ramón Domínguez Villalobos

Cuando la noche total cayó sobre la tierra, las plantas fueron las primeras en sufrir su presencia. Ahora, a todas horas, los árboles en vez de producir oxígeno, expelían dióxido de carbono. A los pocos días de oscuridad era ya imposible respirar. Sin medios de comunicación era imposible saber qué había sucedido y por mi mente toda clase de teorías tomaban lugar: una invasión, la guerra nuclear, el tardío apocalipsis… En la ciudad no superábamos los mil habitantes. Tal vez ahora seamos menos. Algunos decidieron el suicidio como la vía más eficaz para no caer en la locura. Mis padres no estaban. Llevaban dos semanas en viaje de aniversario de bodas cuando sucedió la noche total. Mi gata se perdió entre maullidos desde los primeros minutos de la oscuridad. Se escuchaba una paz corrupta. Yo me divertía con la idea de que mis lecturas de Hernán Cortés y Marco Polo me había preparado para esta catástrofe. Así que con la poca luz que aún emanaba de mi linterna, dispuse en una mochila algunas cosas que me sirvieran para sobrevivir. Viajaría, primero, a un lugar donde hubiera comida. No supe la hora de mi salida, ni me preocupé en cerrar la puerta. Lo único que tal vez no había cambiado era la posición de las estrellas. Así que como entendí me dirigí hacia el norte. Al salir de la ciudad ya había pasado revistaor carros incendiados y casas asaltadas. Todo era un caos. Después de horas de una hipnótica caminata que me dejó los pies destrozados encontré una estación de policía. Las ventanas estaban tapiadas con maderas. Sin luces artificiales ni señales de vida, me animé a entrar.

—Un paso más y disparo, dijo alguien en una dirección que no logré identificar.

—Solo necesito ayuda, fingí una voz quebrada que conmoviera al anónimo interlocutor.

—Aquí no la encontrarás.

—Sólo quiero entender… dije.

El sonido de un percutor atravesó todo el lugar; iba en serio, me dispararía. Levanté las manos en señal de paz y seguí mis pasos caminando hacia atrás. Cuando ya estaba sobre la carretera corrí lo más que pude, a pesar del dolor de mis pies, a pesar de no saber bien a dónde iba.

Cuando me cansé, me senté en la orilla de la carretera sobre unas duras piedras. Un charco de agua sucia me sirvió de fuente para beber. Con asco, sorbí el agua llena de tierra y cosas que no quiero relatar. Bebí. Con mi mochila en la cabeza, dormí.

Y soñé.

El cuarto de mando tenía los botones averiados. El general había sido claro con su orden: atacar. El presidente se encontraba resguardado en uno de los muchos búnkeres que habían sido construidos en los años cincuenta para tal efecto. Nadie, salvo un puñado de personas conocían la verdadera ubicación. Por qué estaba aquí es una de las cosas que tenía que contar, y para eso hacía falta regresar al pasado: “Gracias al Papa Pío —quien fue asesinado— se descubrió que los extraterrestres habían tenido contacto con la tierra desde hacía decenas de años. Esa verdad le costó la vida. Pues en las altas cúpulas de la iglesia era un error y una afrenta que pusiera en entredicho la existencia de Dios. Si él había creado al hombre, también habría creado a los extraterrestres… y aquella piel verde parda, aquellos ojos luminosos y enormes, hacían dudar de su creación. Pronto todos los ejércitos del mundo preparaban oficinas y tropas especiales para una posible lucha contra los extraterrestres. Ahí entré yo, al salir de la universidad. Reclutado por uno de mis profesores, fue fácil el ingreso a la Academia donde aprendí desde lucha cuerpo a cuerpo hasta estrategia militar interestelar. Lo demás es historia, ahora lo que importaba era librar la pelea en el territorio nacional en contra de los extraterrestres que ya peleaban a nivel de tierra.” Las cuadrillas avanzaban por todos los flancos. El asedio de las naves había hecho una oscuridad total en la tierra. No existía una sola luz natural en todo el globo. Las aves volvían loco a todo mundo con su piar. Las grandes ciudades fueron las primeras en caer en manos del enemigo. Las más pequeñas estaban a horas de ser consumidas por los extraterrestres. El ejército no se daba abasto contra la lucha. La artillería de latón, níquel y plomo parecía no herir la piel de los extraterrestres. Solo un disparo directo al ojo podría derribarlos. Para tal efecto, los escuadrones de francotiradores eran necesarios. La puerta del cuarto de mando explotó matando a uno de los cadetes que la resguardaba. ¿Cómo habían encontrado nuestra ubicación? Saqué mi glock calibre .44 y apunté al ojo derecho del alienígena. Cayó al instante. Atrás de él una multitud de seres alargados le seguía. “Meyday, meyday” grité por el radio. No soportaba la idea de que ellos me vencieran. Puse el cañón de mi arma en mi boca y jalé el gatillo.

Desperté tarde pues mi alarma no sonó. La casa estaba sola, mi gata se acurrucaba en mis pies. Mis padres llevaban dos semanas en viaje de aniversario de bodas. La luz del sol se filtraba por las ventanas abiertas. Fui al baño. Recordé la fecha. Tenía que entregar un cuento de ciencia ficción para la revista donde colaboro. Abrí mi ordenador y me dispuse a escribir. Pero no podía. Luego de varias tazas de café, una idea se apoderó de mí. Extraterrestres atacaban la tierra y un joven decidía irse de su casa, a oscuras, para buscar un lugar más seguro para sobrevivir. Sí. Eso era. El cuento se llamaría “La noche total”. Alcé a mi gata para celebrar mi idea. Abrí un documento en blanco y puse “La noche total”. Al dar clic en la tecla de enter, la luz se fue. Un estruendo se escuchó en todo el barrio. El sol se apagó. No supe qué había pasado. Solo los maullidos de la gata cada vez más lejanos se escucharon…

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