Catarsis.

Por Diana Laura Reyes

Catarsis_image

Yo no quería matarlo. Se los juro. La gente piensa que todos los asesinos nacemos deseando ver morir a alguien, ansiosos de sangre, listos para comenzar el festín o algo por el estilo, eso es una vil mentira; si bien hay quien nace con esos instintos, existimos algunos otros que no sabíamos que lo íbamos a ser hasta que sucedió. Por lo menos en mi caso todo fue tan rápido que alguien tuvo que decirme lo que había hecho, no me malinterpreten, igual y no me arrepiento, él era un hijo de puta pero yo no soy una asesina, la gente se confunde. Me teme y no veo porqué. Ellos piensan que son como pequeñas presas ante un lobo voraz, pero no es así, yo sería incapaz de matar a alguien en mis cinco sentidos y con esto no estoy diciendo que lo haya asesinado ebria o drogada, pero estaba llena de ira, de sed de venganza, él no me creyó capaz y se burlaba, ahí también estaba hiriendo mi orgullo, tantas cosas no se le pueden permitir a uno en una sola noche, quizás si no hubiera tenido un mal día con toda esa bola de idiotas en la facultad platicándome de lo perfectas que eran sus vidas y sus parejas, cómo parloteaban respecto al futuro prometedor saliendo de la escuela, que solo estaban haciendo una pequeña parada camino al éxito ¡como detesto la hipocresía! A la gente le encanta presumir respecto a sus vidas y yo prefiero quedarme callada, tengo la idea de que si llegara a decirles algo sería solo para insultarlos y es que en verdad da lástima escuchar cómo se animan unos a otros por el simple hecho de ser amigos. Hoy en día valoro más a quien me tira mala leche, ellos suelen ser más sinceros que aquellos que le apoyan a uno, no digo que esté mal, pero es un poco tedioso tratar con gente así. Justamente eso me pasó, estaba harta de escuchar esas cosas que lo menos que pude hacer fue asesinar a ese imbécil, visto desde este punto de vista debí quemar a mi salón entero, prácticamente me contuve, eso no lo tiene cualquiera. De cualquier forma estaba hastiada de todos esos hipócritas. Iba saliendo de mi trabajo y ya era muy noche. Apenas y se veía por donde caminaba, había una farola que pobremente alumbraba el callejón, hacía frío pero no tanto, lo suficiente para llevar suéter cuando de pronto me llamó por teléfono. Quería verme, decía que tenía algo importante que decirme. Yo sabía que era mentira, solo me llamó para coger; seguramente su antigua pareja lo había dejado y necesitaba consolarse con alguien, y seguramente el primer “alguien” en quien había pensado era yo. No lo culpo, puedo aceptar que soy bastante fácil en ese aspecto, al final todas las personas nos utilizamos para lo que necesitamos, algunos más sinceros que otros en definitiva. A mí, en lo personal no me importaba que ellos creyeran que me estaba utilizando, yo sabía que no era así y, con eso bastaba, al final, todos salíamos ganando ¿no? Sin embargo ese día, había un aire diferente, no sé cómo explicarlo, como un vacío, quizás muy en el fondo sabía que algo horrible pasaría. Por un momento traté de rechazarlo, le dije que no me encontraba muy bien, pero él insistió, dijo que era en verdad urgente y que no me quitaría mucho tiempo. Y eso era cierto, si íbamos a coger por supuesto que no iba a tardar mucho, nunca lo hacía, supongo que aceptaba verlo entre otras cosas porque sentía un poco de lástima por él, era guapo y había tenido muchas novias atractivas, a diferencia de mí, yo no soy guapa, más bien paso desapercibida, bastante irrelevante a la vista siendo sincera. Pero él no y aún así, se sentía tan solo que me buscaba para platicar y decirme cosas “urgentes” con mucha más frecuencia de las que aceptaría. A mí, la invisible, la ignorada, él tenía todo para llamar la atención y se sentía igual o peor de solo que yo, a cualquiera le daría lastima tal situación. Creo que todo eso pasó por mi mente y accedí a verlo, en mi departamento, como siempre, a las diez de la noche, dijo que tenía una sorpresa para mí, solo reí.

