Sin azúcar

Por Carlos Andrés Ramírez González

I

Los cafetales habían perdido su olor. Ahora el ambiente estaba impregnado del penetrante olor a plomo y pólvora que se mezclaban con la suavidad de un paisaje que ya nadie visitaba. Desde el inicio del conflicto nadie podía dar razón por los cultivos de café que uno a uno empezaban a morir  sin nadie que los llorara y mucho menos alguien que informara de su desaparición. Es allí, en esas tierras agrestes y cálidas, que por fin Gamarra y Cardozo se sentaron a darle la cara al futuro, a decidir qué hacer con los cafetales.

Gamarra había crecido en esa tierra como cualquier otro campesino de raza y de temple. Aprendió a utilizar el azadón primero que el lápiz y al poco tiempo de heredar una gran hacienda ya era reconocido por su corpulencia y éxito con las mujeres. Intentó ser parte del ejército, pero fue rechazado por su temperamento claramente subido de tono y su necesidad natural de trabajar hasta límites en los cuales otros hubieran muerto de físico cansancio. Llegó a ser conocido como el “Señor del Café”, título bien ganado al convertirse, apenas a los 35, en el mayor terrateniente, dicharachero, parrandero y mujeriego de la zona. Con los años, sin embargo, se hizo tan poderoso que compitió con el Estado por el control territorial y los derechos absolutos en términos fiscales de la región. Organizó a varios de sus peones, los armó hasta los dientes, les dio una buena cena y los despacho directamente a pueblo que con ansias esperaba el color oscuro y rojizo que venía del café, pero que no era café. En esas correrías conoció al General Cardozo. Hijo menor de una de las familias más importantes de la capital; débil, pálido, con frecuentes problemas de salud, fracasado en casi todas sus empresas y con un manía recurrente por organizar pleitos que siempre terminaba perdiendo. Gracias a su padre, héroe de la patria, logró llegar a ser uno de los generales del ejército al cual siempre encargaban de las tareas más deshonrosas junto con sus soldados: limpiar las letrinas luego de las prácticas de tiro, limpiar las armas que ya ni los más antiguos reclutas se molestaban en usar, traer y llevar la comida de los superiores no sin antes probarla por ellos y endulzar el café todas las mañanas para que los centinelas no sucumbieran a la debacle del sueño. Era de esperar su enorme sorpresa cuando por los ires y venires del destino lo enviaron a una región apartada de la geografía a controlar a un tal Gamarra, Señor del Café.

II

Por años Cardozo y Gamarra se enfrentaron al calor de los caldos de gallina y los consejos siempre pertinentes de las matronas y los gamonales. Después de dos años de batallas reales y de mentiras, de engaños y tetras ambos decidieron sentarse a negociar una paz justa y necesaria para los pobladores de la región. Ambos llegaron el día asignado con mucha calma; Cardozo soltó un suspiro al ver la musculatura de Gamarra, mientras este ataba su caballo en la entrada de la hacienda “El Encanto” una zona neutral para el encuentro. Rodeados de burgomaestres y gente curiosa empezaron las discusiones para llegar a un acuerdo que principalmente trató de burros robados, plátanos arruinados, perros desencantados, haciendas a medio hacer, cafetales pendientes, falta de azúcar, corrupción de las parteras mayores, escases de guineos, abundancia de sal, ovejas con poca lana, caballos con demasiadas herraduras, mujeres liberadas, hombres perezosos, hijos sin sexo y todo un documento de quejas inútiles respecto del clima y las cada vez más altas montañas.

Cardozo, a pesar de su evidente debilidad física, uso su recurrente ingenio y humildad para controlar los diálogos a su favor. Gamarra cada tanto tenía que reacomodarse en su silla de mimbre que se hacía resbalosa e incómoda por el sudor que emanaba de él mismo, en parte por el clima y en parte por sus nervios. Varias veces los diálogos fueron interrumpidos por estrepitosas balaceras entre los hombres de una y otra parte que siempre terminaban con uno dos campesinos o militares muertos y sacados a empujones por las puertas en forma de arco de la Hacienda.  Gamarra golpeaba la mesa central cada vez que Cardozo proponía un descanso que se hacía necesario debido al sol de mediodía mientras tomaban jarras y jarras de café con hielo que preparaban los campesinos y que Cardozo prefirió no recibir. Todo parecía perdido hasta que un asistente, chaparro y de ropa elegante, dio una ingeniosa idea que al final terminó llevando a la firma del acuerdo definitivo. Al hombre le metieron un balazo en la cabeza mientras la pluma seguía aún húmeda, mientras que Gamarra y Cardozo salían de la hacienda y eran vitoreados por parte y parte del público.

III

El jolgorio se armó en el pueblo apenas se supo de las buenas nuevas. La pólvora de buen olor sembró la felicidad en toda la población mientras en manada y a las carreras, se acercaban a la plaza central a contemplar los nuevos próceres de la prosperidad. Se mataron chivos y cerdos que fueron servidos a toda la concurrencia mientras que a sorbos se extinguía el poco café que había dejado la guerra. Cardozo y Gamarra llegaron a la media noche en dos caballos gemelos que habían sido parte del botín de batalla en tiempos pasados. Recibieron la bendición del viejo párroco y declararon la llegada de una nueva época de paz acompañada de tierras y tierras de nuevos cafetales. La gente lloró de felicidad, dicha y encanto al ver lo bienaventurado de su destino. Gamarra y Cardozo miraron el público, miraron a las autoridades y se vieron a sí mismos mientras con una risa cómplice reconocían que el pacto sólo tenía un punto: el café, las tierras, las mulas, las ovejas, las haciendas, las balas, la comida, la gente, los párrocos, los pueblos y la vida ahora eran propiedad de dos personas.

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