El mundo es de los bonitos

Por Anita Joker

Mañana, 11 am. Rueda de prensa de un evento X.

El presidente municipal, de donde vivo, es guapo. A metros de distancia —aun separados por varias cabezas y cámaras de vídeo— se nota que se baña todos los días. Uno de los integrantes del comité organizador habla y habla y habla. Nadie le hace caso porque de todas formas la grabadora está en play y podemos oírlo después, saltarnos sus chistes malos. Yo miro al alcalde. Le miro los botones de las mangas y su cabello suave y bien peinado. Casi puedo olerlo.

Él no me ve  —obvio— y eso me pone a pensar en las mujeres que deben de gustarle. Las de siempre, las de todos. Junto a mí hay una chica alta, delgada como un palillo de dientes y también huele muy bien. Nunca me había puesto a pensar en mi olor. Basta con cruzar la frontera que divide la ciudad para entrar a una zona donde cada quien lleva un aura de fragancia.

Señor del comité continúa hablando mientras yo sigo alerta a la siguiente sonrisa de mi presidente. Mi presidente. Qué horror. Una figura que no significa nada para mí y aun así ‘me toca de algo’.

Mi presidente me mira, como por dos segundos, después de mirar la alfombra.

***

Noche, 9 pm. Mi graduación de posgrado. A 5km de distancia de la rueda de prensa.

Hago lo que puedo. Me levanto, voy al baño y hago lo que puedo con mi cara: lavarla, encremarla, depilarme las cejas, voltearme las pestañas, uniformo el color de mi piel tapando ojeras, me peino como puedo, y así todos los días. Pero hoy más. Tengo un vestido que utilizo en ocasiones como ésta, por eso no hay problema.

Llego al colegio. El guardia me mira con los ojos entrecerrados, cínico. Pienso primero que me reconoce —al fin que llevo más de tres meses viniendo casi todos los fines de semana al diplomado de esta enoorme casa de estudios católica— ¿o será que no me reconoce de tan guapa que me veo?

—Sí, dígame, señorita.

Saco mi cara, trato de obviar mis pestañas y mi maquillaje para no tener que explicar que vengo a la graduación.

—¿Sí?

—Pues vengo a la graduación.

—¿Usted es alumna? —a este punto el cinismo es un tanto humillante.

—Sí…

—¿En serio?— a este punto quiero golpearlo en la cara con mis pestañotas.

—Sí, soy del grupo que se ganó el diplomado

—Ah, es becada. Pásele, disculpe.

No pasa nada, lo miro riendo, los dos sabemos que el mundo es de los bonitos.

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