Aún faltaba para que dieran las diez, así que decidí tomar un paseo nocturno, de esos que deben relajar a uno, desestresarlo. Decidí ir hacia el parque. Comencé a caminar y a lo lejos pude ver a una pareja besuqueándose sobre una banca, parecían desesperados por demostrarse su amor. Sentí asco por ellos. Sinceramente, no soy partidaria de los espectáculos públicos, no digo que esté mal, pero a mí me daría mucha vergüenza exponerme ante los demás de esa manera. No me escandaliza en lo absoluto, digo, yo no llevo la vida decente que pudieran pensar, de hecho creo que mi ritmo de vida es bastante libertino. He asistido a varias orgías y me he acostado con muchísimos hombres que siempre hablan para decirme “cosas urgentes” pero no por eso ando dando espectáculos en pleno parque.

No voy a culpar a nadie por lo que hice, pero tengo que mencionar que la vida y en especial mi familia me hicieron de esta manera. Nunca me incitaron a matar a nadie, ni siquiera fui espectadora de algún tipo de violencia, pero me llenaron de prejuicios, de motivos para avergonzarme de mí misma. Me enseñaron que no importa que tan hijo de puta seas, siempre y cuando aparentes ser el más bueno. Que el valor de la vida no reside en lo que somos sino en lo que parecemos, y hay que mantener ese perfil cueste lo que cueste. Tengo un recuerdo de mi padre cuando tenía seis años. Era diácono de la iglesia y cada domingo me hacía levantarme temprano y me obligaba a ponerme un horrible atuendo para ir a misa, de lo más aburrido. Cuando terminaba el servicio, mi madre nos llevaba a casa de la abuela, pero mi padre siempre se quedaba en la iglesia. Decía que tenía que hacer algunas diligencias con el sacerdote, ayudarlo a limpiar e ir a visitar a los hermanos enfermos de la congregación, ya saben, todo un santo trabajando para ganarse el cielo. Un día tardamos menos que de costumbre en casa de la abuela y mi hermano y yo le pedimos a mi madre que nos llevara al cine, ella aceptó, pero dijo que teníamos que pasar primero a nuestra casa porque había olvidado su cartera. Así que detuvo el coche frente a la casa. Grande fue su sorpresa cuando al entrar sorprendió a mi papá con doña María, una ministro de la iglesia, con quien durante los últimos meses había estado saliendo muy seguido debido a las dichosas visitas vecinales y con quien por lo visto, se había preocupado por algo más que la salvación eterna. En ese entonces yo no entendía muy bien lo que había pasado, pero sabía que era algo malo porque mi madre lloraba mucho y le reclamaba cosas a mi padre, quien solamente se excusaba con frases absurdas, una cosa muy deprimente, de verdad. Lo único bueno de esa situación fue que dejamos de ir a esa estúpida iglesia y ya no tenía que levantarme temprano los domingos. Mi hermano me decía que nuestros papás iban a terminar separándose por lo que había pasado con doña María. Yo estaba algo asustada porque casi nunca se equivocaba en sus predicciones; siempre que pasaba algo él me decía como terminarían las cosas. Por ejemplo, cuando mi perro tobi se enfermó, el veterinario dijo que iba a recuperarse y mis papás me consolaban diciéndome que no me preocupara. Mi hermano fue el único que me dijo que me despidiera de él porque no iba a pasar la noche, y tuvo razón. Era cuatro años mayor que yo y sabía muchísimas cosas. Yo le admiraba mucho, era rebelde y obstinado, siempre hacía lo que se le daba la gana y todo el tiempo peleaba con mi padre, sin embargo, esa vez se equivocó. Escuché decir a mi madre que no iba a permitir que un pequeño “tropiezo” arruinara tantos años de matrimonio y de esfuerzo en conjunto, además que no soportaría el escándalo que el divorcio provocaría. Y en realidad era más lo último, la gente no descansaría hasta destrozarnos por completo, a nosotros, la familia perfecta, el matrimonio ideal. Sería una humillación para ella y era preferible vivir aguantando al canalla de mi padre que ser el chisme del año. Como les digo, no importa lo que uno en realidad sea, sino lo que aparenta. Sin embargo mi madre no se quedó atrás. No sé si fue en venganza por lo que mi padre le hizo o fue simple arrebato carnal, pero se desquitó más de una vez en los brazos de mi tío… y en los del padrino de mi hermano… y uno que otro de sus amigos y eso sí, mi padre nunca se enteró.

