La sustentabilidad, entre la ciencia ficción y la distopía

Por Daniel Arriaga Guevara

La antigua morada era una cueva donde dibujábamos con las manos sobre las paredes con pigmentes naturales, la decorábamos a nuestro antojo con escenas de caza o de rituales al fuego, ahora todo ha cambiado. La caverna desde donde escribo es más bien un cuarto, donde tengo mi cama, escritorio, librero y una mesa con una grabadora, en las paredes, en lugar de mis dibujos hechos con las manos tengo algún poster de mi músico favorito y otro de la mega fauna que existía durante la misma época en la que vivía en mi caverna.

La vida se ha transformado durante miles de años y poco a poco los seres humanos nos hemos convertido en la especie más depredadora de todo nuestro planeta, no sólo domesticamos plantas, perros o gallinas para nuestro consumo, sino que hemos contaminado los ríos que nos proveen de agua y destruido los ecosistemas que brindan aire puro.

Ante estos excesos, nuestros excesos, lo único que nos ha quedado por realizar es hacer lo que sabemos como especie: conceptualizar el mundo, uno de esos conceptos que se crearon ante los hechos de contaminación, sobreexplotación y exterminio que hemos provocado en los demás seres vivos que habitan el planeta y también en el planeta mismo, es el de sustentabilidad, o su sinónimo sostenibilidad.

Para los expertos en la materia, la sustentabilidad, a grandes rasgos, es el equilibrio entre los elementos socio-culturales, económicos y ecológicos de un determinado espacio, lo cual permitiría satisfacer las necesidades de las generaciones actuales sin perjudicar la vida de las venideras.

Este concepto surge en 1987, cuando las Naciones Unidas da a conocer su informe “Nuestro futuro en común”, sin embargo dicha concepción tuvo mayor alcance hasta 1992 durante la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el medio ambiente y el desarrollo, en la cual los jefes de estado de 180 países decidieron adoptar dicha política de desarrollo.

Sin embargo, como dice el dicho, el camino al infierno está lleno de buenas intenciones y es que a pesar de estas conferencias y tratados internacionales basados en el principio de la sustentabilidad, la realidad es que el mundo sigue enfrentando problemas ecológicos, aunados a algunas nuevas problemáticas como la sobrepoblación y la humanización del paisaje, ante estas perspectivas nada alentadoras pareciera que algunas obras de ciencia ficción vislumbran el futuro que nos está alcanzando.

Una de esas creaciones de ciencia ficción es la película “Brazil” (1985) del director Terry Gilliam, inspirada en la novela “1984” de George Orwell, ambas obras de sci-fi refieren a futuros distópicos, en donde la humanidad vive bajo estados políticos y sociales que controlan cada uno de sus acciones y pensamientos, en el caso de “Brazil” el personaje principal es Sam Lowry, interpretado por Johathan Pryce, un tecnócrata soñador satisfecho con su trabajo mediocre en el Ministerio de Información. La película es considerada de culto tanto por la temática que aborda, como por la realización, con una fluidez narrativa simplemente perfecta durante la primera parte, y algo atropellada, debido a la edición, durante la segunda fracción, lo cual contribuye a volverla caótica y desquiciante.

Quiero remitirme a una secuencia específica de la película, en la que el burócrata, Sam Lowry, es perseguido por agentes de la misma área gubernamental en la que trabaja y tras cruzar una ciudad retrofuturista, llega a una carretera que está bordeada por anuncios publicitarios, la toma muestra al camión donde huye Sam, acompañado de la chica de sus sueños, atravesando una autopista kilométrica totalmente acordonada por letreros publicitarios de vacas en campos verdes o de marcas de cigarros, mientras la cámara comienza a ascender se ve que tras los anuncios se encuentra una tierra deteriorada totalmente cubierta por tubos que conducen a una enorme fábrica.

El arte tiene la capacidad de expresar cosas que desconocemos de nosotros mismos, en el caso de la ciencia ficción no son simplemente historias con gadgets futuristas, sino narraciones que nos hablan de cómo imaginamos el futuro y al parecer tanto literatos como directores de cine no auguran un buen porvenir.

¿Será que nosotros, los homo sapiens, a pesar del discurso de la sustentabilidad, estamos siendo incapaces de pensar futuros mejores para nosotros y las generaciones venideras y solo somos capaces de soñar con distopías?.

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