TÉCNICA DE MATERIALES

Por Roberto Molotla 

UNO

―Muélelos bien, Salvador, déjalos como un polvo fino.

―Maestro, es muy duro el hueso, por más que lo presiono con la piedra no quiere tronar.

―Si serás… ¡Hazte a un lado! Hazlo así, Salvador. Por eso se queman, para suavizarlos. Entre más quemado esté el hueso, más rápido se rompe.

I

Era una noche común, pero Salvador tenía planes no tan comunes que realizar. Era casi media noche. En el automóvil de Salvador el calor corporal opacaba el parabrisas. La sensación de claustrofobia no menguaba dentro de la cabina con el motor aún tibio.

Estaba lloviendo, era raro por la época del año. Desfilaba una tropa de nubes oscuras por el cielo; miles de soldados húmedos arremetían contra del áspero cemento de la banqueta y el negro del asfalto. Los guerreros de agua no daban tregua a su ataque, y menos, al ocurrente viajero que aguardaba seco dentro de su automóvil.

De repente el espejo del retrovisor se comenzó a alterar, era la hora indicada, tenía que bajar y buscar ese algo que sólo se daba bajo la lluvia. Se enfundó en un impermeable amarillo y con botas de hule piso las húmedas calles que le daban la bienvenida.

Comenzó su búsqueda por las calles de la ciudad, necesitaba de la materia prima para confeccionar su más grande obra maestra. No era nada rico caminar bajo una lluvia tan mordelona y menos cuando ésta se metía entre las comisuras de los ojos de Salvador provocándole un ardor.

DOS

―Mira, Salvador, entre más densa sea la preparación de los pigmentos, los colores se fijarán mucho más puros y con eso esta obra en verdad respirará.

―Oiga, maestro, el bastidor no se queda quieto, como que quiere volar y no lo puedo mantener en el caballete.

―Pues rómpele las ilusiones, dile que jamás volverá a su casa y que aquí se quedará.

―Ya lo intenté maestro y no logré nada.

―Bueno, entonces mira: amarra el bastidor al caballete, y el caballete clávalo en el suelo. Todavía tienes que curtir la piel con el que lo vas a entelar. No te puedes dar el gusto de que se te escape. Ve curtiendo la piel y luego prepara la imprimatura.

II

A Salvador sólo le quedaba caminar entre cuadra y cuadra buscando los materiales que necesitaba. Esos materiales eran de época pues sólo aparecían en tormentas extrañas.

Cuando la lluvia alborotaba los espejos era señal de que aparecerían. Las grietas de las baldosas de la plancha filtraban agua a la tierra estéril, Salvador ni en cuenta de lo que a sus pies pasaba, le importaba llegar al punto de la aparición.

Caminó de frente sintiendo la frialdad del agua en sus pies, sus manos se engarrotaban con el tembleque de sus músculos y su espalda le ardía por la humedad que le calaba en el impermeable. Llevaba un espejo en su pantalón y éste se alteró frente a la catedral. Se quedó esperando. Volteó a la diestra, luego a la siniestra, buscaba…

En una esquina vio algo.

TRES

―Salvador, sostén fuerte ese marco, que no se te zafe para nada, debe quedar tensa la vitela o quedará aguado el lienzo, se echará a perder… ¿Dónde dejaste los punzones de hueso?

―Están a la derecha maestro… es muy fuerte el bastidor, no se quiere dejar.

―Sostenlo un rato, en cuanto le pongas la vitela y le claves los punzones se tranquilizará.

―Oiga ¿No se supone que no debería gritar si no tiene boca?

―¿Pues qué esperabas? el dolor en cualquiera de sus formas se deja escuchar.

III

Salvador se acercó a una extraña sombra, ésta poco a poco tomaba forma humana.  Era una mujer de todos, una mujer de nadie. Bajo una sombrilla la delicada figura pluvial de la dama le roció un inimaginable aroma de flores a Salvador. Antes de que éste pudiera preguntarle su tarifa ella le dio una sonrisa; con eso le proporcionó su precio, no le resultaría barata la pugna sexual. No era para menos, ese tipo de mujeres no se encontraban todos los días, pues con su pálida piel que engalanaba la noche demostraba su hermosura sin igual.

A otra persona le hubiera parecido una niña, a otros un exótico presente que conservar como trofeo, pero para los ojos de Salvador, que sabía que el arte de observar es contemplar donde sólo los otros pueden mirar, vio en ella la gracia de lo que era ser una sórdida belleza bajo una extraña lluvia demencial.

La mano morena de Salvador contrastó con la blancura casi infantil de la mujer, la sostuvo suavemente y supo que era lo que necesitaba. La llevó en su carro hasta su casa.

CUATRO

―Ya está lista la cola para la imprimatura maestro, el blanco de aura ya lo preparé también.

―Pues que esperas, mézclalos… Oye ¿Cuándo herviste las manos y los pies te fijaste de quitarles las uñas? Acuérdate Salvador que esas cosas sirven también.

―Maestro, seguí al pie de la letra sus instrucciones: Para poder hacer una base óptima, hierve las extremidades y cuélalas. Deja secar el agua hasta que cristalice; al final, agrega un poco de aura blanca molida para hacer la imprimatura que cubrirá el lienzo.

―Muy bien ¿pues qué esperas? usa la brocha de pelo de seda para aplicarla.

 

IV

Los truenos se ahogaron en el manto acuático del oscuro cielo;  la casa de Salvador no quedaba a menos de treinta minutos del Zócalo. Cuando bajaron del auto la sombrilla de ella apenas le cubría su gran altura de él, a pesar de que él llevaba un impermeable a ella le agradaba ser amable con su cliente-anfitrión.