Como pueden darse cuenta en mi familia eran todos unas joyitas y quizás no esté bien que esté contando esto, pero es necesario que entiendan como fue que sucedieron las cosas. Como ya les había mencionado antes, mi hermano era un joven rebelde y decidido. Le importaba un carajo lo que los demás pensaran, comenzando con mis padres. Él era el único de la familia que valía la pena. Era un joven brillante, le encantaba pintar y también escribir, cada que terminaba algún cuento o algún cuadro, iba a mostrármelo para preguntarme qué pensaba o cómo me hacía sentir. Nos llevábamos muy bien, nunca conocí a alguien tan apasionado para con sus cosas y a la vez de pensamientos tan tristes. Todo. Sus historias, sus pinturas, reflejaban un sentimiento de soledad tan profundo, con un aire tan deprimente que era imposible creer que ese joven alocado fuera el autor. Hace dos años se suicidó. Nadie sabe por qué. Salió un día por la mañana, me dijo que iría a la playa a bañarse y no volvió. Antes de irse me dio un beso y me abrazó fuertemente, su abrazo me hizo sentir muy triste. Fue muy extraño. Claro que con él todo era extraño. Siempre salía con unos rollos muy raros. Un día hablaba acerca del precio de vivir, que todos veníamos al mundo con una misión y no podíamos irnos hasta haberla cumplido. Otras veces hablaba de la libertad de la mente y decía que ésta solo se conseguía por medio de la muerte, que era parte de una transición o no sé qué. La verdad me asustaba un poco hablar de esos temas con él. Estaba entrando la noche cuando la policía llegó a mi casa a avisar que unos pescadores habían encontrado su cuerpo flotando en el mar. Mis padres estaban atónitos, no lo vieron venir, no tenían palabras. Mi madre se echó a llorar, estaba consternada, quería saber qué había sucedido. Mi padre con semblante de piedra, fue a reconocer el cadáver. Ahí fue cuando le dijeron que no se había ahogado de manera accidental sino que se había suicidado. Mi padre nunca lo aceptó. El día del funeral nadie mencionó nada acerca del suicidio de mi hermano. Todos hablaban acerca de la desgracia en la que se había sumido la familia. Mi padre se la pasó diciendo a todo el mundo que había sido un desventurado accidente, una verdadera tragedia. Mi madre no daba fe a lo que escuchaba, estaba como desconectada del mundo. Yo por mi parte, me sentía extraña, aún en shock. No imaginaba mi vida sin él. Éramos muy unidos, íbamos juntos a todos lados, él conocía todos mis secretos y al parecer yo no sabía nada de él. Fue un golpe muy duro. Tanto, que terminé odiándolo. Me había abandonado a merced de la ineptitud de mis padres. Me dejó desprotegida y no le importó. A raíz de la muerte de mi hermano las cosas en mi casa empeoraron, yo que siempre había sido una joven alegre y dinámica, me volví retraída. No aguanté mucho la sensación de vacío que se vivía en mi casa y me fui a vivir sola. Al parecer junto con mi hermano, también se había muerto mi madre. Ya no salía como antes y tampoco le interesaba hablar con nosotros, se la pasaba en su mundo. Al único a quien le dio gusto el suicidio de mi hermano fue a mi padre, parecía haberse quitado un peso de encima. Gracias a ello, nuevamente se acercó a la iglesia y tuvo tiempo de alardear respecto a su vida y sermonear hasta el cansancio a los otros miembros de la congregación. Era un completo cretino, creo que si mi hermano hubiera sabido lo que su muerte había ocasionado se volvía a morir. En fin, ahora que vivía sola ya no tenía que verles la cara más que cuando hacían esas reuniones estúpidas de la iglesia una vez al mes. La única razón por la que asistía era porque ellos me daban dinero para la escuela, ese era el precio que tenía que pagar por mi libertad. Sin embargo, como solo pagaban mi escuela yo tenía que arreglármelas para comer y comprar mis cosas. Así que tuve que buscar un empleo, encontré uno como recepcionista de un hotel. Con lo que me pagaban me alcanzaba justo para terminar la quincena, pero en realidad lo que me gustaba de ese trabajo era el poder conocer la vida personal de todos quienes frecuentaban el hotel. Gente de la misma iglesia a la que asistían mis padres desfilaba a diario por ahí, entre ellos el señor López. Era contemporáneo a mi padre y al igual que él, también se creía parido por los Dioses. Se la vivía sermoneando a los jóvenes de la iglesia respecto a la castidad y los comportamientos impuros del mundo en el que vivíamos –Vivimos en el