La literatura como método y el periodismo como el fin

 

Por Anita Joker

 

Existen muchos remedios contra uno mismo. Generalmente, la dosis contra el ego contiene varios gramos del otro. Uno de estos remedios es escribir pensando en el otro. Por protocolo vamos a llamarlo periodismo. El periodismo como todos los remedios tiene instrucciones y mis favoritas son aquellas que da Leila Guerriero en todas sus conferencias y libros: Correr, contemplar la música de las estrellas, los carteles de neón, escuchar a Pearl Jam y Calexico, escuchar a la gente hablar frente a una taza de té o una botella de refresco.

 

En su libro, Zona de obras Leila Guerriero escribe sobre periodismo narrativo y sobre la tortuosa rutina de escribir a través de listas, anecdotarios y apuntes: Cuidar un jardín ayuda a escribir. Mirar por la ventana ayuda a escribir. Viajar a un sitio en el que no se ha estado antes ayuda a escribir. Conducir por la ruta un día de verano ayuda a escribir. Escuchar a Miguel Bosé, a veces, ayuda a escribir. A mí lo que me ayuda a escribir es leerla a ella. Leer a Caparrós, poesía, la última novela de Guadalupe Nettel.

 

Hubo un día en el 2005, tendría como once años, en que la certeza me picó como una avispa en el hueso de la nariz, mientras leía la carta editorial de una revista. Estaba sobre la cama de arriba de las literas de mi cuarto, y lo supe, tendría que escribir. Para salvarme, para ser feliz, para sobrellevar cada una de las tragedias que vendrían con la vida, tendría que escribir.

 

El periodismo sería un premio de consolación de no haber descubierto el periodismo narrativo, donde la literatura es el método y el periodismo es el fin.

 

El periodismo sería mi premio de consolación de no haber descubierto a Andrés Felipe Solano,  Tom Wolfe o Marcela Turatti. Lo que admiro de ellos es la capacidad que tienen de proyectar con palabras a ese otro. Hacerlo el protagonista de una historia, conocerlo como a las esquinas de su casa y contar un extracto de su vida.

 

Imagino la siguiente escena: un hombre en el pasillo de la muerte leyendo “El Capital” de Marx, siendo un hispano en una cárcel americana, un asesino aplazando el día de su ejecución para no partirle el corazón a su madre1. O mejor esta: la entrevista a un vampiro de verdad, el depredador de San Cristobal que habla, con su mirada perdida, en tono filósofo, sobre “el hambre…¡las ganas de comerse uno al otro! Qué se va a arrepentir uno si es lo que le hace falta a uno”2. Cualquiera de estas dos escenas cabría perfectamente en una novela, los personajes se dibujan como si se tratara de ficción pero no es así. Juan Villoro dijo que una crónica bien lograda era literatura bajo presión. La crónica latinoamericana actualmente es un tema importantísimo en las mesas de periodismo y no es para menos, cada vez surgen más antologías, premios, convocatorias, becas para impulsar este tipo de narrativa entre los países de habla hispana. Muchos de ellos impulsados por la Fundación de Nuevo Periodismo de Gabriel García Márquez. Imagino que él más que nadie, sabía que el realismo mágico era más real de lo que todos pensaban.

 

 

 

 

 

[1]     De la crónica “Víctor Hugo Saldaño. La muerte lenta” de Martín Caparrós.

[2]     De la crónica “El depredador de San Cristobal” de Sinar Alvarado.

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