Chiles rellenos de Unáired States.

Por Elías Barrón Conejo

“Cotorreamos sobre cualquier tema. Yo los manejo todos: política, deportes, la canción de moda, lo que sea. Hasta que ella pregunta «¿Cómo le haces pa saber tanto?» y le digo «Pos leyendo mija». Y las morras se alucinan con todo ese rollo. Como no conocen a raza que lea mucho, pues suponen que soy muy brillante, geniecillo; como si leer te hiciera inteligente, juar juar, de yoks on dem.”

Se dice que cuando una lengua llega a su periodo de maduración, llega entonces el momento de hacer con ella grandes obras literarias.

Nuestra lengua española, al ser hablada en una considerable cantidad de países con sus respectivas e innumerables regiones, ha tomado rumbos distintos de maduración como un árbol que extiende sus ramas para dar diversa variedad de frutos. Literaturas mexicanas hay muchas y cada una se lee acorde a los códigos lingüísticos que imperen en la determinada región donde fueron escritas, de allí que muchos críticos ponen en tela de juicio la existencia de cierto tipo de propuestas escandalosas y sobre géneros literarios tan atrevidos como lo es la Literatura del Norte. En el centro del país, particularmente en la zona del bajío desde donde escribo, ha existido cierto prejuicio (en persona, poco se informan) sobre este género al ser tachado y discriminado como simple narcoliteratura, narcotelenovelas convertidas en obras literarias con el fin de convertirse en best sellers.

Nada más alejado de la realidad y en este artículo voy a demostrarlo. Hablaré entonces de una serie de escritos que a mi parecer son prueba de que con un léxico vulgar y mundano de los barrios bajos de México se puede hacer poesía, así mismo, se le hará ver al lector que la así llamada Literatura del norte no es pura ficcionalización de los narcotraficantes.

Les presento entonces a “Historia de la calle sexta” de Luis Humberto Crosthwaite, un libro de relatos que son narrados por un anónimo quien vive en un indeterminado lugar al que denomina “La Calle Sexta. El narrador nos sumerge por un viaje entre los lugares más frecuentados de su querida calle, nos dice la particularidad de los días en ese sito, la gente que llega y las damas que conquista haciendo uso de su culta personalidad. El personaje relator se presenta como un Don Juan norteño, a excepción de que casi nunca puede engatusar a una “morrita” y cuando lo logra, en la efímera relación de una noche, existe un pacto de engaños y malicia entre ambos, transformando la figura del Don Juan en un Don Pancho.

Como ya mencioné, la historia se ambienta en algún lugar impreciso del norte, lo sabemos por el tipo de lenguaje utiliza la voz narradora: «Guasumara, beibi, du yu fil laik ay du?»; «Yo no soy como cualquier imbécil que se la pasa guachando beibis, nel, soy un imbécil especial, al tiro. ¿Me entiendes? Ya recorrí el mundo, ya nadie me cuenta lo que es bueno y es malo». Además de préstamos lingüísticos como el verbo guachar (o wachar), notamos en el narrador un inglés simulado, mismo que utiliza para describir el sutil proceso de conquistar “gringuitas”.

 Además de la construcción del discurso, otra referencia a las ciudades del norte es la descripción de la convivencia entre norteamericanos y mexicanos, que hace del relato una mezcla de escenarios y situaciones que se juntan en una gama de colores heterogéneos:

Miras a toda la gente […] los cabellos lacios, chinos, ondulados, rubios, oscuros, verdes y azules, la piel morena, la piel blanca, negra, los ceños fruncidos, las carcajadas sonoras, los cuerpos flexibles, las sillas de ruedas, pásele, pásele, aquí hay paso para los encantadores y enfadosos, para los saludables y los moribundos […] costales de droga y dólares, billetes verdes deslizándose entrepiernas, atrapados en pantaletas y calzoncillos y música…

La convivencia entre ambas nacionales a veces parece ser tan fructífera que da paso a una realidad que permite engendrar personajes tan coloridos y exóticos como nuestra cultura es para nuestro vecino rico. En estos espacios puede aparecer, por ejemplo, un “Yunior”: Un tal Johnny que estudia en San Diego y pasa los fines de semana en Tijuana en donde presume su poderío político importado. Algunas veces la combinación de relaciones gringo-mexicanas no resultan tan bien y eso puede notarse en el narrador quien manifiesta cierto toque de xenofobia y nacionalismo: «Mi patrón, ese güey sí es gringo, para que veas, a pein in da faquin as.»; «Las morras gringas me ignoran como princesitas […] Así que mejor me dedico a las mexicanitas que son más corazón menudo, chuleta y, sobre todo, teik not, mi extraordinaria debilidad en el universo.»

De vez en cuando, en los diálogos, el narrador nos da una muestra de su basta cultura, tanto de pícaro dicharachero como de poeta de oficio. A lo largo del libro, vemos, en lugares poco convencionales reflexiones disfrazadas de charlas domingueras sobre filosofía y el que hacer poético: «La poesía no se va, beibi, es un tatuaje en el cerebro […] poesía imborrable, crónica, mortal, incurable.». Cualquier momento es propicio para hablar de poesía, para transfigurar el lenguaje mundano y convertirlo en verdadero arte, por ejemplo, uno puede improvisarse unas metáforas mientras está consumando relaciones carnales con señoras hambrientas de fuego húmedo:

Descubrirá en su piel un nuevo idioma y leerá par usted poemas que hablarán de la lluvia, de temas cursis que buscarán conmoverla hasta las lágrimas […]

― Dígame, Margarita, ¿es eso lo que quiere?

― Sí, mijo, eso mismo exacto exacto es lo que quiero.

Y por la propia naturaleza de su voz, el libro es una aglomeración de  problemáticas y desigualdades sociales que, sin embargo, coexisten en una perfecta armonía en los sucios bares y burdeles sobre el agrietado pavimento de la Calle Sexta. El libro de Crosthwaite no es un libro árido arenoso, no posee en sus páginas las hirvientes manchas de sangre sobre los cactus que desvanecen entre los espejismos del sol y se transforman en autos usados. Tampoco es una novela regionalista, ni un experimento lingüístico y tampoco pretende denunciar una problemática social. La obra es un poemario narrado, pues todos y cada unos de los capítulos que la componen parecieran ser poesías transformadas en historias de bartender. El libro es pues un canto urbano producido en una concurrida calle fronteriza en la que abundan el despilfarro y los excesos de distintas clases sociales de dos culturas completamente distintas que se funden en una noche de juegos, música y drogas.

Crosthwaite logra pintar al norte sin mencionarlo, hacer lingüística sin pretenderlo, exponer la lucha de culturas sin denunciarla. La obra es un homenaje y una oda a todas aquellas ciudades que día a día ven el roce de idiosincrasias en la frontera.

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