Cuando se paró justo en frente de la puerta pintada de rojo por el óxido fugaz, Salvador hurgó en la bolsa de su chamarra, buscaba las llaves que se escondían entre los pliegues.

Nuevamente el aroma a flores le llegó; a ella la alcanzó un perfume fuerte y viril de sudor masculino. Cuando dio con las llaves fue que la vio directamente a la cara. No se había dado cuenta que sus ojos tenían pupilas purpuras y sanguíneas, esa era la marca de los extraños.

CINCO

―Salvador ¿Ya terminaste con el mortero? quiero que tritures bien los pigmentos que sacamos de los colores de las alas.

―Ya, maestro, el negro ya lo dejé en su respectivo frasco.

―Bueno, y el aceite ¿dónde está?

―Arriba del estante.

―¿Te aseguraste de excitarlo y torturarlo bien para que exudara bastante?

―En el mes que estuvo conmigo logré sacarle una cantidad considerable ¿alcanzara?

―Puede que sobre.

V

En el inmenso abismo de eternidad las miradas de ambos dejaban ver su alma. Todo ocurrió antes de ingresar a la casa. Aún no habían entrado cuando pequeños destellos de electricidad les corrieron por sus cerebros, hacían que ese momento rompiera la lógica temporal de la materia. No era amor, les transpiraba lujuria.

Su raíz de Salvador se endureció por el momento sediento en el que se encontraba. A ella, la laguna de su monte dio nacimiento a un rio viscoso en el depilado bosque. Uno anheló, la otra le ofreció. Sus cuerpos deseaban transmutarse en un abrazo bélico de caricias, besos y rasguños mutuos. El sabor de sus pieles se quería probar con la lengua y las manos. El breve nirvana de unos segundos clamaba por salir, estaba a punto de emerger súbitamente por la espina dorsal de la fugaz presencia y, quizás, un espeso líquido blancuzco y de olor peculiar podría fecundar la boca hambrienta de Salvador. Tal vez unos breves pechos podrían ser lamidos con el jugueteo de la lengua de Salvador.

 

SEIS

―Mete una pajilla en el aceite, Salvador, ponle el dedo en la punta y saca un poco en este vidrio.

―¿Así?

―Sí, ahora con una espátula toma el pigmento que sientas que vas a utilizar. Acuérdate de no desperdiciar, este tipo de materiales no se dan todos días.

―Como si no lo supiera…

―Ahora toma uno de los pínceles finos que hicimos con el cabello de seda. En el dibujo que bocetaste con la cenizas de hueso sigue la línea con forme a la forma. Recuerda que le tienes que dar el efecto óptico de vida.

―¿Así?

―Sí, así.

 

 

VI

Ella tomó las manos de Salvador. Le dijo que eran muy hermosas, que esas manos eran de un artista, que él era creador de luz; que era  Dios y hacia sus hijos a su imagen y semejanza.

No le contestó nada.

Apretó fuerte sus manos de ella y la condujo adentro de su casa. La besó y conforme se dirigían a su cuarto la desnudó tanto de cuerpo como de esperanza.

No era un cuarto donde se podrían erotizar mutuamente, no…

Era más que eso.

SIETE

―Azul, Salvador, azul; eso te dará una sensación de vibración en los colores. El frio lo sentirás en el cuadro.

―Está vaporizando mi boca, ya siento el descenso de la temperatura.

―Vamos bien, tu línea de horizonte compénsala o se te desproporcionará el cuadro.

―Maestro, atrás de el árbol que acabo de pintar pasó alguien corriendo.

―No le prestes atención, eso quiere decir que ya están comenzando a mezclarse los materiales.

―¿Cómo ve la luna?

―Muy opaca, no parece luna, parece una mariposa blanca que aplastaste. Que no te dé pereza, usa todo el brazo, no nada más uses la muñeca; un buen pintor pinta con todo su cuerpo y todos sus sentidos.

VII

El cuarto era un estudio de pintor, Salvador usaba los más extraños materiales para conseguir lo que deseaba en sus obras, desde la bilis de alebrijes para que no se cayeran los colores, hasta escamas de cola de sirena. Con éstas últimas creaba estatuas vivientes de cristal.

Pero había algo que él aún no había podido lograr, no había conseguido hacer que sus pinturas fuesen inmortales.

Muy pocos pintores habían logrado lo que él anhelaba apasionadamente, ser eterno por una obra; no obstante, su maestro conocía una receta para lograr lo que más deseaba.

OCHO

―Maestro, ya casi terminé, mire, el toque final.

―¿Estás seguro de que ya?

―Sí, ya terminé por fin.

―Pues fírmalo.

―… ¿Qué pasará ahora?

―Ahora es momento de decirnos adiós, Salvador, ya es tiempo de que seas inmortal; entra en el cuadro y vive para siempre.

―Maestro…

―Sí

―Adiós, ya puede regresar al inframundo.

VIII

Salvador tomó al ángel marchito de los cabellos de seda. Las lágrimas de los expulsados del paraíso eran la lluvia que caía. En ese momento Salvador arrastró al ángel hasta una mesa especial y lo amarró con cadenas.  Lo torturó por un mes hasta matarla, sólo así pudo utilizar cada parte de ese cuerpo corrupto por el hambre, la peste, la muerte natural y la necesidad por el perdón del padre celestial.

Da Vinci, Dalí, Rivera e inclusive Remedios Varo lo habían logrado; aprisionaron un ángel y lo desarmaron aprovechando cada parte de su cuerpo para construir exquisitas pinturas. La única condición era que ellos vivirían por siempre dentro de sus lienzos; su misma vida daría alma a sus obras y sólo los grandes muertos sabían el secreto.

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