Catarsis

Por Diana Reyes

Catarsis, segunda parte.

Ya casi eran las diez, así que decidí comenzar a caminar hacia mi departamento. Me sentía molesta. Creo que haber visto a esos niños estúpidos besarse me había puesto de mal humor. Siempre he tenido una sensación de vacío en mi vida. Nada me satisface por completo, ni siquiera le encuentro un motivo a mi existencia. La gente que está desahuciada tiene por lo menos el consuelo de saber que se va a morir pronto. Las personas que tienen hijos, quieren vivir porque quieren verlos crecer y superarse. Inclusive esos estúpidos del parque tenían más motivos para vivir que yo. Las únicas veces que he sentido que en mi vida algo vale la pena han sido cuando estoy encamada con mis amigos los lujuriosos. Sin embargo, la sensación no dura mucho, por eso tengo que repetirla tantas veces como me sea posible. En fin, llegué a mi departamento y traté de relajarme un poco, me recosté en el sofá y encendí un cigarro. El enojo no cedía y ya comenzaba a dolerme la cabeza, por lo que decidí buscar algo para comer, para mi desdicha en el refrigerador solo había cervezas. Tomé una de mala gana y la abrí con la navaja suiza que me había regalado mi hermano. Me preguntaba si él había tenido también esa sensación de insatisfacción y por eso había decidido matarse; nunca le conocí alguna novia, tampoco lo vi llorar por amor, en realidad nunca lo vi llorar por nada. En mi casa no éramos ricos pero teníamos lo suficiente para vivir despreocupados, así que tampoco pasó necesidades. Una vez leí en una de sus historias que era víctima de una tristeza sin sentido, que la “musa” lo tenía acorralado y ahora solo vivía para ella. Me quedé pensando en él y en sus teorías raras. Quizás se mató con la idea de liberar su mente. Me gustaría saber si al final lo había conseguido. Estaba sumida en esos pensamientos cuando llamaron a la puerta, era Julio. Venía más arreglado que de costumbre, traía en las manos un ramo de flores y una botella de vino. Me sentí desconcertada, no me gustan esa clase de sorpresas. -¿Qué pasa, no te gusta lo que te traje?- me dijo con un tono muy parecido al reclamo. –Pensé que solo venías a coger- mascullé; la verdad me había molestado. Creo que los hombres hacen esas cosas para tratar de ocultar sus verdaderas intenciones, hoy no me sentía de humor para pretender algo que no era. Julio me miró sorprendido y luego se echó a reír –claro que vine a coger, pero te dije que te tenía una sorpresa- se acercó a mí y me besó. Fuimos directo a mi habitación y comencé a quitarme la ropa, sentía una necesidad descomunal de tener sexo y no quería esperar un segundo más, así que tomé la iniciativa. Lo empujé hacia la cama y me subí encima de él, justo iba a comenzar la acción cuando me detuvo. –Espera. Primero quisiera hablar contigo, tengo algo importante que decirte- ¡Lo odié  sobremanera! No existe peor sentimiento que la frustración, sobretodo en ese momento que para mí era tan necesario satisfacer mis instintos, lo menos que quería era que me interrumpieran. –Tenemos toda la noche para hablar, no hay prisa de hacerlo en estos momentos- le dije evadiéndolo al mismo tiempo que acariciaba su entrepierna. Él correspondió a mis caricias y finalmente se dejó llevar por la sensualidad que se había propagado en toda la habitación. Yo estaba ensimismada en las sensaciones que el sexo me producía y olvidé todo por un momento: a los dos estúpidos que se besuqueaban en el parque, que tanto me habían hecho enojar, a mi hermano y todas las dudas respecto a su suicidio, mi sensación de vacío e inconformidad y también a Julio y sus estúpidas flores ¡me sentía tan feliz! Nada importaba en ese momento, estaba tan extasiada que no escuche que Julio me habló. – ¿Escuchaste lo que te dije, no me dirás nada?