Niña pollito

 

por Anita Joker

Teníamos trece años y leíamos revistas Por ti! No teníamos novio pero sí pretendientes bobos y poco agraciados. O eso pensábamos en ese entonces, ya casi no me acuerdo.  Lo que sí recuerdo es ese día que Paola llegó llorando, le habían dicho en la entrada Niña Pollito. Y yo me reí hacia adentro porque su cabello rubiecito y sus pecas marcadas bajo los ojos grandes daban la sensación de estar delante de una ternura, y el nombre le quedaba bien.

Pero la razón de su nuevo apodo era otra. Los niños bobos y poco agraciados la habían seguido hasta su casa un día antes. Vieron que entraba a un local con puerta de cortina metálica, se les hizo raro, asomaron por una de las ventanas del patio, y vieron con sorpresa a una horda de pollitos encerrados.

A mí nadie me lo dijo, ni ella se hizo la víctima jamás. Yo lo vi. Su mamá llegaba tarde todos los días, ella le daba de comer a sus hermanos que eran gemelos. Dos insufribles niños flacuchos que se la pasaban todo el día peleando. Una noche que estábamos haciendo la tarea y mirando televisión en la sala de su casa, su mamá llegó enojadísima y me gritó que me fuera.

Apenas comenzaba a meter mis cosas a la mochila cuando el novio de su mamá llegó todavía más enojado. Agarró los colchones de los niños y los aventó a la calle, empezó a romper los platos de la cocina y a gritar que era su casa.

Paola se puso a llorar, desde el sofá le dijo que ellos pagaban la renta. El bulldog -así le decíamos- contestó que eso no importaba porque al fin de cuentas él se las arrendaba y la casa era suya.

Salió al patio y me fui corriendo detrás de ella. Se puso a llorar entre los pollitos y la abracé.

Cuando su mamá les abrió la puerta a los mormones, la cosa se puso peor. Ya no había gritos en su casa, pero sí prohibiciones y pecados al mayoreo. La primera regla fui yo. Sólo podía verme para trabajos escolares, pero tendríamos que dejar de ser mejores amigas, pues yo -que venía de un matrimonio más o menos estable- era una mala influencia. En eso tenía razón, Paola siempre estaba en el cuadro de honor y yo siempre recibía citatorios, reprobaba las mismas materias y me escapa de la secundaria.

Cuando salimos de la escuela, entre abrazos y llanto nos prometimos ser amigas pase lo que pase. Entramos a preparatorias diferentes y yo me salí de casa. Ella acabó en la libre y después tuvo un bebé con el hermano del ex novio de su mamá.

Le puso nombre hasta que cumplió seis meses de nacido. “¿Y cómo le decías antes?” le pregunté. “Pollito”, me contestó.

 

 

 

 

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