EL ERIAL

Por Patricia Alejandra Peña Vázquez

EL ERIAL

I

La muerte del ternero

Hacia tanto calor que la tierra era un erial, en las manos los terrones resecos se desmoronaban al golpearlos unos con otros.

La vaca apenas andaba, con las chiches flácidas, alargadas, agrietadas y secas. Un día cualquiera tras dar tres pasos cayó de costado, mugiendo de sed, tal vez de preocupación por su ternero huérfano.

Los maicitos quedaron atados a la tierra, hechos cañas fósiles, dobladas por el peso de la muerte en forma de sol potente. ¿Quién dice que las plantitas no sienten?

Después el buey, que lamia con lástima la sal en la coyunda, empezó a salivar y bramar con furia cansada lo mismo que sus pasos, gimoteaba desesperado… Nomás el ternero, ahí en el rincón jadeaba y jugaba con su cola a matar las moscas, mientras sus enormes ojos dulzones miraban sin malicia pal llano agreste. Pero, los niños chillaban también. No había agua, así que el Tata Grande, tomo su puñal y así nomás le cortó el cuello, no tuvo tiempo de un nuevo resuello. Pa’ que los niños tomaran su sangre. Ansina jué, así mesmo: Mataron al ternero.

II

La ceniza

Contra el sol radiante las aves surcan el Cielo, con viento leve y fogoso los animales están pastando (Mi hijo ha muerto). Es hora de poner las tortillas en el comal, pasan niños corriendo porque un chubasco sorpresivo llegó recio y las gallinas cocoreando atraviesan el patio con las alas abiertas y corriendo (Mi hijo ha muerto).

Nació un niño, se llamará Fidelio. Las campanas llaman a misa, los hombres llegan de la labor, muchachas con su rebozo van tapándose la sonrisa, mientras los muchachos nomás hablan entre ellos (Mi hijo ha muerto).

Llegó el día de la cosecha: Habrá frijol, calabazas, maíz y chiles para acallar el hambre. El metate no para y hay que ir a mercar las ceras, las flores, las hojas de tamal, el chocolate, se aproxima el día de muertos (Mi hijo no está, también me lo murieron).

Junto al fogón, tomo un puño de ceniza, nomás lo aprieto, Algo muy dentro, tan dentro que tengo, que nomás es mío, me repite incesante: Mi hijo ha muerto… Mi hijo… Muerto.

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