-  No te oí, Discúlpame- Le contesté apenada. –Te dije que te amo y que quiero estar contigo-. Esas palabras retumbaron en mi mente. Nunca nadie antes me había hecho enojar tanto en tan poco tiempo ¡En verdad lo odiaba! No sé qué pretendía con decirme eso, no sé si esperaba que yo gritara emocionada que yo también lo amaba y que había estado esperando el momento indicado para decirle, pero él se me había adelantado ¡claro! Porque el momento ideal para decirle a alguien que lo amas es cuando están cogiendo; el imbécil había arruinado todo. No había nada por salvar, así que lo hice a un lado y me levanté de la cama. Julio quedó perplejo ante mi reacción, supongo que en verdad esperaba que yo me lanzara a sus brazos como pasa en esas repugnantes películas de amor. -¿Cuál es tu pinche problema?- Me gritó con los ojos rebosantes de cólera. –Tú eres el pinche problema ¿Qué pretendes con ese tipo de comentarios?- le contesté exasperada. –cualquier otra persona se sentiría halagada de que le dijera que la amo y tú te indignas ¿¡Pues quien te has creído!?- en primer lugar yo no soy cualquiera y disculpa si lastimo tu orgullo de hombrecito pero no te pedí que me dijeras nada. En segundo lugar ¿Quién te has creído tú? Cuando empezamos a relacionarnos fuimos bastante claros en lo que queríamos y yo te dije que no quería una relación ¿Por qué supones que mi posición ha cambiado ahora?-. Le grité. Habíamos fracasado en todo intento de mantener la calma. Ambos nos encontrábamos de pie, cada quien prisionero de su propia furia, listos para lanzarnos cualquier clase de improperios. Fue Julio quien comenzó. –Lo que pasa es que tú eres una puta. Sí, una puta de esas que no aspiran a más que coger en toda su perra vida. Eres idéntica a tu madre, con la única diferencia que ella cogía mejor-. Me quedé estática. Yo recuerdo que mi hermano había dicho algo respecto a las aventuras de nuestra madre con varios de sus amigos, pero nunca pensé que Julio hubiera sido uno de ellos. No sabía si molestarme con él por decirme aquello pues, en realidad era cierto; ni siquiera me avergonzaba admitirlo, pero me desconcertaba que Julio intentara ofenderme con tan patética frase. O si debía enojarme con mi madre y su falta de criterio a la hora de escoger a sus amantes aunque, finalmente uno, cuando quiere coger con alguien no busca que su pareja tenga doctorado en filosofía y letras, solo busca coger. –Bueno, no sé porque te asombra entonces que me guste coger si es de herencia. Créeme que si no fuera por el amor que le tengo al sexo, tú y yo no nos hubiéramos visto más que una vez. Porque créeme, tú y tu linda carita dejan mucho que desear, si no, habría que preguntarles a todas las novias guapas que has tenido porqué no duraron contigo, pero ya ves, en lugar de eso acepté verte en varias ocasiones porque sentí lástima por ti y tu poca resistencia.-. Al escuchar esto, Julio perdió el control de sí mismo y se lanzó hacia mí. Enfurecido me tomo del cuello y me dio colosal bofetada que me hizo caer al suelo y me dejó aturdida por unos instantes. A Julio no le bastó con eso y siguió golpeándome en el suelo. Tanto le había afectado que le dijera tal verdad que estaba frenético, era a mí a quien estaba golpeando, era yo quien estaba en desventaja ¡Y sentí tanta pena por él! Visto desde algún punto de vista esta situación era un tanto graciosa; me dijo que me amaba y que quería estar conmigo y ahí estaba, moliéndome a golpes como si con ellos pudiera callar la verdad que acababa de decirle. Era tan deprimente su situación que me hizo reír. Comencé riendo de manera casi inaudible pero poco a poco fui subiendo el tono de mi voz a tal punto que cuando me di cuenta estaba carcajeándome y Julio me miraba desconcertado. Tanta fue su turbación que se quedó inmóvil, mirándome. Yo no podía dejar de reír, el estómago me dolía y no sabía si era debido a los buenos golpes que me habían propinado o si era a causa de no poder detener la risa que brotaba ¡Todo era tan patético! Cuando pensé que quería que mi noche