LA OTRA FRONTERA DE LA BESTIA

Por Alí Rendón

Soy más que un vigilante del estacionamiento junto a la vía ferroviaria: conozco de fronteras. Sé cómo cruzarlas gracias al Chamuco: el gato que se mete a los autos y se traga las migajas de los asientos. También aprendí de La Bestia: el tren.

En Celaya conocí hombres y mujeres que escalaban ese rascacielos horizontal de la Kansas City Southern que sube hasta el Norte, como Pablo López, el guatemalteco que juró que el tren era la llave del sueño americano.

          Pero López regresó con el roce agravado de un corazón de bala.

 Los Zetas, hermano, dijo cuando bajó del tren. Los Zetas.

          ¡Debí de ayudarlo antes a salvar la frontera! Intenté distraerlo hablándole de las mañas del Chamuco. López se agitó.

Dijo agonizante: Se me ocurre una mejor idea, hermano…

Lo último en morírsele fue la sonrisa, pero sus ojos reflejaron unas yardas descomunales del color del dólar; trabajo infinito para los jardineros de América.

Subo a La Bestia. Llevo al gato Chamuco y las cosas de López. La gente lo sabrá: lo mató la migra pero cruzó de ilegal al cielo.

Mi sonrisa se ensucia atravesando la frontera. Por fin le digo al Chamuco: Bienvenido a Guatemala.

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