mundo, más no somos del mundo- les decía a todos hasta hartarse, era uno de esos vejetes con complejo de superioridad que se la vivía en la iglesia. Cada que nos daban una plática acerca de sexualidad era un hecho que ese tipo estaría presente –manifiestas son las obras de la carne: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, herejías, borracheras, orgías y cosas semejantes a estas. Aléjense de ellas y entréguenselas a nuestro señor Jesucristo. No permitan que el pecado entre en sus vidas- . Eso era tan irónico, ya que todas las veces que lo vi entrar al hotel era junto a Rodrigo, un joven afeminado que también asistía a la iglesia y que no se le separaba por nada. Les digo, vivimos en un mundo de hipócritas. En fin, además de los tipos reprimidos de la iglesia, existía otra clase de personas que asistían al hotel. Era un grupo de gente libre de complejos, que exploraban abiertamente su sexualidad y no se escondían ni se avergonzaban. Yo los admiraba por su valor de ser quienes eran. Siempre llegaban en grupo y pedían un cuarto con camas dobles; a veces llegaban dos parejas de hombres y mujeres, otras veces solo un hombre y varias mujeres, casi siempre eran caras distintas. Los únicos rostros que no cambiaban eran los de Alejandro y Miranda, al parecer ellos eran los ingredientes principales del pastel que se elaboraba en la habitación del hotel. Eran extraordinariamente sensuales, Alejandro no era guapo, pero en definitiva era muy atractivo. Tenía algo en su caminar que lo hacía verse deseable y Miranda simplemente era perfecta, tenía todo donde debía de estar, era delgada y bien parecida, tenía unos ojos muy expresivos y el cabello negro y lacio que le llegaba hasta la cintura. Los veía tan seguido que comencé a tratarlos de manera más personal, además de ser sumamente atractivos eran muy amables y siempre hablaban de cosas interesantes. Un día llegaron al hotel cuando yo estaba de salida y me invitaron una copa. Como no tenía nada mejor que hacer acepté la invitación. Fuimos al lobby y estuvimos platicando durante un largo rato, hablamos de ellos y de las relaciones tan abiertas que mantenían con otras personas. Me preguntaron si alguna vez había participado en una reunión de aquellas y les dije que no; a duras penas había conseguido acostarme con un novio que tuve durante la prepa y la experiencia fue algo difícil. Digamos que me decepcioné bastante del sexo así que dejé de pensar en él. Ellos me escucharon atentamente y se miraron con cierta complicidad cuando terminé de hablar. –Nosotros podríamos enseñarte una parte del sexo que quizá te pueda gustar- me dijo Miranda con una voz firme y mirada seductora. Sentí una vibración extraña, algo en mi cuerpo reaccionó a la propuesta de Miranda, sentía gran curiosidad por probar aquello que me ofrecían pero me sentía cohibida. De repente me dio por mirar a Alejandro, estaba sereno, con ese aire de seguridad que lo caracterizaba. Mi Cuerpo ya no me estaba respondiendo por completo, una fuerza se apoderaba de él. No lo pensé mucho y acepté. Pidieron la habitación de siempre, solo que esta vez yo iba junto con ellos. Desde que entré a ese cuarto me sentí rodeada por una atmósfera repleta de sensualidad. Es difícil explicar lo que ocurrió esa noche en aquella habitación, la poca inocencia que tenía fue devorada por aquellos dos amantes, presa del erotismo que se respiraba. Fui víctima de la lujuria del momento. Me despedazaron y volvieron a armar en una sola noche.  Definitivamente mi vida no fue la misma después de salir de aquella habitación. Tuvieron razón cuando dijeron que iban a enseñarme una parte del sexo que me iba a gustar. Esa fue la primera vez que me sentí libre. Aquella noche con Alejandro y Miranda fue sucedida por muchas más. Cada vez más seguido y con un número mayor de participantes. Era una cosa inexplicable, no podía negarme a esas reuniones. Había algo que me arrastraba a ellas además del sexo. Me sentía como pez en el agua, sentía que había encontrado mi sentido de pertenencia. Creo que todos tenemos algo que nos apasiona, a algunos les gusta el futbol, a otros las carreras, a mi me gustaba ir a coger con Miranda y Alejandro. Fue en una de esas reuniones donde conocí al imbécil que ahora está muerto. Se llamaba Julio. Era cuatro años mayor que yo, igual que mi hermano. Habían estudiado juntos y fueron amigos hasta el día que mi hermano se quitó la vida.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s