estuviera llena de acción no era esto lo que esperaba. En verdad era cómica la situación, había una voz dentro de mí que solo repetía “Yo solo quería coger…” y al pensar en ello, la risa que ya estaba cediendo volvía con más fuerza. Julio estaba sentado al borde de la cama, perplejo. Finalmente la risa se fue y aproveché el silencio para levantarme del suelo y salir de la habitación. Al ver mi reflejo en el espejo de la cocina sentí pena. Tenía sangre en mi labio inferior y uno de mis pómulos comenzaba a hincharse. De repente la ira regresó a mí. Ya no me daba risa lo que había sucedido, la conmiseración también se había esfumado. Solo podía sentir la rabia que iba aumentando en mi interior, una rabia casi palpable que no se iba a ir a menos que hiciera algo para expulsarla. Sentí una lagrima rodar por mi mejilla pero la limpié rápidamente y me lavé la cara. Mientras me echaba agua en el rostro, pude ver con el rabillo del ojo que Julio estaba detrás de mí. A un lado mío estaban todos los utensilios, entonces lo supe. Mi cuerpo comenzó a temblar, víctima de la adrenalina. Julio seguía detrás de mí como una estatua. No sé si era el remordimiento que lo obligaba a mantenerse ahí inamovible o en su interior estaba buscando que sucediera algo y optó por romper  nuevamente el silencio –Yo no quería que esto sucediera, pero tú me provocaste con todas esas cosas que dijiste. No quería lastimarte, en serio. Mi propuesta era sincera ¿Por qué me obligaste a reaccionar de esa manera?-. Al escucharlo pronunciar esas palabras mi corazón comenzó a latir con más fuerza, cada vez más rápido. Esa fue la última vez que lo odié. –Discúlpame, sé que mis palabras estaban fuera de lugar, pero es que no estoy acostumbrada a que la gente me trate tan bien-. Le dije asintiendo. Entonces me puse a llorar, lloré como una magdalena, casi tan fuerte como había reído. Julio se acercó a mí y me abrazó con un gesto consolador, yo le correspondí y lo besé. Aún estábamos desnudos y tal parecía que Julio quería hacer que me trague mis palabras respecto a lo que anteriormente había dicho. Así que me puso encima de la barra del desayunador, lleno de energía se dispuso a penetrarme. Acababa de conseguirlo y sus ojos reflejaban cierta satisfacción. Fue entonces cuando me aferré a su cuerpo y le aprisioné la espalda. Él lo tomó como un gesto de pasión desenfrenada y comenzó a besarme. Fue entonces cuando tomé el cuchillo que estaba a un lado mío y se lo clavé. Hizo un gesto de sorpresa y trató de moverse, pero yo ya había asestado mi segundo golpe y otro y otro. ¡Clavé el cuchillo tantas veces como pude en ese saco de mierda! Al principio trató de oponerse pero poco a poco se fue quedando quieto. Aún seguía dentro mío cuando vi escapársele la luz de sus ojos. No puedo describir la satisfacción que sentí cuando le clavé el cuchillo por primera vez en su frágil cuerpo y lo liberadora que fue la sensación para mí, sentí que cada vez que le clavaba el cuchillo se lo clavaba también a mis padres con sus patéticas vidas, a todos esos malditos hipócritas de la facultad, sentí liberarme de todas esas preocupaciones del pasado, de todos esos prejuicios con los que había crecido. Me sentí plena, como si hubiera encontrado el pedazo que me hacía falta. Nunca antes me había sentido tan llena de vida, ni siquiera cuando participaba en las orgías con Alejandro y Miranda. Sentí que todo tenía sentido. Por fin había encontrado algo que me gustara hacer. Yo no quería matarlo, se los juro.

Quien iba a decir que mi vida iba a cobrar sentido de una manera tan peculiar. Mi hermano decidió matarse porque nada lo hacía feliz. De lo único que me siento mal es de no haberlo sabido antes. Quizás si me hubiera enterado antes de la libertad que asesinar otorgaba, mi hermano aún estuviera aquí. Pero bueno, yo no quería matarlo… yo solo quería coger.

 

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s